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Los orígenes de Jesús son humildes, pobres, campesinos. Tanto como lo era
Nazaret, un oscuro y desconocido rincón de la tierra de Israel, nunca mencionado en el Antiguo Testamento. Allí empezó «la cosa» (Hech. 10, 37). De allí surgió el que anunció aquella buena noticia que escucharon con tanto entusiasmo los pobres de Israel.
El relato comienza con las mismas palabras con las que Juan, el amigo de
Jesús... inicia su primera carta a las comunidades cristianas: «Lo que yo vi con mis ojos...» Fueron los apóstoles, testigos de la vida y de la Pascua de Jesús, quienes han traído hasta nosotros, por sus escritos y por las comunidades que crearon la Buena Noticia que hace dos mil años resonó en Israel.
En los tiempos de Jesús, Nazaret –que, en hebreo, significa «la flor»- era una
pequeña aldea del interior de Galilea en la que vivirían apenas unas 20 familias. Por estar la aldea asentada en una colina, los campesinos usaban como casas las grutas excavadas en las laderas. La pobreza era extrema. Las «propiedades» de aquellas familias no pasaban de un par de esteras de paja, algunas vasijas de barro en las que se guardaba el grano y el aceite y algún que otro animal.
Los galileos (del norte) eran considerados por los israelitas del sur (Judea)
como gente pendenciera, poco respetuosa de las leyes y tradiciones religiosas. En lo político, la región era nido de activistas guerrilleros, que organizaban periódicamente revueltas contra los romanos. Nazaret era muy poca cosa y además una aldea con mala fama, lugar inverosímil para que de él surgiera el Mesías (Jn. 1, 46).
Actualmente, por la influencia de la historia cristiana, Nazaret se ha
convertido en la capital de Galilea, con unos 30.000 habitantes, en su mayoría de raza árabe y de religión cristiana. El mayor edificio del actual Nazaret es la basílica de la Anunciación, inaugurada por Pablo VI en 1964. En su interior, se conservan lo que fueron las «paredes» (parte trasera de la cueva) en donde vivía la familia de María, madre de Jesús. Una inscripción de principios del siglo II fue hallada allí, y en ella se puede leer «Xe María» (¡Dios te salve, María!), acreditando la autenticidad histórica del lugar. Se conserva también la fuente que ha abastecido desde siempre la aldea, y en la que María con sus vecinas iría cada día a buscar agua. El manantial está en el interior de una pequeña iglesia de cristianos ortodoxos griegos. Además, se pueden ver restos del que fue cementerio de Nazaret en tiempos de Jesús y en donde, sin duda, fueron enterrados sus antepasados.
María tendría unos cuarenta y tantos años cuando Jesús comenzó a anunciar
la Buena Noticia a sus paisanos. Como todas las campesinas, sería a esa edad una mujer gastada por duros trabajos, pero llena de esa sabiduría popular que da el contacto con los dolores y las alegrías más elementales de la vida. Sus manos tendrían callos, vestiría humildemente y, como todas las mujeres de su clase en Israel, sería analfabeta. Era una mujer pobre que, como el pueblo fiel de los «pobres de Yavé», tenía puesta toda su esperanza en Dios. Como todas las madres, temía que su hijo corriera peligros, «metiéndose en política».
La tradición de Israel era que, tanto los hombres como las mujeres, se
casaran muy jóvenes. El hecho de que Jesús, a sus treinta años, estuviera aún soltero, sería algo chocante lo mismo para sus vecinos que para su propia madre. La soltería, la virginidad o el celibato, tal como hoy la entienden los que la eligen, no eran valores en la sociedad en la que vivió Jesús.
Susana, la comadre de María, es un personaje cuyo nombre recuerda el
Evangelio de Lucas al hablar de las mujeres que acompañaban a Jesús en su predicación por las aldeas y pueblos de su tierra (Lc 8, 3). Las relaciones de vecindad en un pueblo tan pequeño eran intensas, prácticamente todo el mundo era familia de todo el mundo o, al menos, todos conocían bien la vida y los problemas de sus paisanos.
Tradicionalmente, se ha limitado el oficio de Jesús, como el de José, al de
carpintero. Sin embargo, la palabra original que emplea Marcos tiene como exacta traducción algo así como «hazmelotodo», «chapuzas»... (Mc. 6, 3). Jesús trabajaría lo mismo la madera que haría herraduras o arreglaría puertas. También sembraría y recogería los frutos de la cosecha como jornalero eventual. Para nuestros países, su condición social sería la de un subempleado.
«Moreno» es el apodo cariñoso que se le da a Jesús en este relato. El origen
semita de Jesús sugiere una piel oscura, morena, y unos rasgos que, como los de los hombres de sangre árabe, no tendrían nada que ver con los de esas imágenes que lo hacen pasar por un hombre de tez blanca, cabellos rubios u ojos claros. María aparece ya en este momento de la vida de Jesús como viuda. No existen datos que prueben esto, pero la tradición cristiana lo ha considerado así desde siempre. Su viudez la hace más precavida, más «cobarde». También más apegada a su hijo.
Jesús pasó hambre y sudó al trabajar. Tuvo amigos, lloró, y rió y se cansó
como todos nosotros. También, como todos nosotros, buscó su camino en la vida y soportó dudas sobre su propio destino, envuelto como estaba en debilidad (Heb. 5, 3). La predicación profética de Juan fue para él una llamada, un momento decisivo en la búsqueda de ese camino. Así fue descubriendo paso a paso su vocación, como les sucede a tantos hombres que en su entrega a Dios y a sus hermanos van profundizando en sus compromisos y haciéndose lo que Dios quiere que sean. |
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Lo que yo vi con mis ojos, que ya están viejos, lo que escuché, lo que mis
manos de pescador llenas de callos tocaron de Aquel que vivió entre nosotros, eso es lo que quiero contarles. Mi nombre es Juan. Desde Patmos, una islita verde perdida en el mar de Grecia, no dejo de recordar a Jesús de Nazaret, el hijo de María, a quien conocí tan de cerca. Junto a él viví los mejores años de mi vida, que ya se está acabando. La buena noticia que él nos trajo, se la anuncio yo ahora a ustedes para que todos nos sintamos unidos en un mismo esfuerzo y alegres por una misma esperanza. Verán, la cosa empezó en Galilea ...
Galilea es la provincia del norte de Palestina. Los judíos del sur nos
despreciaban a nosotros. Decían que los galileos éramos chismosos, sucios y alborotadores. Y tenían razón. Pero también lo decían por envidia, porque nuestras tierras son las más hermosas del país. Sobre todo en primavera, Galilea parece un inmenso jardín. El valle de Esdrelón se cubre de flores, crece el trigo y la uva, se despiertan los olivares y las datileras, y el lago de Tiberíades, azul y redondo, se llena de peces. En Galilea hay algunas ciudades importantes: Séforis, Cafarnaum, Magdala misma... Pero la cosa empezó en un caserío pequeño, muy pequeño, llamado La Flor. Bueno, La Flor que, en nuestro idioma arameo, se dice «Nazaret».
Susana: Comadre María, ¿ya te dijeron que se ha ido el hijo de Raquel?
María: Sí, Susana, ya me enteré...
Susana: Cuando una palmera nace torcida, no hay Dios que la enderece. Ese
muchacho comenzó mal.
María: Y terminará peor, Susana.
Susana.: Pero la madre tiene la culpa, eso digo yo. Muchacho bien criado,
sigue buen camino. Pero ese mal ejemplo de la Raquel...
María: No son los malos ejemplos, Susana. Es que la juventud de ahora no
sabe ni lo que quiere. Mira al mío cómo está: sin trabajo fijo, sin... sin porvenir...
Susana: No hables así de Jesús. Ese moreno hijo tuyo es un tesoro de
muchacho...
María: Será un tesoro, pero míralo: treinta años ya y... nada... Todos sus
amigos están ya casados, criando hijos...
Susana: Lo que pasa, comadre María, es que tu hijo no se conforma con
poco. Seguro que anda buscando novia fuera de Nazaret. A ver, dime, ¿qué porvenir tiene Jesús en este puebluchito, eh?
María: Sí, también es verdad...
Susana: ¡Oye, niña, que ahora es mi turno para el agua!
Muchacha: ¡Pues no chacharees tanto y date prisa!
Susana: ¡No empujes, muchacha! ¡Caramba con esta mocosa! ... Oye, María,
antes que se me olvide, dile a tu hijo que se dé una vuelta por mi casa, que tengo otra vez el muro derrumbándose. ¡No te olvides, María!
María: ¡Está bien, Susana, se lo diré!
Nazaret era eso: un pueblucho de campesinos perdido en un oscuro rincón de
Galilea. Tenía unas veinte casas solamente y una pequeña sinagoga. De aquel caserío no había salido nadie importante. «De Nazaret no sale nada bueno», así decían los vecinos del pueblo de Caná. Los nazarenos eran muy pobres. Andaban descalzos y casi ninguno sabía de letras. Construían sus casas aprovechando las cuevas que se formaban en la ladera de la colina. En una de aquellas chozas vivía una campesina viuda, todavía joven: se llamaba María. Vivía con su único hijo, un hombretón alto y simpático, con el rostro moreno quemado por el sol y la barba bien negra. Se llamaba Jesús.
María: Deja ya ese martillo y ven, que se va a enfriar la comida... ¡Jesús!
Jesús: ¿Qué pasa, mamá?
María: ¿Pero es que tú no oyes...? Deja ya de clavetear y ven a comer,
anda...
Jesús: Está bien, está bien... uff!... ¿Quién me habrá metido a hacer estas
malditas herraduras...? En mala hora le dije a ese romano que sabía fabricar herradura... Una me sale más larga que otra... ¡uff!
María: ¡Ay, Jesús, hijo, es que tú quieres meter las narices en todo! Que si
van a sembrar trigo, allá vas tú...Que si la cría de carneros, para allá también....Y a pegar ladrillos y a clavar puertas. Y ahora, lo que faltaba, ¡inventando herraduras!
Jesús: No te quejes, que estas lentejas las vamos a comer gracias a las
herraduras. El romano me pagó un denario por adelantado.
María: Pobre romano y, sobre todo, pobre caballo....
Jesús: ¿No decías que se enfriaba la comida? ¡Pues a comer! Ah... esto huele
bien...
María: Anda hijo, reza la bendición y hazla corta.
Jesús: ¿Por qué corta?
María: Porque la comida está corta también. Pan y lentejas nada más.
Vamos, reza, que ya tengo hambre.
Jesús: Está bien... Bendice, Señor, este pan y estas lentejas, amén...Bueno,
dame un poco de vino que tengo la garganta más caliente que el martillo...
María: No hay vino, hijo. Confórmate con agua fresca...
Jesús: Acabaré como las ranas con tanta agua fresca...
María: ¿Sabes, hijo? La mujer de Neftalí está enferma. Esas fiebres que le
dan. Ahora por la tarde voy a hacerle un caldo... Pobre mujer, con tanto muchacho... ¿No tienes apetito, Jesús? ¿Estás enfermo?
Jesús: ¿Enfermo yo? ¿Por qué?
María: No estás comiendo nada... Te encuentro un poco raro desde hace
unos días... Vamos, cuéntame lo que te pasa.
Jesús: No me pasa nada, de verdad.
María: Tú te traes algo entre manos.
Jesús: ¡Claro, me traigo las herraduras ésas que me tienen fastidiado!
María: No, no seas mentiroso. Mira, yo sé lo que te pasa. Que el Benjamín
ése se fue al Jordán, a ver al profeta. Y tú tienes ya un hormigueo en el cuerpo por ir te también, ¿no es eso?
Jesús: Pues sí, adivinaste. No quería decírtelo para no ponerte triste.
María: No, yo no me pongo triste. Pero me preocupo. Hay muchos bandidos
por esos caminos.
Jesús: Pues poca cosa pueden robarme a mí. Si es por eso...
María: Oye, Jesús, antes que se me olvide: la comadre Susana me dijo que
te des una vuelta por su casa, que se le está cayendo el muro...
La vida en el caserío de Nazaret era siempre igual: comer, trabajar y dormir.
Las mujeres se entretenían conversando y chismeando cuando sacaban agua del pozo. Los niños siempre se escapaban de las lecciones que intentaba darles el viejo rabino, que ya estaba ciego, y se iban a robar frutas por los alrededores. Los hombres esperaban en la pequeña plaza de la sinagoga a que el tacaño Ananías los contratara para sembrar o cosechar. Cuando no había trabajo, mataban el tiempo jugando a los dados y apostando el dinero que no tenían. O inventándose alguna manera de ganarse el pan, como Jesús...
Jesús: Bueno, Susana, esta pared está más firme que las murallas de
Jerusalén...
Susana: ¿Ya lo acabaste? Ay, moreno, eres un encanto... Ven, llévale a tu
madre esta gallina...
Jesús: Gracias, Susana, ¡hasta la vista!
Susana: Adiós, Jesús. ¡Salúdame a mi comadre María!
Cuando caía la tarde, todos regresaban a sus chozas, a calentarse junto a los
fogones de piedra, tomar alguna sopa y acostarse sobre las esteras de paja que les servían de cama...
Jesús: Susana me pagó con esta gallina. Ya tenemos algo para mañana...
María: Amárrala a ese palo, anda. Y vamos a cenar, que ya es tarde...
Bendice la comida, hijo...
Jesús: Pero, mamá, ¿no son las mismas lentejas que sobraron al mediodía ?
María: ¿Y qué pasa?
Jesús: ¡Que ya están benditas!
María: ¿Cuántos días vas a estar fuera...?
Jesús: No lo sé...
María: Pero, hijo, ¿qué tienes que ir a buscar a un sitio tan lejos? ¿Se te ha
perdido algo por allá?
Jesús: Nada. Pero toda la gente quiere ver y escuchar al profeta Juan. Yo
también quiero ir... Además, ¿no me dijiste que era medio pariente tuyo?
María: Sí, Isabel era tía mía. Pero ya sabes que en Galilea todos somos
parientes de todos.
Jesús: ¡Pues yo quiero saludar a ese primo! Es un hombre famoso ya. Me
dicen que la gente viaja desde Jerusalén para que él los bautice. Y que Juan habla, grita, echa fuego por la boca.
María: Cuidado no te quemes... Eso es peligroso.
Jesús: ¿Qué es peligroso?
María: Lo que está haciendo Juan. Agitando a la gente. Que siga soltándose
de la lengua y acabarán cortándole el pescuezo como a todos los que se meten a profetas.
Jesús: Ojalá hubiera mil lenguas como la de Juan, mil valientes que le
dijeran la verdad al pueblo.
María: Habría entonces mil pescuezos cortados y mil madres llorando a sus
hijos. Acuérdate de la matanza de Séforis. Bien cerca la tuvimos.
Jesús: O sea, que a ti la vejez te ha dado por ser cobarde.
María: Lo primero, que no soy cobarde. y lo segundo... que tampoco estoy
tan vieja... Vamos, come...
María: Pero, Jesús... ¿por qué quieres ir allá?
Jesús: Volveré pronto, te lo prometo.
María: No me lo creo. Llegas, empiezas a contar chistes, te haces amigo de
todos los locos que encuentres y te quedas por allá.
Jesús: Mamá, quiero ir... ¿Cómo te diré? No estoy conforme con esto.
Arreglar una puerta hoy, pegar tres ladrillos mañana, ganar cuatro denarios pisando uvas... Sí, pero luego, ¿qué?
María: Ahí quería llegar yo. Y luego, ¿qué? Eso mismo digo yo. ¿Qué es lo
que quieres, Jesús? Pasa un año, pasa otro y tú no te decides por nada.
Jesús: Yo quiero poner también un granito de arena para que esto cambie,
¿no? ¿O es que tú no tienes ojos? Nos están pisoteando los romanos, el pueblo cada vez más hambriento, los impuestos cada vez más altos... y para colmo, los sacerdotes de Jerusalén echándole la bendición a todo este abuso... Entonces, ¿qué? Los israelitas jóvenes, ¿nos vamos a cruzar de brazos?
María: Sí, hijo, ya lo sé. Pero, ¿qué podemos hacer nosotros, los pobres?
Hazme caso. Olvida los sueños y sé realista. Tienes treinta años. Ya es hora de que pongas los pies en la tierra. Yo estoy sola... Si tu padre estuviera con nosotros... Ay, mi buen José, que en paz descanse. Jesús, hijo, ¿qué va a ser de mí si a ti te pasa algo?
Jesús: Lo que dije antes. Te has puesto cobarde con los años. A ver, ¿no
eres tú la que dices siempre: Dios va a tumbar del trono a los orgullosos y levantará a los humildes; Dios dará de comer a los hambrientos y dejará a los ricos con las manos vacías ?
María: Sí, Jesús, lo digo y lo creo. Y todos los días le rezo al Señor para
que los pobres al fin salgamos de esta miseria.
Jesús: No basta rezar, mamá. Hay que arriesgarse. Hay que hacer algo como
Juan.
María: Ya sacaste las orejas. Eso es 1o que quieres. Irte al Jordán y unirte a
esos revoltosos. Y no me extraña que un día vengan a decirme: María, tu hijo se metió a profeta. Tu hijo anda predicando también.
Jesús: ¿Profeta yo? No, no te preocupes por eso. Me saldrían las palabras
más torcidas que estas herraduras. No, no, yo no sirvo para eso... Y ahora, vamos terminar las lentejas, que mañana hay que comerse esta gallina...
Y a los pocos días, Jesús se levantó bien temprano, se echó encima su vieja
túnica, tomó una rama seca como bastón y se puso en camino rumbo al río Jordán, donde estaba Juan, el profeta. |
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CAPÍTULO 1
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LA COSA EMPEZÓ
EN GALILEA |