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CAPÍTULO 11
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HACIA LA GALILEA
DE LOS GENTILES
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Cuando Jesús salió del desierto, tenía los pies hinchados, unas ojeras
enormes y el pelo y la barba llenos de arena. A pesar del cansancio y el hambre, llevaba el corazón contento. Y llevaba prisa. Se despidió del viejo samaritano que lo había recogido en su camello y volvió al Jordán...
Jesús: Tengo que ver a Juan... Tengo que hablarle... Le diré: Juan, estoy
decidido a servir a mi pueblo. ¿Por dónde debo comenzar?... ¿Qué tengo que hacer?... ¿Quieres que me quede contigo bautizando?... Estoy dispuesto a todo... Ya no tengo miedo... bueno, sí, tengo miedo, pero estoy dispuesto a todo... Dios me ha llenado de valor en el desierto...
Pero cuando Jesús llegó a Betabara, al recodo del río donde Juan
bautizaba, vio que en la orilla del Jordán no había nadie... Todo estaba vacío. Ya no había bautismos ni caravanas de peregrinos. Ya no estaba Juan. A lo lejos, Jesús vio un par de mujeres y corrió a preguntarles...
Jesús: ¡Eh, ustedes dos, esperen!... ¡No huyan, no quiero hacerles ningún
mal... esperen!
Magdalena: ¡Tienes cara de loco o leproso! ¿Quién eres tú?
Jesús: Lo que pasa es que vengo del desierto y... bueno, así estoy de
sucio y... Pero no se asusten. Espérenme...
Vieja: ¿Qué te pasa, muchacho? ¿También a ti te busca la policía de
Herodes?
Jesús: No, abuela, vengo a buscar al profeta Juan y... pero, ¿qué ha
pasado aquí?
Vieja: Igual que ésta. Esta también llegó cuando se acabó el negocio. Así
es la vida...
Jesús: Pero, díganme, ¿qué ha pasado? ¿Dónde está Juan?... ¿Dónde está
la gente?
Magdalena: El rey Herodes se llevó al profeta, y el Jordán se quedó
vacío.
Jesús: ¡¿Qué Herodes metió preso a Juan?!
Vieja: ¿No lo sabías? Esa noticia ha corrido como candela por todo el
país. ¡Ay, qué desgracia tan grande, Dios mío!
Jesús: Pero, ¿cómo se ha atrevido ese zorro? ¿Con qué derecho...?
Magdalena: Con el derecho de la fuerza. Mandó a sus soldados con
látigos y con espadas... y se llevaron al profeta amarrado a la cola de un caballo.
Jesús: ¿Y adónde se lo llevaron?
Vieja: A la cárcel peor de todas, a Maqueronte, allá por los montes de
Moab...
Magdalena: ¡Ojalá se lo coman los gusanos como a su padre, maldito
Herodes!
Jesús: ¿Y la gente no hizo nada para defenderlo?
Vieja: ¿Y qué íbamos a hacer, muchacho? Salir corriendo, eso fue lo que
hicimos todos. ¿Quién se atreve a levantar la mano contra Herodes? ¿Quién puede abrir la boca en este país?
Magdalena: Aquí el único que no tenía pelos en la lengua era Juan. ¡Eso
sí era un hombre, caramba, ése no le tenía miedo ni a Herodes ni al diablo que se le pusiera delante!
Vieja: Y ya lo metieron preso y un día de estos lo matarán. ¡Qué
calamidad, Dios mío! Bueno, hay que resignarse. Ya se acabó el profeta.
Magdalena: Di mejor que ya se acabó tu negocio de rosquillas, vieja
Rut. Eso te duele más que las cadenas del bautizador.
Vieja: ¡Oye a ésta!... Contéstame tú, muchacho: soy una pobre viuda que
se ganaba la vida vendiendo rosquillas a los penitentes que se bautizaban...
Magdalena: ¡Y que salían del río con más hambre que arrepentimiento!
Vieja: Está bien, pero si yo podía vender mis cositas gracias a la gente
que venía a escuchar a Juan, ¿qué hay de malo en eso?
Jesús: Claro que sí, abuela. A unos el profeta los ayudaba con sus
palabras y a ti te ayudó mejorándote el negocio.
Magdalena: Pues a mí sí que no me ayudó en nada. Viaje perdido.
Jesús: ¿Tú viniste a bautizarte con Juan?
Magdalena: Bueno, sí... sí, eso...
Vieja: Ésta se ríe porque ella... bueno, ya le ves las pinturas que tiene en
los cachetes... Los hombres de Cafarnaún corrieron a ver al profeta y ésta corrió detrás de los hombres de Cafarnaún, ja, ja...
Magdalena: ¿Y qué quieres que haga? Cada uno vive de lo que puede,
¿verdad, paisano?
Vieja: Y llegó aquí y ya se le habían espantado los clientes... Y ahora se
quedó esto vacío... ¡Qué mala suerte, María!
Jesús: ¿Te llamas María?
Magdalena: Sí. ¿Y tú?
Jesús: Jesús. Y a pesar de esta mala facha que tengo, soy buena persona.
Te lo aseguro.
Vieja: Tú hablas como los galileos. ¿Eres de allá como ésta?
Jesús: Sí, soy de Nazaret, un caserío de tierra adentro.
Magdalena: Pues yo soy de Magdala, junto al lago.
Vieja: No hace falta que lo digas. A las magdalenas se les conoce por el
perfume.
Jesús: Pero, ¿no hablaste antes de Cafarnaum?
Magdalena: Bueno, yo nací en Magdala, pero luego mi madre murió,
quedé sola... Ahora vivo en Cafarnaum. Y trabajo en lo que puedo.
Vieja: ¡Trabaja de ramera para todos esos pescadores sinvergüenzas que
hay en los muelles!
Jesús: ¡Mira qué casualidad! Hace unos días conocí a un grupo de
amigos que son de allá... A lo mejor tú los conoces...
Magdalena: Seguro que sí. Conozco a todos los hombres de
Cafarnaum... Dime cómo se llaman...
Jesús: Pedro, Santiago, Juan, Andrés...
Magdalena: ¡Demonios, si los conoceré yo!... Andrés es un poco serio,
pero esos dos «hermanitos» Santiago y Juan... si los ves por una esquina, vete por la otra... Y ese Pedro... bueno, de ése mejor ni hablar.
Jesús: Pues a mí me cayeron muy simpáticos...
Magdalena: Pues a mí me cayeron atrás y empezaron a buscarme la
lengua. ¡Caramba con esos tipos...! Pero yo se lo dije clarito: «Váyanse con sus morondangas a otra parte, que yo con ustedes no quiero nada de nada. Ah, y para otra vez, antes de hablar conmigo, enjuáguense la boca primero».
Vieja: ¡Cualquiera que te oye te toma por una gran señora!
Magdalena: Yo no. Pero este paisano tiene cara de persona decente.
Mira, aquí entre tú y yo; no te juntes con esa calaña ni te arrimes por su casa. ¡Si yo te cuento las que sé...!
Vieja: Ay, el que tenía cara de persona decente era el profeta Juan. ¡Qué
mirada, qué manera de hablar! Era un enviado del mismísimo Dios, eso digo yo. Pero ahora... ya se hundió este país. Israel se ha quedado como un niño huérfano. Ya no hay profeta que le dé la mano y lo guíe y le enseñe a caminar. Estamos perdidos.
Jesús: No hables así, abuela. Juan abrió el camino. Nosotros tenemos
que continuarlo.
Vieja: No, muchacho, ya esto se acabó. Juan era la voz de nosotros, los
pobres. ¿Tú no lo oíste nunca? ¡El gritaba, gritaba fuerte! ¿Y sabes por qué? ¡Porque tenía en su garganta miles de voces, las voces de todos nosotros, los infelices, los que nunca hemos tenido derecho a hablar... ¿Quién va a reclamar ahora justicia para nosotros, dime?
Jesús: Nosotros mismos, abuela. Sí, ¿por qué no? Ahora nosotros
tenemos que hacer sonar nuestra propia voz, la voz de los que no tenemos nada. Sí, sí tenemos: ¡tenemos a Dios de nuestro lado! Dios pelea con nosotros.
Vieja: Juan hablaba siempre de un liberador grande y fuerte que vendría
detrás de él... Pero, fíjate: él está preso y el otro no llega.
Jesús: Pero llegará, abuela. Llegará el Mesías y llegará el Reino de
Dios. Ahora lo que hace falta es no perder la esperanza.
Vieja: No, muchacho, lo que hace falta es que otro recoja el bastón del
profeta y siga su ejemplo y siga hablándole al pueblo como Juan.
Magdalena: Pero, ¿dónde está ese valiente?, ¿eh?, ¿quién se atreve?.
Bah, en este país ya no quedan hombres como Juan, maldita sea.
Jesús: Pues yo creo que sí. Yo creo que hay muchos que estarían
dispuestos a dar su vida por la justicia. Pero están esperando una señal para empezar. Están esperando a uno que les diga: «¡Ya es la hora, compañeros, ya está cerca el reino de Dios! ¡Y con él viene nuestra liberación!»... Juan está preso. Pero el Mesías anda suelto. ¡Ya viene!... ¿No lo sienten en su corazón?. Alégrate, abuela, y tú también, María. ¡Pronto seremos libres!
Magdalena: ¿Qué estás diciendo? Humm... Me parece que a ti el sol del
desierto te quemó la mollera.
Vieja: Ven, muchacho, debes estar muy cansado. Tengo mi choza cerca
de aquí. María y yo te prepararemos alguna comida... Vamos...
Jesús: Gracias por todo, abuela. Ya tengo que irme. Me esperan en
Galilea.
Vieja: ¿Te gustaron mis rosquillas?
Jesús: Son muy ricas, de veras...
Vieja: Pues toma éstas...
Vieja: Llévale unas cuantas a tu madre. Y dile que van de parte de una
vieja que vive junto al Jordán y que la quiere mucho.
Jesús: ¡Pero si tú no conoces a mi madre...!
Vieja: No importa. Te he conocido a ti. Me has caído muy simpático,
muchacho. Tu madre será igual que tú.
Magdalena: Adiós, Jesús. Yo viajaré a Galilea la próxima semana. Si
alguna vez pasas por Cafarnaún... bueno, ve a visitarme si no te da vergüenza entrar en mi casa.
Jesús: Claro que iré, María. ¡Adiós abuela!... Cuando llegue el Mesías,
recíbanlo con estas rosquillas de miel. Le alegrarán el corazón como me lo han alegrado a mí...
Vieja: ¡Adiós, muchacho, adiós!... ¡Buen viaje!
Y Jesús emprendió el largo camino de regreso hacia el norte, hacia la
Galilea de los gentiles. Iba cansado, con las sandalias destrozadas y la túnica medio rota. Pero la fatiga no le impedía avanzar. Al contrario, iba más de prisa que nunca...
Jesús: Alguien tiene que recoger la voz de Juan... Alguien tiene que darle
esperanza al pueblo... ¡Señor, envíanos ya el Liberador!... ¿Dónde está ese otro que vendrá?... ¿No podemos empezar a trabajar mientras lo esperamos?... Las espigas ya están maduras y hay que cosechar... Yo no puedo seguir esperando más... Tengo que hacer algo ya... Tengo que seguir el ejemplo de Juan...
Jesús caminó muchas horas por la cuenca del río. Al segundo día, antes
de oscurecer, llegó a la altura de Gadara. Desde allí se divisaba, redondo como un anillo de novia, el lago de Tiberíades... ¡Estaba en tierra galilea!... De pronto empezó a llover... El agua del cielo le devolvía a la tierra su frescura y su fecundidad. Jesús sintió una alegría inmensa en su corazón. Era como si viera por primera vez a su querida tierra norteña. Y como si Galilea, mojada y a oscuras, le diera secretamente su bienvenida.
Jesús: ¡Ya estoy otra vez aquí, Galilea, mi patria, mi hermana!
¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí! Camino del mar,
al otro lado del Jordán, ¡Galilea de los gentiles!
El pueblo que andaba en tinieblas, vio una luz,
sobre los que vivían en sombras de muerte, brilló una luz grande.
Aumentaste el gozo, hiciste inmensa la alegría
y se alegran al verte como los que cantan el día de la cosecha.
Porque has roto el yugo que pesaba sobre ellos
y has quebrado la vara del tirano
y la bota que taconea con soberbia
y el manto manchado de sangre serán arrojados al fuego.
¡Porque un Liberador nos ha nacido
y la paz que él nos trae no tendrá fin!
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María Magdalena, tantas veces mencionada en los evangelios, era una
prostituta. María era un nombre de mujer muy frecuente en tiempos de Jesús. «Magdalena» hace referencia a su probable lugar de nacimiento, «Magdala». Entonces -como aún sucede ahora en muchos lugares- la prostitución, más que un problema moral, reflejaba un problema económico. Una mujer sola y sin trabajo, en una sociedad machista, se ve empujada en muchas ocasiones a venderse para subsistir. Sin duda, María, la de Magdala, sería una de estas mujeres. Probablemente sería joven pues la prostitución estaba muy extendida entre muchachas de trece o catorce años. Las imágenes tradicionales de María Magdalena, una señora de alta sociedad con algún desliz sentimental, bien vestida y mejor perfumada, no tienen nada que ver con la vulgaridad de una prostituta de la clase más baja como tuvo que ser la Magdalena.
Al conocer el apresamiento de Juan Bautista, Jesús da un nuevo paso en
la conciencia de su propia vocación. Israel ha quedado huérfana al quitarle el profeta que le anunciaba el proyecto de liberación de Dios. Jesús siente que debe tomar el relevo de Juan. Recogerá su mensaje de justicia y lo llevará a su tierra, a Galilea. No bautizará como Juan ni esperará que el pueblo vaya a él a buscarlo, sino que se mezclará con la gente como uno más. Y desde las calles, los barrios y las plazas, anunciará a los pobres la liberación que Dios les promete.
Desde las orillas del Jordán, Jesús se pone en camino hacia el norte. Es
un trayecto largo, de unas tres o cuatro jornadas a pie, que puede recorrerse siguiendo la cuenca del río a través de Perea y la Decápolis, o tomando la ruta de las montañas por la región de los samaritanos.
«Galilea de los gentiles» es un calificativo que el profeta Isaías había
dado a las tierras del norte unos setecientos años antes de Jesús. Expresaba así que aquella zona, la patria de Jesús, la que en los orígenes perteneció a Zabulón y a Neftalí, hijos del viejo patriarca Jacob, parecían como abandonadas de Dios, entregadas a los «gentiles» (paganos, extranjeros). Eran tiempos en que los galileos fueron hechos prisioneros y deportados. Sufrieron mucho y el futuro aparecía cerrado para ellos. El profeta les anuncia una luz en medio de su oscuridad. Cuando Jesús comenzó a anunciar el Reino de Dios en tierras galileas, después de su bautismo en el Jordán, Mateo recordó esta profecía de Isaías y la incluyó en su evangelio.
Mateo 4, 12-17
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