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CAPÍTULO 20
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UN LEPROSO EN EL BARRIO
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Pedro: ¡Eh, Juan! ¡Santiago!... ¡Dejen las redes y vengan para acá, corran!
Una mañana, mientras limpiábamos las redes, Pedro nos llamó a voces
desde la casa de Caleb, un pescador del barrio. Cuando llegamos, aquello parecía un velorio: las mujeres gritaban, la gente se apretujaba en la puerta y la casa empezaba a oler a eucalipto, las hojas que se queman cerca de los enfermos. La mujer de Caleb, vestida de negro, lloraba sin parar golpeándose la cabeza contra la pared.
Ana: ¡La maldición de Dios! ¡La maldición de Dios!
Eliazar: ¡Es lepra! ¡Eso es lepra! ¡Y ahora mismo vamos a llamar al rabino
para que te examine!
Caleb: ¡No me toques! Mentira, esto no es lepra... ¡no me toques!
Eliazar: Lo has estado escondiendo todo este tiempo, desgraciado.
Quítate esos vendajes y enseña los brazos.
Caleb: ¡Son sólo unas llagas, déjame...! ¡¡Esto no es lepra, no!!
Juan: Pedro, pero ¿es que Caleb está leproso?
Pedro: Eso es lo que dicen. Fíjate el alboroto que ha armado este Eliazar.
Dice que tiene unas manchas debajo de los vendajes y que son la lepra.
Santiago: ¡Caleb es un embustero! ¡A nosotros nos dijo que una araña lo
había picado, que por eso iba con esos trapos en el brazo!
Pedro: Eliazar ha corrido la cosa por todo el barrio y quiere llevarlo con el
sacerdote para que diga si es o no es...
Santiago: ¡Bien dicho, qué caramba! ¡Que venga el rabino y si ese tipo
tiene lepra que se largue de aquí! ¿Que quiere? ¿Pegarnos a todos esa enfermedad?
Ana: ¡La maldición de Dios!... ¡La maldición de Dios!
Todos temíamos la lepra. Se iba extendiendo por la carne como las
enredaderas se extienden por las paredes devorando el cuerpo hasta dejarlo convertido en una llaga. Además, como aquellas manchas podían ser contagiosas, la ley mandaba que los enfermos fueran alejados de su familia y de la comunidad, que no pudieran acercarse a ninguna persona sana. La lepra era la más terrible de las enfermedades...
Eliazar: ¿Lo ves? ¿Lo ves?... Esas llagas son la lepra. Tienen el color de la
arena.
Caleb: ¡Esto no es lepra, Eliazar, te lo juro por el trono del Dios altísimo!
Eliazar: ¡No jures, sinvergüenza! ¡Tenías que haberlo avisado! ¡Esa
porquería se pega, y tú lo sabes bien!
Ana: ¡La maldición de Dios! ¡La maldición de Dios!
Una vecina: ¡Pobre mujer! No hace más que darse golpes contra la
pared...
Salomé: Si es lepra lo de Caleb, es como si se hubiera quedado viuda... ¡
Y con tres muchachos que tiene!
Otra vecina: Algo habrá hecho este tipo para que Dios lo castigue. A mí
Caleb nunca me gustó del todo... Algo sucio tendría por dentro y ahora le salió fuera...
En la casa de Caleb ya no cabía nadie más. La noticia de que estaba leproso
había corrido como candela por el barrio de los pescadores. El viejo Eliazar, después de quitarle los vendajes que llevaba amarrados en el brazo y examinar las llagas, fue a la sinagoga a buscar al sacerdote. Él era quien tenía que decir la última palabra. Al poco rato, llegó el rabino a casa de Caleb...
Rabino: ¡Vamos, vayanse de aquí!... ¡Todo el mundo fuera!
Ana: ¡Ay, rabino, nos cayó la maldición de Dios!
Rabino: Ten un poco de paciencia, mujer, y no hables de maldiciones
hasta que no veamos lo que es.
Caleb: ¡No es lepra, rabino! ¡No es lepra!... ¡El viejo Eliazar es un
mentiroso...!
Rabino: ¡Todos fuera digo! A ver el brazo... enséñamelo.
Caleb: ¡¡Yo no quiero irme de mi casa!! ¡Esto no es lepra! ¡Yo estoy
limpio!...
Rabino: Pues, ¿qué son estas manchas, Caleb?
Caleb: Son llagas, rabino. Son llagas que se curan.
Rabino: ¿Has puesto algo sobre ellas para curarlas?
Ana: Rabino, yo le unté aceite mezclado con semillas de girasol y tripa de
pez rojo bien aplastada...
Rabino: Jumm... ¿Desde cuándo tienes estas úlceras?
Caleb: No me acuerdo... Hace cuatro lunas... ¡¡Yo no quiero irme, yo no
quiero irme!!
Rabino: Pues tendrás que dejar tu casa, Caleb. Tus llagas están hundidas
en la piel. Y el pelo se ha vuelto blanco... Es lepra.
Ana: ¡¡La maldición de Dios, la maldición de Dios!!
Caleb: ¡No! ¡No, no, no quiero irme, no quiero irme...!
Entonces, Eliazar y otros hombres echaron a Caleb fuera de la ciudad. Por
miedo a tocarlo, lo amarraron con sogas y lo sacaron de su casa a rastras como si fuera un animal. Caleb se resistía, daba manotazos y patadas y lloraba desconsoladamente. Su mujer y sus niños vieron cómo se lo llevaban por el camino ancho de Cafarnaum hacia la colina de las cuevas, donde los leprosos vivían y morían solos.
Ana: Ay, Salomé, qué habrá hecho mi marido para que Dios lo haya
castigado así...
Salomé: No me hables, mujer, no me hables, que llevo dos noches sin
dormir desde que me enteré de lo que había pasado... ¡Y yo qué sé por qué Dios lo ha castigado de esta mala manera!
Ana: Y ahora, ¿qué voy a hacer yo...?
Salomé: Mira, hija, ya le he dicho a Zebedeo, mi marido, que te dé unas
monedas por remendarle las redes. Con ese trabajito ya tendrás para ir tirando. Y si algo necesitas, me lo pides, que donde comen cuatro pueden comer ocho...
Ana: ¿Y qué comerá él, mi pobre Caleb? Allá en esas cuevas... Viviendo de
la limosna que le quieran dar...
Salomé: Bueno, mujer, pero no llores, que tus muchachos te necesitan...
No te pongas así, vamos...
Ya habían pasado dos semanas desde que se llevaron a Caleb de
Cafarnaum. Una noche, mientras jugábamos a los dados en casa, mi madre Salomé entró con un cacharro lleno de pedazos de pescado salado y unos panes...
Santiago: ¡Y van cuatro!... Ganas tú, Jesús...
Pedro: ¡Seis y tres!... Te toca, Santiago...
Salomé: A ver, muchachos, hay que llevarle esta comida al pobre Caleb.
Su mujer no puede ir. Está mala y yo tengo que cuidarle los niños. Le dije que estuviera tranquila, que nosotros nos encargaríamos....
Santiago: No seré yo el que vaya, vieja. ¿No querrás que me lleven a mí
leproso para esas cuevas, ¿no? Eso se pega.
Salomé: Ya lo sé, Santiago, pero no hay que acercarse mucho. Das unos
gritos para que él salga y se lo dejas ahí en el camino...
Juan: Uff... Con todo y eso...
Salomé: ¿Y tú, Pedro...?
Pedro: Bueno, doña Salomé... A mí los leprosos me revuelven las tripas.
Se me pone una cosa aquí que... ¡Creo que no me arrimo por allá ni aunque me den cien denarios!
Salomé: Muy valiente, narizón, muy valiente...
Pedro: Diga usted lo que quiera, que a todos nos pasa lo mismo. ¿No está
viendo que aquí nadie se atreve?
Santiago: A ti, Jesús, ¿también te asustan los leprosos?
Jesús: A mí no es que me asusten, Santiago, pero...
Salomé: ¡Bueno, pues a ver quién se decide de aquí a mañana. Me he
pasado un buen rato preparando este pescado y no para que nos lo comamos después nosotros, caramba!
Después de mucha discusión, Jesús y yo nos decidimos a llevarle la comida
a Caleb. Cuando el sol aún no había salido, echamos a andar hacia las cuevas de los leprosos. Estaban a la salida de Cafarnaum, a la izquierda del camino que lleva a Corozaim...
Jesús: Llámalo, Juan. Si oye que eres tú, saldrá con más confianza.
Juan: ¡¡Eh, Caleb!!... ¡Caleb! ¡¿Dónde te has metido, caramba?!... ¡Soy
Juan, el de Zebedeo! ¡Caleb!
Al poco rato, salió de una de las cuevas un hombre con el cuerpo todo
cubierto de trapos y el pelo revuelto. Era Caleb, el pescador de Cafarnaum...
Juan: Míralo ahí, Jesús... Pero, me da no sé qué tirarle aquí la comida,
como si fuera un perro...
Jesús: ¿Qué hacemos entonces?
Juan: Podríamos acercarnos un poco más. Se pondrá contento de vernos,
pero... puede ser peligroso, esto se pega... No sé, si tú no quieres...
Jesús: Sí, Juan, vamos.
Jesús y yo nos fuimos acercando hacia el descampado en donde se había
quedado Caleb. Cuando ya estábamos como a un tiro de piedra, nos detuvimos. Caleb lloraba.
Caleb: Juan, ¿cómo está mi mujer?... ¿Y los niños?
Juan: No te preocupes por ellos, Caleb. Ana está remendando redes en el
embarcadero. Trabaja y se gana sus denarios. Los muchachos tienen qué comer. Están bien.
Jesús: Y tú, ¿cómo estás, Caleb?
Caleb: ¿Y cómo voy a estar? ¡Muriéndome de asco!... Con estos trapos...
Hay muchos leprosos que ya están podridos... ¡Si no tenía esa maldita enfermedad, aquí voy a terminar agarrándola! ¡Yo quiero volver al lago a pescar, yo quiero estar con todos...!
Jesús: Pero, ¿tienes todavía aquellas llagas en el brazo?
Caleb: ¡Sí, pero eso no es lepra!... ¡Eso no es lepra! ¡Si Dios quisiera
limpiarme!... Pero Dios nunca viene por estas cuevas...
Jesús: Caleb, mira, doña Salomé se ha acordado de ti y te ha preparado
este pescado y estos panes.
Jesús se acercó más, para darle la comida...
Juan: ¡Ten cuidado, moreno!
Jesús: A ver cómo están esas manchas, Caleb, déjame verlas...
Jesús le ayudó a quitarse los vendajes sucios que tenía enrollados en el
brazo...
Caleb: Yo quiero volver a Cafarnaum...
Jesús: Pero, déjame ver las manchas, hombre...
Caleb: Mira cómo estoy... mira... ¡¡¡Mira!!! ¡No tengo nada!...
¿Dónde están las llagas?... Pero, ¡¡si estoy limpio!!... ¡¡Las manchas se
fueron, estoy limpio!!
Juan: ¡Jesús, ¿qué pasó?, ¿qué pasó?!
Caleb: ¡¡Estoy curado, estoy curado!!
Juan: ¿Qué le hiciste, Jesús?
Jesús: Pero, Juan, si yo...
Caleb: ¡¡Estoy limpio, estoy curado!!... ¡Ayúdenme a quitarme estos
trapos!... ¡¡Estoy curado!!
Jesús: Caleb, no grites tanto, que van a salir todos de las cuevas. Ven,
vamos a Cafarnaum. Tienes que presentarte al sacerdote para que él asegure que estás limpio.
Caleb: ¡Estoy limpio, estoy curado!...
Al día siguiente, el rabino purificó a Caleb con la sangre de un pájaro
ofrecido en sacrificio. Lo roció siete veces, lo declaró limpió y soltó en el campo otro pájaro como señal de la curación.
Rabino: Sí, es verdad, la carne está limpia y no hay ninguna señal blanca
en ella. La lepra se ha ido. Estás curado, Caleb. Puedes volver a tu casa.
Caleb volvió a ser libre y a vivir con todos. Aquella noche hicimos una fiesta
en el barrio de los pescadores para celebrarlo. Llorando de alegría, Caleb contaba lo que había pasado: decía que Jesús, el de Nazaret, era quien le había curado. Y tanto corrió la noticia que Jesús tuvo que alejarse durante un tiempo de Cafarnaum. |
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La lepra, que en la Biblia engloba muchas otras enfermedades de la piel
(erupciones, ronchas, manchas, granos, etc.), era una enfermedad muy temida. Siempre se la consideraba un castigo de Dios y obligaba al leproso a separarse de su familia y de la comunidad y a vivir aislado. El leproso era, además de un repugnante enfermo, un impuro desde el punto de vista religioso y, por eso, eran los sacerdotes los que tenían que dictaminar tanto la enfermedad como la curación, si ésta se producía. En el Antiguo Testamento es muy extensa y pormenorizada la legislación sobre la lepra. Por ser una enfermedad tan horrible era creencia popular que la lepra desaparecía cuando llegara el Mesías.
Los leprosos debían vivir apartados, en cuevas. No podían acercarse a las
ciudades y, cuando iban por un camino, tenían que gritar su impureza para prevenir a los sanos. Este aislamiento no era sólo por el contagio que podía producir la enfermedad, sino por el carácter religioso, de «maldito de Dios» que tenía el enfermo. El hecho de acercarse Jesús al leproso y tocarle es, además de un gesto de compasión, una voluntaria violación de la ley religiosa que hacía culpable al que tocara a un impuro (Lev. 5, 3). Es un signo de que con Jesús se han borrado las fronteras entre lo puro y lo impuro y de que el Dios que él viene a revelar no hace caso de estas distinciones externas ni tampoco castiga ni maldice a nadie valiéndose de la enfermedad. Ni la lepra ni ninguna dolencia por terrible que sea es nunca castigo ni venganza de Dios sobre el hombre. Tiene siempre su explicación en causas naturales y es la medicina la encargada de determinar su origen y combatirla.
La bacteria que produce la lepra no fue descubierta hasta 1868. Hoy día la
lepra no es ya una enfermedad incurable, pero todavía hay muchos leprosos en el mundo. La falta de higiene y de cuidados preventivos cuando comienza la enfermedad es la causa de que la lepra esté aún tan extendida. Los actuales leprosos viven también en comunidades separadas, aunque se sabe que la lepra no es un mal contagioso si se toman unas mínimas precauciones. Los cuatro evangelistas le atribuyen a Jesús hasta 41 milagros. Mateo es el que cita mayor cantidad: 24. Y Juan, el que menos: 9. Las narraciones de milagros están ligadas estrechamente a lo que los mismos evangelistas cuentan sobre la actividad y misión de Jesús. En este sentido, se puede decir que son esenciales al evangelio. La mayoría de estos hechos milagrosos son curaciones de distintas enfermedades. Aún los críticos más severos admiten que Jesús sería un hombre con ciertos poderes para sanar a los enfermos, para aliviarlos, para fortalecer su fe en que podían curarse. Poderes que son difíciles de precisar hoy a dos mil años de distancia. Desde un punto de vista teológico, debe verse siempre el hecho milagroso en la narración evangélica no como una demostración de algo «extraordinario», sino como un signo de liberación. Dios envía a su hijo como liberador. Jesús anuncia la buena noticia de esta liberación y realiza a la par señales que indican que esta liberación ya ha llegado.
(Mateo 8, 1-4; Marcos 1, 40-45; Lucas 5, 12-16)
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