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Aquella mañana, cuando Jesús leyó las palabras del profeta Isaías en la
pequeña sinagoga de Nazaret, sus vecinos se enfurecieron contra él. Enseguida se alzaron gritos de protesta y maldiciones. La algarabía creció tan rápido que, cuando el rabino quiso poner orden en aquel avispero, era ya demasiado tarde...
Un vecino: ¿Profeta tú? Ja, ja, ja... ¡Un profeta con harapos!
Una vecina: Dice que viene a liberarnos. Pero, ¿qué se habrá creído este
lechugino? ¿Quién rayos te pidió nada a ti, hijo de María? ¡Lárgate y déjanos en paz!
Un viejo: Saquen fuera a ese enredador, vamos, échenlo fuera, que aquí
nada se le ha perdido.
Los nazarenos se abalanzaron sobre Jesús con los puños en alto. Cuatro
brazos cayeron sobre él y lo bajaron de la tarima donde se explicaban las Escrituras. A empellones lo sacaron por la estrecha puerta del fondo. Todos salieron detrás, chillando y silbando...
Vecino: ¡Al basurero!... ¡Tírenlo por el basurero!
Vecina: ¡Sí, sí, al basurero!
Los vecinos empujaban a Jesús hacia un barranco de poca altura donde las
mujeres quemaban la basura todos los viernes...
Ananías: ¡Llegar a viejo para oír tantas estupideces!
Don Ananías, el más rico del caserío, alzó en el aire su bastón y lo descargó
con toda su furia sobre Jesús...
Ananías: ... ¡Por meterte donde no te llaman!
La cosa se estaba poniendo fea. Yo traté de calmarlos, pero...
Juan: ¡Paisanos, por favor, escuchen un momento, no sean...
... No pude acabar lo que iba a decir. Un nazareno gordísimo se quitó una de
las sandalias y me la disparó con toda su fuerza...
Vecino: ¡Chúpate esa, compadrito!
La sandalia me dio en mitad de la cara y comencé a sangrar por la nariz. Jesús
también sangraba y tenía la túnica hecha trizas.
Vecina: ¡Al basurero! ¡Al basurero! ¡Los charlatanes al basurero!
Me acuerdo bien de aquella refriega. Ahora me río, pero en aquel momento
pasamos un buen susto. Los vecinos de Jesús estaban muy furiosos y no querían saber nada de él. Bueno, eso ya se sabe. Cuando Moisés fue a hablarles a los suyos, allá en Egipto, también lo tildaron de entrometido y lo echaron fuera. Y otro tanto le pasó a David, perseguido por sus mismos compatriotas. Y a José, que lo vendieron sus propios hermanos. Así pasa siempre. Ningún profeta es bien recibido en su casa.
Vecino: ¡No necesitamos que nadie venga a resolvernos los problemas! ¡Y
menos tú, cuentista!
Vecino: ¡Oye, pedazo de animal no me empujes!
Vecino: ¡¿Qué dijiste tú?!
Vecino: ¡Lo que oíste tú: que eres un pedazo de animal!
Vecino: ¡Atrévete a repetir eso y te saco el bofe!
Vecino: ¡¡¡Pedazo de animal, oyes, pedazo de animal y animal entero!!!
Vecino: ¡¡¡Ahora vas a saber...!!!
Nazaret era un caserío violento y de mala fama. El sol no se acostaba sin que
los nazarenos escupieran siete maldiciones y se enredaran a puñetazos por cualquier malentendido.
A los pocos segundos, sus vecinos se olvidaron de Jesús y de las palabras
que había dicho en la sinagoga. La pelea era de todos contra todos...
Vecino: ¡Imbécil, raca, te vas a tragar esa lengua asquerosa!
Vecino: ¡Págame lo que me debes o te degüello ahora mismo!
Los niños también se metieron en el barullo. Algunos recogían piedras para
los viejos que no podían usar los puños. Las mujeres, por su lado, se arrancaban los pañuelos de la cabeza, se agarraban por los moños y se arañaban la cara...
Susana: ¡A ti te voy a desmigajar yo, greñuda del demonio!
Susana estaba revolcada por el suelo, peleando con la novia del carnicero
Tritón... Vi también a María, la madre de Jesús, con los ojos enrojecidos y todos los pelos revueltos, tratando de acercarse a nosotros...
Fue entonces cuando se oyó aquel grito estentóreo detrás de nosotros...
Judas: ¡Basta ya de pelear! ¡¡Basta ya!!
Eran dos hombres, uno encaramado sobre las espaldas del otro, como un
jinete sobre un caballo. El de abajo era un gigantón rubio y pecoso. Se llamaba Simón. El de arriba era también joven y fuerte. Llevaba atado al cuello un pañuelo amarillo. En su mano derecha brillaba la hoja de un puñal. Era Judas, el de Kariot. Los dos zelotes se acercaron a los nazarenos...
Judas: Basta ya, compañeros. ¿Qué es lo que quieren? ¿Matarse entre
ustedes, destruirse unos a otros? Esta pelea se acabó.
Vecino: ¿Y quién eres tú, si se puede saber?
Judas: Uno igual que tú, amigo. Igual que éste, igual que aquel otro.
Vecino: ¿Y quién te mandó meterte donde no te llaman?
Judas: Eso digo yo: ¿quién me manda meterme? Nadie. Pero me meto. ¿Y
saben por qué?... Porque me duele ver a los ratones mordiéndose mientras el gato se sonríe y se relame tranquilamente los bigotes.
Vecino: ¿Qué quieres decir con eso?
Judas guardó el cuchillo bajo la sudada túnica y de un brinco bajó de los
hombros de Simón... Los nazarenos olvidaron el motivo de la pelea y se pusieron a oír al recién llegado...
Judas: Escuchen, amigos: había una vez un gato con hambre. Y había tres
ratones, uno blanco, uno negro y otro manchado, los tres bien escondidos en sus cuevas. El gato pensó: ¿qué puedo hacer para comérmelos? Las patas no me caben en la cueva. ¿Qué haré? Entonces el gato se acercó en silencio al primer agujero donde dormía el ratón blanco y susurró: ratoncito blanco, dice el ratoncito negro que tú eres un bribón. Y luego se arrimo a la cueva del negro y dijo: ratoncito negro, dice el ratoncito blanco que tú eres un cobarde. Y luego fue donde el tercer ratón: ratoncito manchado, dicen los otros dos que tú eres el más imbécil de los tres.
Vecina: ¿Y qué hicieron entonces los ratones?
Judas: Lo mismo que nosotros. Salieron de sus cuevas y comenzaron a
pelear entre ellos. Y acabaron tan cansados que ni fuerzas tenían para correr y esconderse. Entonces vino el gato risueño, los agarró uno a uno por la cola, y ¡zas!... se los tragó. Eso es lo que quieren estos romanos invasores: echarnos a pelear entre nosotros para tragarnos después. Compañeros, nos quieren dividir «Divide y vencerás»: ¡así dice el águila romana que tiene dos cabezas! ¿Ven este pañuelo que llevo al cuello? Me lo regaló Ariel, nieto legítimo de los Macabeos. Aquellos sí fueron buenos patriotas. Aquellos no gastaron su fuerza peleando contra sus hermanos.
Vecina: ¡Eso que dice Judas el de Kariot es verdad! ¡Los enemigos son
otros!
Judas: Tú lo has dicho, mujer. Guarden el cuchillo para el pescuezo de los
extranjeros. Guarden las piedras para la cabeza de Herodes y su gente. Guarden la fuerza para pelear contra ellos cuando llegue la hora.
Entonces Judas sacó el cuchillo. Con una mano se agarró un mechón de pelo
y con la otra lo cortó de un tajo. Luego echó al aire los cabellos, con un juramento:
Judas: ¡Libres como estos pelos que me corto, así queremos ser!... ¡Que el
Dios de los Ejércitos me corte a mí por medio si no lucho por la libertad de los míos!... ¡¡Por la libertad del pueblo de Israel!!
Los nazarenos ya tenían bastante para conversar y entretenerse aquella tarde.
Cada uno volvió a su choza sacudiéndose el polvo de los mantos. La pelea les había abierto el apetito. Judas y Simón, los dos zelotes, se acercaron a nosotros...
Judas: ¿Cómo está ese trueno, el hijo del Zebedeo?
Simón: ¡Te conocimos la barba desde lejos, Juan!
Juan: ¡Y yo también a ustedes! ¡Vaya sorpresa de encontrarte por estos
rincones, Judas! ¡Caramba, Simón, tanto tiempo sin verte!
Simón: ¿Qué tal, Juan? ¿Y los demás muchachos? ¿Todavía echando redes
para sacar cangrejos?
Juan: Miren, les presento a un amigo: este moreno es nacido aquí mismo, en
Nazaret. Pero ahora está viviendo con nosotros en Cafarnaum. Se llama Jesús y tiene buenas ideas en la mollera, sí señor. Mira, Jesús, este gigante lleno de pecas es Simón, el zelote más fanático de todo el movimiento. Le pega un puñetazo a un guardia romano y, antes que el guardia voltee la mejilla derecha, ya le pegó otro en la izquierda. Y este del pañuelo amarillo es Judas, un patriota como no hay dos. Nació lejos de aquí, en Kariot, pero ya sabe escupir entre los dientes como nosotros los galileos.
Jesús: Me alegro de saludarte, Judas, y... y también te doy las gracias.
Judas: Las gracias, ¿por qué?
Jesús: ¿Cómo que por qué? Porque nos salvaste la vida, compañero. Si no
llegan a venir ustedes, a Juan y a mí nos habrían madurado a palos...
Simón: Pero, ¿no dice Juan que son vecinos tuyos...?
Jesús: Por eso mismo. ¿No has oído aquello de que el que come en tu
mismo plato es el que primero levanta el calcañar contra ti?
Simón: Tienes razón, así es. Bueno, Judas, se nos hace tarde. Vámonos ya.
Juan: ¿Van hacia Caná?
Judas: No, a Séforis. Ha habido un soplón en el grupo de allá y queremos
averiguar quién es. No podemos permitir ninguna traición entre los zelotes.
Juan: Bien dicho, Judas. Duro con los traidores.
Judas: Oye, Jesús, me gustaría hablar más largo contigo. A lo mejor puedes
colaborar en nuestra lucha.
Jesús: Y a lo mejor Simón y tú pueden echarnos una mano a nosotros.
También tenemos planes.
Judas: Claro que sí, compañero, para eso estamos, para ayudarnos unos a
otros. Bueno, Juan, hasta la vista. Jesús, te veré en Cafarnaum.
Juan: Hasta pronto, Judas, ¡que el pañuelo de los Macabeos te dé suerte!
Simón: ¡Adiós, muchachos, hasta otro rato!
Jesús: ¡Adiós, adiós!... ¡Ven, Juan, vamos pronto donde mi madre, que a
esta hora debe estar más preocupada que los albañiles de la torre de Babel!
Jesús y yo fuimos andando hacia la casa de María... Mientras tanto, ningún
nazareno tenía quieta la lengua...
Un viejo: ¡Esto sí tiene canela, compadre! ¡Mira que venir aquí a dárselas
de profeta! ¡Ja! ¡Profeta ese moreno que yo vi nacer y que le he limpiado los mocos más de 40 veces!
Una vecina: ¡A mí es que me dan rabia estos agitadores de medio pelo! ¡
Hablan de paz y lo que traen es la espada! ¡Mucho amor y mucho cuento y mira la que arman!
Un vecino: ¡Caramba con el hijo de María! Tan buena persona siempre, tan
complaciente... y míralo por dónde salió... Bueno, ya se veía venir... Malas compañías, tú sabes, la madre demasiado blanda...
María: ¡Ay, hijo, por Dios, qué vergüenza, qué vergüenza!
Susana: Di mejor: ¡qué atrevimiento! ¡Parece mentira, Jesús!
María: Ay, hijo, ¿y qué vas a hacer ahora?
Jesús: Nada, mamá. Vuelvo a Cafarnaum. No te angusties por mí.
Susana: Yo te lo advertí, María. Dime con quién andas y te diré quién eres.
Mira este peludo que vino con él...
Juan: Oiga, señora, yo no...
Susana: Tú eres uno de ellos, de esos agitadores de Cafarnaum. Que si
Pedro tirapiedras, que si el flaco Andrés, que si Santiago el pelirrojo... ¡Vaya amiguitos que te has echado! ¿Y no viste a esos dos que vinieron encaramados como caballos... ¡Ay, qué juventud más alborotadora ésta!
Jesús: Vamos, Susana, déjese de eso, que usted también alborota cuando
tiene oportunidad. ¡Yo la vi cuando tenía a la novia de Tritón agarrada por los moños!
María: Jesús, hijo, te lo suplico, hazlo por mí, no te metas en más líos...
Jesús: Pero, mamá, si yo no hice más que explicar lo que decía la Escritura
y comenzaron las pedradas. ¿Qué culpa tengo yo? Dile a Dios que no hable tan claro. Me parece que es Dios el que tiene ganas de meterse en líos...
Al día siguiente, bien temprano, Jesús y yo hicimos el camino de regreso a
Cafarnaum. Volvíamos golpeados y con moratones en el cuerpo. Pero estábamos contentos. Habíamos estrenado la voz para proclamar la buena noticia de la liberación de los pobres. |
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La oposición de los paisanos de Jesús que comenzó no aceptando que «uno
de ellos» se presentara como profeta para hablarles de liberación, degeneró en una pelea colectiva. Es propio de los pueblos pequeños estos desahogos de violencia en que salen a flote rencillas y venganzas acumuladas. También hay que tener en cuenta que en los pueblos orientales son frecuentes estos tumultos fruto de la impulsividad que los caracteriza.
Las palabras de Jesús en la sinagoga le convierten en signo de contradicción,
en escándalo para sus paisanos. Lo son para los que tenían riquezas porque son palabras que reclaman justicia, igualdad. Para la mayoría, los pobres, lo son también, en este primer momento, porque se resisten a aceptar a un pobre como ellos como líder. Los largos sufrimientos hacen, a veces, escépticos a los pobres. Y como el primer precio que hay que pagar para alcanzar la liberación es el riesgo de ponerse en camino sin saber bien cómo andar, siempre se encuentran resistencias. En ese momento la tarea del profeta es difícil, pues tiene en contra, a la vez, al opresor y al oprimido que no ha roto aún su cascara de pasividad (Ex 5, 19-22). La fe cristiana, proclamada y vivida, es siempre signo de contradicción. El Evangelio no es un bálsamo eficaz para lograr una armonía universal por el camino del amor. Es un desencadenador de conflictos. Jesús habló de que venía a traer guerra y no paz. Y si la palabra evangélica es espada de dos filos es porque divide, corta, hiere, pone de manifiesto la hipocresía encubierta de falsa religión, la desigualdad entre los hombres, la injusticia que mantiene esa desigualdad y también el miedo a la libertad que hay en el corazón del hombre oprimido.
En el relato se presenta a Judas el de Kariot (o Iscariote). Según algunos, este
sobrenombre haría referencia al lugar de origen de Judas: «Keriot», pequeña aldea de la región de Judá. Sin embargo, especialistas en el tema de los zelotes ven en «iscariote» una deformación de «sicario». Los sicarios eran un grupo fanáticamente nacionalista del partido zelote que usaban la «sica» (puñal) para cometer atentados terroristas contra los romanos. Judas viene acompañado de Simón «el zelote», otro de los doce apóstoles. Todo esto indica que en el grupo de Jesús hubo hombres de distintas tendencias políticas. Aún los más extremistas fueron convocados por Jesús, que no aparece nunca en el Evangelio -expresándolo con términos actuales- como un «hombre de partido», sino como el líder de un movimiento popular, marginal a las instituciones oficiales.
El hecho de que Judas haya traicionado a Jesús ha acumulado a lo largo de la
historia ascuas encendidas sobre su cabeza. Ha pasado a ser el más claro ejemplo de la perversidad, la encarnación misma del mal. La figura histórica de aquel hombre se ha mitificado al máximo y, sobre ella, generaciones de cristianos han descargado sus sentimientos de culpabilidad, convirtiendo a Judas es una especie de «chivo expiatorio». Hay pueblos y aldeas en que se apalea, se quema o se ahorca a un Judas de trapo todos los años. Es necesario quitar esta costra que nos impide ver en Judas a uno más de los amigos de Jesús, seguramente más politizado que los otros y, tal vez por esto, más práctico, más eficacista.
En el relato, Judas cuenta a los vecinos de Nazaret una historia con todas las
características de las parábolas. Explicar una idea, dar una enseñanza valiéndose de imágenes -que eso es la parábola- no era exclusivo del modo de hablar de Jesús. Es un género oriental de expresión, muy común especialmente entre las clases populares.
Para señalar políticamente al personaje, Judas aparece llevando al cuello un
pañuelo amarillo perteneciente a un nieto de los hermanos Macabeos, héroes de la resistencia judía contra la dominación de los griegos en el país, unos ciento sesenta años antes de Jesús. Los macabeos fueron organizadores de la lucha guerrillera en Israel y lograron importantes victorias contra el poderoso imperio helenístico. En la memoria del pueblo eran un símbolo de valentía, patriotismo y libertad.
LUCAS 4, 28-30
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CAPÍTULO 23
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UN PROFETA EN SU CASA
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