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El texto de las bienaventuranzas -uno de los más conocidos y usados de
todo el evangelio- condensa como ninguno lo esencial de la predicación y de la actividad de Jesús: el anuncio de la buena noticia a los pobres. Las bienaventuranzas no son una colección de normas de conducta («debemos» ser pobres, «debemos» ser misericordiosos...). Son una alegre noticia que tiene por destinatarios a los pobres, a los oprimidos, a los que siempre pierden. En el relato, para resaltar este aspecto de buena noticia -bien concreta- y evitar que las bienaventuranzas se reduzcan a un discurso moralizante y abstracto, Jesús las pronuncia en una situación bien concreta de desesperanza y de dolor: cuando los campesinos de Cafarnaum han perdido toda su cosecha.
El llamado «monte de las bienaventuranzas» o «colina de las siete fuentes»
está situado a unos tres kilómetros de Cafarnaum. Aunque es de poca altura - unos 100 metros- desde su cima se abarca todo el lago de Galilea, en una vista realmente hermosa. En 1937 se construyó allí la iglesia de las bienaventuranzas, de ocho lados, en recuerdo de las ocho bienaventuranzas, que cita el texto del evangelio de Mateo.
En demasiadas ocasiones las bienaventuranzas han sido usadas como una
fórmula de consuelo. Los que lloran, los hambrientos, no deben desesperarse. Dios secará sus lágrimas, calmará su hambre, los hará felices... en el mas allá. Aunque en la tierra todo sea negro para ellos, después de la muerte cambiara su suerte. Esta adulteración del evangelio parte de la falsa interpretación de que el Reino de Dios que Jesús anunció a los pobres es equivalente al reino de «los cielos» en el sentido de una promesa para la otra vida. Pero el evangelio es un mensaje histórico. Si Jesús llama dichosos a los pobres, si les dice que se alegren, es porque van a dejar de serlo, porque llega el reino de la justicia aquí en la tierra. Las bienaventuranzas son un anuncio de que Dios interviene ya: se proclama la esperanza que pondrá en marcha un cambio de la historia en favor de los oprimidos. El evangelio no es una forma de resignación o de consuelo para los desgraciados sino un dinamizador de compromisos, una llamada a «levantar la cabeza porque ya llega la liberación» (Lc 21, 28).
En vez de decir: «Dichosos ustedes, los pobres». Jesús dice: «Dichosos
nosotros, los pobres». «Nosotros los que lloramos, nosotros los que tenemos hambre...». Jesús fue pobre, tan pobre, tan oprimido, como los vecinos de Cafarnaum a los que proclamó las bienaventuranzas. Esto se olvida con demasiada facilidad. Y se hace de Jesús una especie de maestro religioso que se «hace pobre», se disfraza de pobre para que los pobres lo entiendan mejor. Lo hace por apostolado, como signo de condescendencia divina con los miserables. Al pensar así, falseamos no una parte, sino la esencia misma del evangelio. Y desvirtuamos el proyecto de Dios, que quiso revelarse de forma definitiva en un campesino pobre de Nazaret, y que hasta el día de hoy siempre se revela en la vida y en las luchas de los pobres.
También se ha especulado mucho sobre quiénes son los pobres a los que se
refieren las bienaventuranzas. Y se ha hablado quizá en exceso de los «pobres de espíritu». El texto de Lucas dice: felices los pobres. El de Mateo: Los pobres de espíritu. (En otras traducciones: Los que saben ser pobres, los que eligen ser pobres). Seguramente, la tradición de Lucas es la más primitiva. Los pobres a los que se dirige Jesús son los que realmente no tienen nada, los que tienen hambre, los que no comen. Y ese «espíritu» que más tarde añadió Mateo está en la línea de las fórmulas de los profetas del AT, que hablan con frecuencia del «espíritu humilde», del «espíritu abatido» de los «anawim» (pobres). Esta palabra -anawim-, clave en los textos bíblicos, es el equivalente de: desgraciados, oprimidos, indefensos, desesperanzados, hombres y mujeres que saben que están a merced del auxilio de Dios, porque son rechazados por los poderosos. Lucas acentúa del pobre el aspecto de la opresión exterior. Mateo, el aspecto de necesidad interior (siempre típico de los que padecen opresión exterior). Mateo y Lucas escribieron para públicos distintos. La Iglesia a la que se dirige Lucas estaba compuesta mayoritariamente por hombres oprimidos dentro de la poderosa estructura del imperio romano: esclavos, habitantes de ciudades en las que existen enormes diferencias sociales, explotados por duras condiciones de vida... Mateo escribe a una Iglesia judía que tenía aún la tentación del fariseísmo: considerar buenos a los «decentes», a los que cumplen leyes morales, etc. Sus «pobres de espíritu» son los inmorales, los pecadores, los de mala fama... A pesar de esta diferencia de matiz. Lucas v Mateo dejan bien claro el sentido profético de las palabras de Jesús: Dios regala su Reino a los pobres del mundo.
Aunque Mateo recoge ocho bienaventuranzas -Lucas sólo cuatro (con sus
correspondientes ayes contra los ricos)- no deben entenderse los textos como un catálogo que presenta distintos tipos de personas. Tanto en uno como en otro evangelista, se trata de una forma de hablar de una sola realidad. «Feliz el pobre». Así se resumen todas las bienaventuranzas. Todas se pueden reducir a esta única fórmula. Feliz el pobre porque Dios se pone de su parte y va a dejar de serlo. Y no feliz porque «se porta bien», sino porque «es pobre». Su situación de oprimido y explotado es la que le gana las simpatías de Dios. Dios no prefiere al pobre porque sea «bueno» sino porque es pobre. Este mensaje de Jesús es absolutamente revolucionario: además de decir que la norma moral como criterio de la benevolencia de Dios no cuenta para nada, anuncia de qué lado está Dios en el conflicto histórico: del lado de los de abajo.
El significado de «pobreza» puede ser equívoco. La pobreza, como
situación de opresión, es en la Biblia un estado escandaloso que va contra la vida y por tanto contra la voluntad de Dios. La pobreza debe ser rechazada, combatida, eliminada. No es una fatalidad, es la consecuencia del abuso de unos hombres sobre otros. Ante esta pobreza, la actitud cristiana no puede ser otra que la del mismo Dios: rechazo de esta situación, opción por los pobres. Una opción que no se agota en la simple denuncia, en las palabras de condena. Las antiguas leyes mosaicas no se quedaban en palabras: eran leyes sociales que trataban precisamente de evitar la pobreza y de defender al pobre. Todo intento de combatir la pobreza, de suprimirla es, pues, un paso que hace avanzar el Reino de Dios aunque los que así actúen no crean ni en Dios ni en Jesús. La pobreza no debe presentarse, entonces, como un ideal cristiano. Elegir la pobreza -en las actuales situaciones de injusticia que padecen nuestros países- es un gesto cristiano únicamente cuando es solidaridad con los pobres para luchar contra la pobreza. En otro orden de cosas estaría una pobreza entendida como «infancia» ante Dios: actitud de no orgullo, de no poder, de no ambición. Esta pobreza-infancia está en una línea también bíblica de interpretar la pobreza. Aunque es evidente que una persona que acumule riquezas y privilegios a costa de sus hermanos, jamás podrá ser un pobre en este sentido si no se despoja antes de su dinero y de su poder.
(Mateo 5, 1-12; Lucas 6, 20-26)
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Amaneció lloviendo sobre Galilea. Las nubes negras avanzaban desde el
Líbano y cubrían la llanura de Esdrelón. Como flechas de fuego, los rayos cruzaban el cielo y estallaban en las copas de las palmeras. Eran las tormentas del verano... Encerrados en nuestras casas y tapando las goteras del techo, esperábamos el final de aquel interminable diluvio...
Toda la mañana estuvo lloviendo. La tierra, empapada, no podía tragar más
agua. Pero las nubes reventaban cada vez con más furia...
Un hombre: ¡Maldita sea, es granizo, es granizo!
Era mediodía cuando escampó. Los cormoranes salieron de sus escondites
y volvieron a revolotear sobre el lago que ahora tenía el color de la ceniza... Los pescadores fuimos de prisa a sacudir las velas mojadas de nuestras barcas y a estirar las redes que chorreaban agua. Al salir, escuchamos un rumor de voces chillonas en el campo... Las mujeres corrían alocadamente, lamentándose y tirándose de los pelos. Los hombres iban detrás, con la cabeza gacha, silenciosos...
Hombre: ¿Qué pasa? ¿Por qué lloran las mujeres?... ¿Quién se ha muerto?
Una mujer: ¡El trigo! ¡Murió el trigo!
Los campesinos salían de sus casas corriendo hacia los campos donde
tenían sus sembrados. La granizada había destrozado el trigo a punto de cosechar. Las espigas casi maduras estaban ahora partidas en el suelo, machacadas por la violencia de la tormenta.
Mujer: ¡Murió el trigo! ¡Murió el trigo!
Otra mujer: ¡No habrá pan este año para los pobres!
Cafarnaum entera salió a llorar el trigo perdido como si fuera un hijo muerto.
Los artesanos, los mercaderes, los pescadores del lago y hasta las prostitutas de la calle de los jazmines, todos fuimos a los sembrados a lamentarnos con los campesinos. Si ellos no cosechaban el trigo, nadie comería pan...
Un hombre: ¡Maldito aguacero, ¿qué va a ser ahora de nosotros?
Una mujer: ¡A pasar hambre otra vez, a tocar en la puerta de los usureros
y a salir a los caminos pidiendo limosna!
Otro hombre: ¡Y a venderle el alma al diablo a ver si nos da cuatro
céntimos por ella!
Pedro, Santiago, Jesús y yo íbamos juntos en medio de aquel griterío,
chapoteando entre las espigas destrozadas... Poco a poco, nos fuimos alejando de la ciudad. Los campesinos subían por la colina de las Siete Fuentes. Desde aquella altura, se podía ver todo el campo inundado, confundido con el lago de Tiberíades...
Una mujer: Ay, vecina, pero, ¿qué pecado habremos cometido nosotros
para merecer esta desgracia?
Otra mujer: Tienen que ser muchos pecados juntos, comadre, porque
cuando no es el granizo es la sequía y cuando no, la subida de impuestos o un muchacho que se te enferma... ¡Total, que siempre perdemos nosotros!
Un hombre: Miren, miren mi trabajo de todos estos meses... todo perdido,
todo arruinado... ¡maldita sea, y ni siquiera la tierra es mía para enterrarme de una vez en ella!
Una vieja: Murió el trigo y morimos también nosotros... ¡Ay, caramba,
como Dios no meta su mano...!
Otro hombre: ¿Dios? ¿Para qué menta usted a Dios?... No, déjelo
tranquilo por allá arriba que tendrá mucho trabajo contando estrellas... ¡Dios no se acuerda de nosotros!
Mujer: ¡Resignación, paisano! ¿Qué otro remedio nos queda?
Hombre: ¡Resignación, sí, pero mañana cuando mis muchachos rompan a
llorar pidiendo un pan, ¿qué les digo, que coman resignación?!
Vieja: Así es la vida, hijo mío. Para nosotros los pobres no hay más que
eso: bajar la cabeza y aguantar lo que venga...
Hombre: ¡Pues yo no aguanto más, porque llevo toda la vida aguantando, ¿
me entiende?! Un año y otro, y otro más, y siempre lo mismo... ¿Hasta cuándo quieren que aguante, hasta cuándo...?
Jesús: ¡Eh, paisanos, miren hacia arriba!... ¡Levanten la cabeza, miren!
En aquel momento apareció en el cielo, en un derroche de colores, el arco
iris... Jesús fue el primero en verlo...
Jesús: ¡Miren el arco de Dios!... ¡Es la señal de la paz después del diluvio!
Mujer: ¡Déjate tú de historias, forastero!... En el cielo habrá paz, pero lo
que es en la tierra, hay hambre y donde hay hambre, hay maldición y llanto.
Jesús: No, mujer, se acabó la lluvia y se acabaron también las lágrimas. ¿
Qué resolvemos llorando y tirándonos de los pelos?
Vieja: ¿Y qué otra cosa podemos hacer, eh? Teníamos poco, ahora no
tenemos nada. ¡Sólo nos quedan los ojos para llorar!
Jesús: ¡No, abuela, nos quedan los ojos para ver al Mesías!
Hombre: ¿A quién dijiste tú? ¿Al Mesías? ¡Ja! ¿Y dónde está ese señorito
tan escondido que nunca asoma los bigotes? ¡El Mesías!... ¡Que se dé un poco de prisa en venir porque al paso que vamos nos sacarán a recibirlo con los pies por delante!
Jesús: ¡Pero él llega, sí, llega pronto!... ¡Miren el arco, paisanos, Dios viene
bajando por él!... ¡Nuestra liberación ya se acerca!
La gente se fue juntando a nuestro alrededor. Jesús estaba a mi lado, con los
pies descalzos hundidos en el fango y la barba chorreando las últimas gotas de lluvia... Allá arriba, atravesando el aire lavado, el arco iris unía el cielo con la tierra...
Jesús: ¡Vecinos, escúchenme!... La lluvia ha sido fuerte. Llovió de noche y
de mañana y nos parecía que el diluvio no iba a terminar nunca. Eso mismo pensó Noé después de cuarenta días soportando el aguacero. Pero acabó saliendo del arca. Eso mismo se creían nuestros abuelos en Egipto, después de cuatrocientos años soportando el látigo de los capataces. Pero pasaron el Mar Rojo y salieron libres. Nosotros también llevamos cuatrocientos años aguantando y bajando la cabeza. Los faraones de siempre nos han tenido machacados como estas espigas de trigo. Nos molieron, nos trituraron, nos hicieron harina y el pan se lo han comido ellos. Pero se acabó, paisanos. Dios ya no espera más ¡y nosotros tampoco!
Hombre: Oigan, pero ¿qué está diciendo este tipo?... Mira, tú, ¿a ti se te
ablandó el seso con tanta agua, o qué?
Jesús: ¡Vecinos! ¡A pesar de esto que ha pasado, a pesar del trigo perdido,
podemos alegrarnos!
Vieja: Pero, ¿tú estás chiflado, muchacho? ¿De qué demonios vamos a
alegrarnos si lo hemos perdido todo, si hemos quedado con una mano alante y otra atrás?
Jesús: Tenemos a Dios, abuela, nos queda Dios. ¡Y Dios está de nuestra
parte! ¡Dios nos ha regalado su Reino a nosotros, ¿comprendes?, a nosotros los muertos de hambre, los derrotados, los perdedores, a nosotros!
Cada vez se apretujaba más gente para oír a Jesús. Las mujeres dejaron de
llorar y se exprimieron las faldas empapadas de agua y lodo. Los hombres meneaban la cabeza desconfiados y burlones, pero también se acercaban a escuchar...
Jesús: ¡Sí, de veras, podemos alegrarnos! ¡Felices nosotros los pobres,
porque de nosotros es el Reino de Dios!
Un viejo apoyó la barbilla en su bastón con aire triste...
Viejo: Me parece que tú nos estás tomando el pelo, muchacho. Ser pobre
es una desgracia, no una felicidad. ¿Quién entra en un velatorio a felicitar al muerto?
Jesús: Pero, viejo, escúchame. Dios no te felicita por ser pobre, sino
porque vas a dejar de serlo. Tú y todos nosotros. ¡Empieza un mundo nuevo! ¡Ha llegado el Reino de Dios! Para nosotros, los que lloramos viendo a nuestros hijos flacos y enfermos, para nosotros que hemos inundado la tierra con nuestras lágrimas... ¡para nosotros será la Alegría de Dios! Ahora tenemos hambre. Pero cuando llegue el día de nuestra Liberación, a nadie le faltará el trigo ni el vino. Pronto comeremos y beberemos en el Reino de Dios, muy pronto... ¡para nosotros los hambrientos, la Justicia de Dios!
Mujer: «Pronto, pronto»... ¿Cuándo será eso?... ¿Allá en el cielo? ¿En la
otra vida, cuando nos hayamos muerto de hambre en ésta?
Jesús: No, paisana, en la otra vida ya no hace falta el pan ni las lentejas. ¡
Esto es para ahora, para aquí abajo!... ¡Es el Reino de Dios que viene a la tierra!...
Jesús se agachó y cogió del suelo unos terrones mojados... Los ojos
brillaban como si tuviera en las manos un tesoro...
Jesús: ¡Esta tierra será nuestra!... ¡Para los humildes es la herencia de Dios,
la tierra, el trigo y el vino!
Vieja: Tú di lo que quieras, hijo mío, pero yo tengo ochenta años, y todavía
estoy por ver que una rana críe pelos y que un pobre le gane a un rico.
Jesús: ¡Lo veremos, vieja, con estos mismos ojos lo veremos! Ten
confianza. ¡Felices los que tengan los ojos limpios para ver llegar el Reino de Dios a la tierra!
Algunos hombres se pusieron en cuclillas para escuchar mejor. El sol
empezaba a asomarse entre las nubes y se reflejaba en los charcos que la tormenta había dejado sobre el suelo... A pesar del trigo muerto, nos pareció que todo no estaba perdido...
Jesús: El Mesías viene a nivelar la tierra. Ni colinas ni barrancos. Nadie
encima, nadie abajo. Todos iguales. Todos hermanos. Que a ningún hombre le sobre para que a ninguno le falte... ¡Felices los que comparten lo que tienen con sus hermanos: Dios compartirá su Reino con ellos!
Mujer: Eso es lo que yo he dicho siempre, que si fuéramos menos tacaños
todos podríamos vivir tranquilos y sin tanta zozobra, ¡caramba! Pero es el grupito ése que se ha creído que el mundo es sólo para ellos, y así estamos como estamos, todos nosotros peleando por cuatro espigas de trigo y ellos con el granero repleto. ¿Tú crees que hay derecho a eso, forastero, dime?
Jesús: Por eso, nunca hay paz ni puede haberla mientras no se abran las
puertas de todos los graneros y nadie pase necesidad. Hay muchos que hablan de paz, y se llenan la boca con lindas palabras, pero con sus manos roban y matan. Hablan de paz, pero son hijos de la guerra. No, a ésos no. Dios felicita a los verdaderos artesanos de la paz, los que trabajan por la justicia. ¡Esos son los hijos de Dios!
Todos: ¡Bien, bien!...
Jesús: Los ricos son ciegos. Un ciego no puede ver los colores de este
arco iris y ellos tampoco ven el sufrimiento de nosotros. No quieren verlo. ¡ Ambiciosos!... Ellos sí que van a arruinarse cuando llegue el momento: Ellos van a dar gritos pronto, los mismos gritos que nosotros ahora damos. Ellos ahora se ríen, pero muy pronto van a llorar, sí, a llorar y a dar alaridos cuando Dios les vacíe las arcas, cuando el Mesías les arranque la ropa y los anillos y los deje sin pan y sin dinero para comprarlo, igual que ellos hicieron con sus trabajadores... ¡Sí, paisanos, las cosas van a cambiar y los últimos serán los primeros y los primeros los últimos
Todos: ¡Bien, así se habla!...
Juan: Jesús, ten cuidado. Aquí hay mucha gente. Siempre sale un soplón.
Después dicen que estamos alborotando y...
Jesús: Que digan lo que quieran, Juan. ¡Vecinos! Cuando los grandes nos
odien, cuando nos persigan de pueblo en pueblo y nos arrastren ante los tribunales... ¡alegrémonos también! Así pasó siempre con los que reclamaron justicia. Así persiguieron a Elías y a todos los profetas. Y por eso el profeta Juan está ahora en la cárcel. Pero no importa. Dios felicita a los que hablan claro y arriesgan su vida por defender la de los demás. Sí, amigos, hay que gritarlo al descampado para que estas palabras las escuchen también los campesinos de Corozaim y los artesanos de Betsaida y los pescadores de Tiberíades y las prostitutas de Magdala. Para que esta noticia corra como una liebre suelta por el valle y la oigan todos, desde la fuente de Dan hasta la tierra, seca de Bercheba. ¡Dios se ha puesto de nuestra parte! ¡Dios está con nosotros, los pobres, y lucha a nuestro lado!
Todo esto lo dijo Jesús en la colina de las Siete Fuentes, la que mira hacia el
lago, cerca de Cafarnaum. |
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CAPÍTULO 28
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DIOS ESTÁ DE
NUESTRA PARTE |