Este episodio está en estrecha relación con el anterior. A la proclamación de
Jesús de que Dios se pone de parte de los pobres, sufriendo con ellos,
anunciándoles un cambio y luchando a su lado, corresponde la practica del
mismo Jesús y de los pobres que creen en ese anuncio, sacan de él las
consecuencias y se ponen en camino para hacer real esa liberación que se les
anuncia. El evangelio es no sólo palabra de liberación sino, a la vez, acción
liberadora que realizan los que siguen el camino de Jesús. En nuestras
comunidades el evangelio no puede agotarse en una denuncia, en sólo
palabras, sino que éstas han de traducirse en acciones concretas, inspiradas
en el mensaje de Jesús: Acciones de organización, de compromiso, de
lucha...

La cultura mediterránea -la zona en la que está enclavada Palestina- es una
«cultura de trigo», como la cultura centroamericana -la de los mayas y aztecas
y la actual, aún hoy- es una «cultura de maíz». O como la cultura de muchos
países tropicales es una «cultura del plátano» o «del arroz». El trigo era el
cultivo principal de Palestina y constituía el grueso de las importaciones de
víveres del campo a las ciudades. Las épocas de hambre se caracterizaban
por la escasez de trigo.

El trigo que se cosechaba en Galilea era considerado de primera calidad. En
los campos de los alrededores del lago, también en Cafarnaum, había
extensos sembrados de trigo, muchos de los cuales pertenecían a unos pocos
terratenientes. Los latifundios eran frecuentes en el norte y una de las
reivindicaciones de los zelotes era una reforma agraria por la que se
distribuyera justamente la tierra. Esto les ganaba simpatías entre los
campesinos y los pequeños propietarios, mientras que los grandes
terratenientes eran colaboracionistas del poder romano, que les garantizaba la
tenencia ilimitada de propiedades.

Cuando las primeras tribus de pastores llegaron a la tierra de Israel
comenzaron a distribuirse los terrenos por familias, según se iban ocupando.
La propiedad de la tierra era herencia familiar y desde un punto de vista
religioso se consideraba que Dios era el dueño de toda la tierra (Lev. 25, 23) y
que superar los límites del patrimonio familiar era contrario a la voluntad de
Dios. Sin embargo, en tiempos de Jesús y también antes, había terratenientes,
dueños de grandes extensiones de terreno, que en algunas ocasiones
adquirían por el simple recurso de correr fraudulentamente los postes de las
fincas (Job 24, 2). Los profetas condenaron repetidamente la economía
latifundista (Is. 5, 8; Os. 5, 10). El dominio imperial de Roma acentuó aún
más esta economía injusta de acaparamiento de tierras. Desde un punto de
vista económico, la consecuencia más visible de la ocupación romana fue el
proceso de extensión de la propiedad latifundista a costa de la propiedad
comunal, que terminó por venirse abajo, empobreciendo aceleradamente al
campesinado que de pequeño propietario pasó a ser mano de obra barata (los
jornaleros), al servicio de estos grandes propietarios.

Para frenar la ambición, existían en Israel leyes sociales que limitaban la
propiedad y trataban de impedir la excesiva acumulación: El Año de Gracia, el
año sabático. Y para proteger a los pobres, al huérfano, a la viuda y al
extranjero existían, además, otras leyes por las que los propietarios tenían que
cederles parte de la siembra y de los frutos que sobraran en los bordes del
campo y en los árboles (Lev. 19, 10; Deut. 24, 19-22).

Los vecinos de Cafarnaum arrancan las espigas en un día de sábado. La ley
del sábado era el quicio de todo el sistema legal vigente en Israel en tiempos
de Jesús. Violar esa ley voluntariamente y después de una primera
advertencia, era razón suficiente para ser condenado a muerte. La ley del
sábado impedía realizar cualquier tipo de trabajo o esfuerzo en el día santo.
En la actualidad no existe en nuestros países ninguna ley religioso-social
equivalente a aquella. Lo mismo que Jesús proclamó en su tiempo la
supremacía del hombre sobre la ley del sábado, los cristianos debemos hoy
de proclamar con la misma fuerza el sentido social de la propiedad o como lo
formularía el papa Juan Pablo II: «La hipoteca social que pesa sobre toda
propiedad».

La más antigua tradición de la Iglesia ha resaltado que cuando el pobre toma
por necesidad lo que al rico le sobra no hace nada reprochable ni debe ser
por eso llamado ladrón. Ladrón es el que retiene lo que el otro necesita.
Sobre el «mío» y el «tuyo», decía San Basilio a los ricos y poderosos: «¿Y
qué cosas, dime, son tuyas? ¿Las tomaste de alguna parte y te viniste
con ellas a la vida...? Por haberse apoderado primero de lo que es
común a los ricos se lo apropian a título de ocupación primera... ¿Quién
es ladrón? ¿Habrá que dar otro nombre al que no viste a un desnudo si
lo puede hacer? Del hambriento es el pan que tú retienes; del que va
desnudo es el manto que tú guardas en tus arcas; del descalzo, el
calzado que en tu casa se pudre...»
(Homilía «Destruam»).

La acción colectiva y pacífica que realizan los vecinos de Cafarnaum para
hacer valer el derecho fundamental que tiene todo hombre a vivir, a no morir
de hambre, está apoyado por las antiguas leyes de Moisés. Jesús se inspira
también para justificarla en el episodio del rey David en el santuario de Nob (1
Sam. 21, 1-7), donde los panes que toma David al sentir hambre son los
panes de la proposición, panes sagrados, dedicados al culto, confeccionados
con harina especial por familias exclusivamente dedicadas a ello. La gran
libertad con la que actúa el rey es un anticipo de la que siempre empleará
Jesús, para quien ninguna ley tiene valor si oprime al hombre, si no está al
servicio de la vida. San Pablo dirá más tarde que la ley de los cristianos no es
otra que la libertad (Gal. 5, 1-18).

(Mateo 12, 1-8; Marcos 2, 23-28; Lucas 6, 1-5)



El día en que el granizo arruinó el trigo a punto de segar era sábado. Todo
Israel descansa en sábado. Las mujeres no encienden el fogón ni los hombres
van al campo. El séptimo día de la semana está consagrado a Dios. Pero
aquel sábado no fue para nosotros un día de descanso. Estábamos reunidos
en la colina de las Siete Fuentes, la que mira hacia el lago, con los campesinos
de Cafarnaum que habían perdido su cosecha...

Un hombre: Este año será malo, sí. Será un año de hambre.
Una vieja: ¡Todo se ha perdido, el granizo acabó con todo!
Otro hombre: Con todo no, vieja. En la finca de Eliazín hay mucho trigo
que no se ha dañado.
Un hombre: Y en la del terrateniente Fanuel lo mismo. Ésos granujas tienen
tanta tierra y tantos graneros que ni el cielo puede arruinarlos.
Otro hombre: Los ricos siempre caen de pie, como los gatos. Esos nunca
pierden. Ahora subirán los precios, ¡Venderán la harina como polvo de oro!
Una mujer: ¡Y a nosotros que nos parta un rayo, ¿no?!
Hombre: ¿Y qué remedio nos queda? ¡Apretarnos más la correa! ¡Contra el
cielo nada se puede hacer!
Vieja: Contra el cielo no, pero contra esos acaparadores, sí.
Hombre: ¿Aja? ¿Y qué podemos hacer? ¿Meternos en su finca?
Vieja: ¿Y por qué no? ¿Qué decían las leyes antiguas? Que los pobres
recojan lo que sobra en la finca de los ricos para que nadie pase necesidad en
Israel.
Hombre: La vieja Débora tiene razón. Moisés mandó a los ricos que dejaran
los rastrojos para que los infelices podamos comer.
Mujer: ¿Cómo? ¿Eso dijo Moisés? ¡Pues vamos a cumplir la ley de Moisés,
qué caray!

Cuando la mujer del campesino Ismael dijo aquellas palabras todos nos
miramos indecisos. Los hombres nos rascábamos la cabeza y las mujeres
cuchicheaban unas con otras...

Mujer: ¿A qué esperamos?... ¿No dijo el forastero de Nazaret y todos
ustedes que Dios está de nuestra parte y que las cosas van a cambiar? ¡Pues
vamos a darle un empujoncito para que cambien más pronto!... ¡Ea, vamos a
arrancar espigas en la finca de Eliazín!
Hombre: ¡Sí, sí, vamos allá, vamos!
Vieja: ¡Un momento, un momento!... Vamos allá, sí pero sin correr y sin
alborotar, que eso también lo mandó Moisés cuando llevó a los israelitas por
el desierto en orden de campaña. ¡Y la justicia, cuando se reclama con buena
forma, es más justa todavía!
Todos: ¡Bien dicho, abuela!... ¡Andando, compañeros!

Con la mujer de Ismael y la vieja Débora a la cabeza, todos nos pusimos en
movimiento, colina abajo, hacia la enorme parcela que comenzaba al norte de
las Siete Fuentes. Muchas millas de tierra fértil, propiedad del poderoso
Eliazín...

Hombre: Pero, ¿ustedes se han vuelto locos?... ¿A dónde vamos? ¡Eso no
se puede hacer!
Mujer: ¿Quién dijo que no?
Hombre: Pero, ¿cómo vamos a colarnos en la finca de ese señor, así por
las buenas, y ponernos a cortar espigas?
Mujer: El avaro de Eliazín todavía tiene los graneros llenos de la cosecha
anterior.
Hombre: Sí, pero...
Mujer: ¡Ningún pero! ¡A ése le sobra!
Hombre: ¡Y a nosotros nos falta!... ¡Venga, vamos todos juntos! ¡En el
nombre de Dios!

Éramos un ejército de harapientos. Chapoteando por el campo, resbalando en
la ladera fangosa, nos fuimos acercando a los postes que marcaban la
propiedad de Eliazín. El granizo había arruinado los sembrados, pero la finca
era tan grande que quedaban, salpicada aquí y allá, muchas espigas que no se
habían estropeado...

Hombre: ¡Miren, todavía queda bastante trigo!
Vieja: ¡Pues vamos a arrancarlo! ¡Y no se preocupen, que Rut comenzó así
mismo y miren lo bien que le fue al final!

Nos desperdigamos por los trigales inundados, igual que un hormiguero se
desparrama después de la tormenta. Enfangados hasta las rodillas
comenzamos a cortar las espigas fuertes que habían soportado la violencia
del temporal. Los hombres sacaron los cuchillos y empezaron a segar. Detrás
de ellos, las mujeres iban echando en sus faldas el trigo mojado...

Vieja: ¡Recojan todo lo que puedan, todo lo que les quepa en el regazo!... ¡
Llévense una medida llena, repleta hasta el borde del vestido!
Hombre: Oye, vieja, ¿y no estaremos haciendo algo malo?
Vieja: ¡Ay, mi hijo, yo no sé, pero dicen que ladrón que roba a ladrón tiene
cien años de perdón!
Hombre: Y tú, el de Nazaret, ¿qué piensas de todo esto?
Jesús: Pues yo lo que pienso es que tenemos que... ¡ay!
Hombre: ¡Cuidado, Jesús...!

Jesús resbaló y cayó sentado sobre un charco de agua. Cuando lo vimos en
el suelo, enfangado hasta las narices, nos echamos a reír a carcajadas...

Hombre: ¡Oye, que la tierra no se come!
Mujer: ¡Miren cómo se ha puesto el forastero, como Adán cuando Dios lo
fabricó en el paraíso...!

Jesús también se reía como si le hicieran cosquillas. Al fin, con la túnica
empapada y apoyándose en unas piedras, logró levantarse de aquel lodazal...

Jesús: Lo que es la vida, vecinos... Hace un rato estábamos llorando, ahora
nos reímos... Las cosas cambian, caramba... Las podemos cambiar nosotros
con estos brazos nuestros, con el brazo de Dios que nos apoya... ¡Sí, los
pobres saldremos adelante! Mañana todo será distinto. Los dolores de ahora
los exprimiremos como pañuelos y ya no habrá más lágrimas ni gritos. Y
entonces nos alegraremos, sí, y Dios también estará contento, porque Dios
está de nuestro lado, porque él va a arrimar el hombro y nos va a ayudar a
fabricar un mundo nuevo con esta arcilla vieja.

Y seguimos arrancando espigas. Jesús recogía a mi lado y recuerdo que iba
riéndose todavía de su caída. Pedro, Santiago y Andrés ayudaban a un grupo
de campesinos que se habían adentrado más en la finca...
Cuando ya habíamos cortado mucho trigo, llegaron los capataces de Eliazín.
Venían corriendo hacia nosotros con palos y perros de caza...

Capataz: ¡Ladrones, ladrones!

Hubo una gran confusión. La mayoría pudo brincar entre los postes con los
brazos y las faldas llenos de espigas. Otros dejaron abandonado el trigo y las
sandalias y huyeron como conejos asustados brincando entre los charcos de
lodo...

Eliazín: ¡¿Se puede saber quién organizó esta fechoría en mi finca? ¿Con
qué derecho se meten a robar en mi propiedad?!
Mujer: ¡Con el derecho de Dios! ¡Todos vinimos en el nombre de Dios!
Eliazín: En el nombre de Dios, ¿verdad?... ¡En el nombre del diablo! ¡El que
roba es un hijo del diablo!
Hombre: ¡Y el que le chupa la sangre a sus jornaleros como tú es el padre
del diablo!
Eliazín: ¡Cierra el pico o te mandaré azotar con varas!... ¡Así aprenderán a
respetar las leyes, ladrones!
Hombre: ¡Nosotros no estábamos robando! ¿Por qué nos llamas ladrones?
Eliazín: ¿Ah, no? ¿Y cómo tengo que llamarlos entonces? Los atrapo con
las manos en mi trigo, arrancando las pocas espigas que quedan después del
diluvio de esta mañana, ¿y no son ladrones?
Mujer: No. Estábamos cumpliendo la Ley de Dios.
Abiel: ¡Cállate, lengua larga! No vuelvas a mencionar a Dios con tu
asquerosa boca!

Los capataces de Eliazín nos habían llevado a uno de los patios de la casa del
terrateniente. Con él estaban dos escribas amigos suyos, el maestro Abiel y el
maestro Josafat...

Abiel: Digo yo, don Eliazín, que debe usted averiguar quiénes andan detrás
de esta conspiración... quiénes son los responsables.
Eliazín: ¿Dónde están los cabecillas, eh? ¿Quién les aconsejó que vinieran a
robarme?
Vieja: ¡El hambre! ¡Nos aconsejó el hambre! Necesitamos trigo para
nuestros hijos!
Eliazín: El hambre, ¿verdad? Si no fueran tan haraganes no pasarían
hambre. ¡El hambre viene de la holgazanería!
Mujer: ¡El hambre viene de la avaricia de la gente como tú!
Eliazín: ¡Si vuelves a gritarme, te haré cortar la lengua y las dos manos!...
Pero, ¿qué se han creído ustedes? ¿Que voy a permitir que me roben
descaradamente en pleno día? Le avisaré al capitán romano y no saldrán de la
cárcel hasta que me hayan pagado todos los destrozos, ¿lo oyen bien?

Jesús, que había estado callado hasta entonces, fue quien respondió al
terrateniente...

Jesús: ¿No te basta con el trigo que se pudre en los graneros? ¿Quieres
también quitarnos unas pocas espigas que a ti te sobran?
Eliazín: ¿Aja...? ¿Con que este gato también saca las uñas...? Pues, ¡oye lo
que te digo, forastero: tú y todos ustedes irán de un puntapié a la cárcel!
Jesús: Entonces tendrías que meter también al rey David.
Josafat: ¿Qué ha dicho ese maldito?
Jesús: Dije que David hizo una cosa peor que nosotros y David fue un gran
santo.
Abiel: ¿Qué pamplinas estás diciendo tú? ¿Qué tiene que ver el rey David
con esto?
Josafat: ¿Con quién te crees que estás hablando, campesino? Somos
maestros de la Ley, de la escuela de Ben Sirá.
Jesús: Pues si son tan maestros, se acordarán de lo que hizo el rey David
cuando llegó a Nob con sus compañeros. Tenían hambre y entraron, no en
una finca, sino en el mismísimo templo, en la casa de Dios. Y comieron el
pan del altar, consagrado al Señor... ¿Te das cuenta? ¡Le robaron al mismo
Dios! ¡Y Dios no los castigó, porque tenían hambre! ¡Y un hombre
hambriento es más sagrado que el santo templo del Altísimo!
Josafat: Maldita sea, pero, ¿qué está diciendo este insolente? Por tu propia
lengua te delatas. Tú debes ser el agitador de toda esta chusma. ¡Ve, ve ante
el tribunal con ese cuentecito del rey David, para que te den la tunda de palos
que te mereces...!
Mujer: ¡Nosotros hemos cogido los rastrojos que nos pertenecen según
Moisés!
Eliazín: ¡Cállate tú, ramera! Esto es mío, ¿entiendes? ¡Mío y de nadie más!
¡Desde aquí hasta la laguna de Merón, toda esta tierra es mía! ¡Y ninguno de
ustedes puede entrar en ella a coger un solo grano de trigo!
Jesús: Nosotros robamos unas cuantas espigas, pero tú te has robado la
tierra, que es peor. Porque la Escritura dice que la tierra es de Dios y nadie
puede adueñarse de ella. Tú eres más ladrón que nosotros.
Eliazín: ¡Me están acabando la paciencia, charlatanes...: ¡¿Me quitan lo mío
y encima tengo que aguantarles las impertinencias?!
Abiel: Todavía hay algo peor, don Eliazín. No se olvide usted del día que es
hoy.
Josafat: Hoy es sábado, día santo. Estos hombres han violado doblemente
la Ley robando y faltando contra el descanso. Ustedes, sinvergüenzas, ¿
reconocen el delito que se han echado encima quebrantando la sagrada Ley
de Dios?
Jesús: El hombre no es para la Ley, sino la Ley para el hombre. Si ustedes
comprendieran la Ley, no nos condenarían a nosotros, que no hemos
cometido ninguna falta. Porque la primera ley que manda Dios es que todos
tengamos lo necesario para vivir.
Todos: ¡Bien dicho, caramba! ¡Así se habla!
Eliazín: ¡Basta ya de palabrerías! ¡Ahora mismo iremos ante el rabino en la
sinagoga! ¡Y el tribunal verá lo que hace con ustedes! ¡Vamos, de prisa!

El alboroto fue muy grande. Fuera de la finca, nos esperaban muchos
campesinos, hombres y mujeres, que se juntaron a nosotros, camino de la
ciudad. El terrateniente y los escribas avisaron a los soldados romanos para
que pusieran orden y nos custodiaran hasta la sinagoga. Allá, los maestros de
la Ley iban a juzgar lo que habíamos hecho.



CAPÍTULO 29

EL TRIGO DE
LOS POBRES


LA NARRACIÓN
ENCUENTRO CON LA BUENA NOTICIA
APUNTES PARA EL ESTUDIO