|
Tanto el evangelio de Marcos como el de Juan inician los relatos de la vida
de Jesús con la predicación del Bautista en las orillas del río Jordán. Es una forma de destacar la estrecha relación que une el mensaje de justicia del gran profeta con la Buena Noticia de Jesús.
Las palabras del Bautista, conservadas en los relatos evangélicos, son
encendidos alegatos contra las injusticias y el estado de corrupción del país, empezando por el propio Herodes, rey de Galilea, a quien Juan criticaba en público. Por otra parte, Juan entendía su misión como una labor de preparación a la llegada del Mesías, el cual inauguraría un mundo nuevo basado en la igualdad de todos los hombres y en la soberanía de Dios.
Para preparar ese mundo nuevo, además de sus proclamas y discursos, Juan
usaba un rito, que se hizo muy popular: El bautismo. La gente que venía a escucharlo, confesaba sus pecados y Juan la hundía en las aguas del Jordán. Era un símbolo de limpieza: El agua purifica lo sucio. Y también de renacimiento, de empezar de nuevo, dejando atrás el mundo antiguo de fatalismo e injusticias: Del agua nace la vida, en el agua comienza siempre la vida. Este bautismo de Juan no era un rito mágico. De nada servía si no había un cambio real en las actitudes de los que se bautizaban. Eran bautismos colectivos. Las masas populares -principalmente los pobres de Israel- se adherían al mensaje de Juan y entraban en el río preparando así 1a llegada del Mesías.
Juan predicó y bautizó en el desierto, en las orillas del río Jordán, en un vado
llamado comúnmente Betabara. Actualmente, este lugar es zona fronteriza entre Israel y Jordania. El Jordán («el que baja») es prácticamente el único río que riega la tierra de Israel. Nace en el Norte, cerca del monte Hermón, y desemboca en las aguas salobres del Mar Muerto, el lugar más bajo del planeta, una fosa de casi 400 metros bajo el nivel del mar .
La austeridad de Juan el Bautista, reflejada en su vestimenta y su comida, le
ganó también popularidad entre la gente que veía en aquel hombre curtido y salvaje al profeta Elías que regresaba a defender a su pueblo. Las largas melenas de Juan eran costumbre entre los que se comprometían a un servicio total a Dios: Voto de los nazireos, Jueces 13, 5; Sam. 1, 11.
Desde hacía unos setenta años Palestina era una colonia romana. En aquella
época, Roma era el imperio más fuerte de la tierra, como hoy los Estados Unidos o la Unión Soviética. La mayoría de las naciones conocidas entonces eran provincias sometidas al imperialismo romano. Esto significa en los países dominados: Gobiernos dependientes, ocupación por ejércitos extranjeros, y explotación del pueblo al que se le cobraban impuestos excesivos y al que se le controlaba impidiéndole la participación en las decisiones políticas o económicas. La capital del Imperio -Roma- fue destruida casi quinientos años después del nacimiento de Jesús.
Tanto en Galilea como en Judea existía un gran descontento ante el dominio
romano. Entre los opositores, destacaba el grupo o partido de los zelotes. Actuaban en la clandestinidad, algunos como guerrilleros, especialmente en la región norteña, en Galilea, en donde el control de Roma era más débil. Los zelotes eran nacionalistas, predicaban a Dios como único rey y se oponían a todo poder extranjero. Se negaban, por esto, al pago de los impuestos y a los censos ordenados por el imperio. Los campesinos y los pobres de Israel, agobiados por los tributos, simpatizaron con el movimiento y encubrían a sus miembros. También tenían los zelotes un programa de reforma agraria: Proclamaban que la propiedad debía ser redistribuida justamente, pues las diferencias sociales eran extremas. Proclamaban también que las deudas debían cancelarse inspirándose para esto en la ley mosaica del Año de Gracia. El grupo zelote parece haber sido fundado por un tal Judas el Galileo, poco después de nacer Jesús, al ponerse al frente del pueblo que se negaba a pagar los impuestos. La rebelión popular fue sofocada por los romanos a sangre y fuego. La palabra «zelote» viene de «celo»: Celosos del honor de Dios, apasionados, fanáticos. Un grupo más activo dentro del partido zelote eran los sicarios: Terroristas que llevaban siempre bajo la túnica pequeños puñales («sicas») y cometían con frecuencia atentados contra los romanos.
Entre los discípulos de Jesús es más probable que muchos pertenecieran al
movimiento zelote. El evangelio lo expresa claramente de uno al llamarlo «Simón, el zelote» (Lc 6, 15). El sobrenombre de Judas, «Iscariote», haría referencia a su afiliación «sicaria». Por otra parte, el apodo o mote que Jesús da a los hermanos Santiago y Juan, «bonerges» (hijos del trueno) y el sobrenombre de Simón Pedro, «barjona», son para algunos autores especializados en el tema de los zelotes, nombres de lucha usados por los discípulos.
Mateo 3, 1-6; Marcos 1, 1-8; Lucas 3, 1-6
|
|
CAPÍTULO 3
|
|
UNA VOZ EN
EL DESIERTO |
|
El año 15 del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato
gobernador de Judea, Herodes virrey de Galilea, su hermano Filipo virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, Dios le habló a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Juan había pasado muchos años en el monasterio del Mar Muerto. Pero cuando sintió la llamada de Dios se fue a predicar recorriendo las orillas del río Jordán y proclamando un bautismo de conversión....
Bautista: ¡Lo dijo el profeta Isaías y lo repito yo! ¡Abran el camino, dejen
pasar al Señor!... ¡El Liberador de Israel viene, viene pronto!... ¿No escuchan ya sus pisadas?... ¡Abran paso, dejen libre el camino para que pueda llegar hasta nosotros!
Los gritos de Juan resonaron en Betabara y en la ciudad vecina de Jericó y su
eco llegó a Jerusalén y se extendió como fuego en paja seca por todo el país de Israel. Estábamos ansiosos de escuchar una voz que reclamara justicia y anunciara la liberación del yugo romano. Y vinimos del norte y del sur para conocer al profeta del desierto...
Mi hermano Santiago y yo habíamos viajado desde Cafarnaum. Vinimos con
nuestros compañeros de siempre, Pedro y Andrés, también hermanos, también pescadores del lago de Tiberíades y, como nosotros, simpatizantes del movimiento zelote...
Santiago: ¡Éste es el hombre que necesitamos, Pedro! ¡Diablos, este profeta
no tiene pelos en la lengua y les escupe la verdad lo mismo a los de arriba que a los de abajo!
Pedro: ¿Qué hacemos aquí, Santiago? Llama a tu hermano y vamos a oírlo de
cerca. ¡Eh, tú, Andrés, vamos para allá, aunque tengamos que abrirnos paso a codazo limpio! ¡Que viva el movimiento!
Hacía setenta años que nuestro país era una colonia del imperio romano. El
pueblo estaba desesperado por aquella esclavitud, por el hambre y por los enormes impuestos que nos obligaban a pagar. Por eso, muchos mirábamos con simpatía al movimiento zelote que conspiraban contra el poder romano y tenía a sus guerrilleros extendidos por todo el país.
Pedro: ¡Que viva el movimiento!
Todos: ¡Viva! ¡Viva!
Santiago: ¡Mueran los romanos!
Todos: ¡Mueran! ¡Mueran!
Los zelotes estaban bien organizados, sobre todo en nuestra provincia, en
Galilea. Pedro y Andrés, y mi hermano Santiago y yo formábamos un pequeño grupo de apoyo en Cafamaum. Le hablábamos a todos del movimiento y, por supuesto, nos metíamos en cuanta protesta y lío se armaba.
Bueno, alguno lo armábamos nosotros... Yo creo que cuando fuimos a ver al
profeta Juan fue por eso. Después, al oírlo hablar, nos dimos cuenta de que la cosa iba también con nosotros...
Bautista: Los de arriba gritan: ¡paz, paz, que haya paz! Pero, ¿cómo puede
haber paz si no hay justicia?... ¿Qué paz puede haber entre el león y el cordero, entre el rico y el pobre?... Los de abajo gritan: ¡violencia, violencia!... Pero ellos 1o dicen por ambición, porque también quieren subir y abusar de los que queden abajo. ¡Tienen un león escondido bajo la piel de cordero!... Así dice Dios: ¡todos, todos tienen que cambiar de actitud! ¡Todos tienen que convertirse...!
El calor era agobiante. Los mosquitos formaban una nube sobre nuestras
cabezas... Gentes de todas partes, campesinos, artesanos de los pueblos, comerciantes de lana, cobradores de impuestos, mendigos y enfermos, prostitutas y soldados, todos estábamos allí... Tampoco faltaban los vendedores que empujaban sus carretones entre la gente pregonando rosquillas y dátiles...
Bautista: ¡Arrepiéntanse antes de que sea demasiado tarde! Los que quieran
escapar de la cólera de Dios, ¡métanse en el agua, que este río limpia el cuerpo y limpia el alma! ¡Métanse en el agua antes de que llegue el Fuego y los convierta en cenizas!
En la arena gris de la orilla se amontonaban las sandalias y los mantos. Juan,
apoyado en una roca y con el agua hasta la cintura, iba agarrando por los pelos a los que se querían bautizar. Los hundía en el río y cuando ya creían ahogarse, el brazo del profeta los sacaba a flote y los empujaba hacia la orilla... Fuimos centenares los que recibimos este bautismo de purificación.
Pedro: ¡Mira, Andrés, fíjate cómo le brillan los ojos, como dos carbones
encendidos!
Andrés: ¡Este profeta es el mismo Elías que ha bajado del cielo en su carro
de fuego! ¡Elías en persona!
Pedro: ¡Esto es el fin del mundo!
Santiago: ¡Quítense de ahí, zoquetes! ¡Déjenme ver al profeta!
El profeta Juan era un gigante tostado por el sol del desierto. Se vestía con
una piel de camello amarrada con una correa negra. Nunca se había cortado el pelo y ya le llegaba hasta la cintura. Cuando el viento soplaba, parecía la melena de una fiera salvaje. Era el profeta Elías el que hablaba por su boca. Bueno, en realidad, Juan no hablaba: gritaba, rugía, y sus palabras rebotaban como pedradas en nuestras cabezas.
Bautista: ¡Abran el camino, un camino recto, sin curvas ni desvíos, para que
el Liberador llegue más pronto! ¡Rellenen los baches para que su pie no tropiece! ¡Tumben las montañas si hace falta para que no tenga que dar ningún rodeo y se demore!... ¡No, no se demora, viene ya!... ¿No escuchan sus pisadas?... ¿No sienten ya su olor en el aire?... ¡Ya viene el Mesías, el Liberador de Israel!
Pedro: ¡Puaf!... Aquí el único olor que se siente es a orines. Ya estoy
mareado...
Andrés: ¡Qué puerco eres, Pedro! ¡Cállate y oye lo que dice el profeta!
Pedro: Pero si es la verdad, Andrés. Yo no sé ni para qué vine aquí. Esta
gente se mete en el río y hacen de todo ahí dentro. Y luego va uno y sale más sucio de como entró. Y dice el profeta que el río limpia y purifica, puaf!
Santiago: Tienes razón, Pedro. El agua parece ya una sopa. Y las cabezas de
la gente, los garbanzos...
Pedro: Ea, vámonos a otro lado, compañeros, esto me da asco....
Andrés: Oigan a mi hermano haciéndose el fino... ¡Pero si el que más apesta
eres tú mismo, Pedro!
Pedro: ¡Vete al cuerno, Andrés! Ahora mismo te vas a tragar esas palabras ..
Juan: ¡Déjalo ya, Pedro! Vámonos un poco fuera, aquí hay un calor que no
hay quien aguante!
Nos fuimos de allí para poder respirar. Pedro estaba molesto con Andrés y
Andrés molesto conmigo y Santiago molesto con todos. Los cuatro éramos buenos amigos, pero siempre estábamos peleando...
Santiago: Bueno, en fin de cuentas, ¿con quién está el profeta? ¿No oyeron
lo que dijo? Que todos, los de arriba y los de abajo, temamos que convertirnos.
Juan: Esas son palabrerías, Santiago. Que diga claramente con quién está.
¿Apoya a los zelotes o no? Eso es lo que tiene que decir.
Pedro: ¡Bien dicho, Juan! ¡Que viva el movimiento!
Andrés: ¡Ay, cállate ya, Pedro, pareces una cotorra repitiendo siempre lo
mismo!
Pedro: Y tú parece que te has dejado embobar por el bautizador.
Andrés: Yo estoy con él. Diga lo que diga y apoye a quien apoye, estoy con
el profeta.
Juan: Pero, ¿el profeta apoya al movimiento o no? Eso es lo que yo quiero
saber, Andrés.
Andrés: Pues anda tú mismo y pregúntaselo, Juan. Métete en el río y
pregúntale de qué lado está. Tú te llamas Juan como él, eres tocayo suyo. A lo mejor te responde.
Juan: Pues sí. A mí no me da miedo ese profeta ni nadie. Si está con los
zelotes, bienvenido sea. Si está con los romanos, ¡ojalá se ahogue en ese río mugriento!
Andrés: No grites tanto, Juan. La cosa no es tan fácil.
Santiago: La cosa es muy fácil, Andrés: darle una patada en el trasero a
todos los romanos. Y se acabó...
Pedro: Cualquiera que te oye hablar, Santiago, piensa que tú eres uno de los
siete cabecillas. A ver, pelirrojo, ¿qué has hecho tú por el movimiento, dime? ¿dar cuatro gritos en cuatro pueblos?
Santiago: ¿Y qué has hecho tú, Pedro, eh? ¿Tirar piedras desde los
tejados?... Y no me saques otra vez cuando le escupiste al capitán romano porque aquí hasta los niños escupen a los soldados!
Pedro: ¡Eres un fanfarrón, Santiago, y te voy a cerrar el pico...
Juan: Basta ya de discusión, maldita sea!... A ver quién de nosotros se
atreve a preguntarle a Juan de qué lado está... Eso es lo que yo propongo...
Pedro: Y yo lo que propongo es que nos vayamos un poco más lejos. Hasta
aquí llega la peste. Les digo que estoy mareado. Anda, vamos...
Los cuatro nos alejamos para comer algunas aceitunas. Pero cuando salimos
al camino tuvimos una gran sorpresa...
Pedro: Oye, pero ese cabezón que viene hacia acá, ¿no es nuestro amigo
Felipe, el vendedor? ¡Felipe!... ¡Demonios, ya se puso bueno esto!
Felipe: ¡Caramba, Pedro! ¡Pedro tirapiedras...! ¿Cómo va esa vida...? ¡Y tú,
Santiago, bocagrande! ¡Y Juan, el buscapleitos...! ¡¿Qué lío estarán armando por aquí los hijos del Zebedeo?... Y mira también al flaco Andresito... ¡Por las pantorrillas de Salomón, me alegro de encontrarme con ustedes!
Juan: ¡Y nosotros también, Felipe, el charlatán más grande de toda la
Galilea!
Santiago: Oye, Felipe, no seas maleducado. ¿Quiénes son estos dos que
vienen contigo?
Felipe: Pero si es verdad... Todavía no he hecho «las presentaciones»...
Nata y Jesús... ejem... Aquí les presento a estos cuatro bandidos, pescadores de cangrejos en Cafarnaum y éstos... ¡son dos granujas peores que ustedes! Este se llama Natanael, un israelita de buena marca, vive en Caná, trabaja con lana, es más tacaño que una rata y tiene una mujer que ni el rey David la aguantaría. Y este otro, un moreno simpático de Nazaret. Se llama Jesús. Lo mismo te arregla una puerta que te hace una herradura. Un hazmelotodo, vamos. ¡Ah, y cuando presta dinero nunca te cobra los intereses...! ¡Lo malo es que nunca tiene y hay que prestarle a él! ¡Señores, ya está dicho todo!
Pedro: Pues entonces, como si nos conociéramos de toda la vida. ¡Y ahora,
a llenar el buche, que para luego es tarde!
Y nos fuimos los siete a comer y a conversar entre aquella maraña de gente.
Cuando caía la noche, todo el mundo se desparramaba por la orilla del río. Buscaban ramas secas y encendían fogatas para calentarse. Otros cortaban hojas de palmera y hacían tiendas para no dormir al raso. El Jordán estaba repleto de gente. Todos veníamos buscando al profeta Juan y Juan seguía buscando al Mesías, el Liberador que él anunciaba. |