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En la sinagoga, se reunían los israelitas todos los sábados para rezar y dar
culto a Dios. Allí precisamente son juzgados Jesús y sus vecinos por haber violado la ley que hacia del sábado un día de estricto descanso. Con sus palabras ante el rabino y la comunidad y con su acción, Jesús pone de manifiesto que el verdadero culto para Dios debe tener en cuenta la liberación del hombre necesitado.
La ley del sábado la remontaban los israelitas, más allá de Moisés, al mismo
designio de Dios creador. Según la tradición, Dios creó al hombre en el día sexto. Y después estableció el día séptimo como día de descanso. Este orden en la creación indica -como dice Jesús- que «Dios instituyó el sábado por causa del hombre». Es decir, para su provecho. Jesús considera este precepto del sábado como un regalo que Dios hace al hombre. Un regalo para su ocio, para que no sea esclavo del trabajo. Más que esa ley original, realmente buena para el hombre, lo que Jesús rechaza es la tradición y las costumbres que generaciones de rabinos y fariseos habían elaborado acerca del sábado hasta hacer de él un yugo insoportable.
La tradición sobre el sábado había llegado a ser en extremo minuciosa,
especificándose en detalle todo lo que se podía y lo que no se podía hacer ese día. En tiempos de Jesús había 39 trabajos catalogados como estrictamente prohibidos. Sólo el salvar la vida en un caso extremo liberaba del cumplimiento del precepto. Jesús no se contenta con esta única excepción y se rebela ante el rigorismo, contrario a la voluntad de Dios.
En algunos ambientes, el cristianismo ha quedado a veces reducido a un
catalogo de leyes, y no precisamente liberadoras, sino represivas. El ideal de la vida cristiana se ha reducido en ocasiones al cumplimiento escrupuloso de normas negativas: «No se puede», «está prohibido», «Dios te va a castigar si haces eso»... Se trata de una pésima caricatura de la religión y de un comportamiento totalmente anticristiano. Jesús puso siempre al hombre por encima de cualquier ley. Y el cristiano es, por definición, un hombre libre ante la ley.
Jesús fue un constante violador de la principal ley de su época. Para los
maestros y legisladores de su pueblo fue, por esto, un rebelde. Al juzgarlo así no carecían de razón. Cuando Jesús insiste con palabras y obras en que el sábado fue hecho para defender las necesidades de los hombres y no para reprimirlas, está haciendo una interpretación contraria a la práctica habitual. Cualquier ley que aplaste al hombre y no le deje vivir no tiene ningún valor.
El rabino era en la comunidad la autoridad religiosa. Junto a él, aparecen en
este episodio dos maestros: Doctores o teólogos, cuya misión era la interpretación de las leyes y la vigilancia de su cumplimiento. Todos actúan como fieles aliados del terrateniente y defensores de sus intereses, por más que lo justifiquen con la ley religiosa del sábado.
El signo que Jesús realiza haciendo que el frutero Asaf logre extender su
mano paralizada, pone de manifiesto que a la maldición con que una falsa religión amenaza al hombre se opone, victoriosa, la bendición de Dios que quiere que el hombre sea libre y viva. Este episodio está en relación con los dos anteriores: El signo que Dios realiza por Jesús ratifica el anuncio de liberación de las bienaventuranzas. Y bendice la acción liberadora llevada a cabo por los pobres de Cafarnaún. Los tres capítulos forman como un tríptico-resumen de un esquema catequético muy repetido en el evangelio: Proclamación-praxis-signo.
(Mateo 12, 9-14; Marcos 3, 1-6; Lucas 6, 6-11)
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El terrateniente Eliazín nos había atrapado arrancando espigas en su finca
después de la gran tormenta que destruyó los sembrados de los campesinos de Cafarnaún. Los escribas amigos suyos nos llevaron a empujones hasta la sinagoga para juzgarnos por aquello. Era día de sábado.
Abiel: ¡Andando, pandilla de granujas!
Josafat: ¡A ver, a ver qué dicen ahora delante del rabino, ladrones,
sinvergüenzas, bandoleros!
Abiel: ¡Vamos, de prisa, que el que la hace la tiene que pagar!
Aunque la sinagoga tenía las puertas bastante amplias, muchos vecinos se
colaron a saltos por las ventanas. No querían perderse nada de aquella trifulca... Medio Cafarnaún estaba allí... El rabino, impaciente, se movía de un lado a otro, sin levantar los ojos para mirarnos...
Abiel: Rabino Eliab, estos hombres que ves aquí han alborotado al pueblo
para que vaya a robar trigo en la finca de don Eliazín.
Josafat: ¡Han entrado por la fuerza en unas tierras que no son suyas!
Abiel: ¡Pero si sólo fueran unos vulgares ladrones, no te los hubiéramos
traído! ¡Han robado en el día de descanso! ¡Han profanado la Ley de Moisés!
Rabino: ¿A sí?... ¿Con que esas tenemos?... ¿Y se puede saber por qué
motivo han hecho eso?
Un hombre: ¡Porque tenemos hambre!
Todos: ¡¡Sí, sí...!!
Rabino: ¡Silencio!... ¡Que hable uno sólo!
Un hombre: ¡Hemos perdido la cosecha, rabino! ¡Necesitamos trigo!
Una mujer: ¡Nuestros hijos se nos mueren de hambre!
Rabino: ¡Cállense!... ¡He dicho que hable uno sólo!... ¡A ver, tú, ven acá!...
¡Sí, tú mismo...!
El rabino agarró por la manga de la túnica a Nito, el hijo de doña Ana, un
muchacho bonachón y algo atontado...
Rabino: Responde: ¿tú entraste en la finca de don Eliazín a coger trigo?
Nito: ¡Sí, rabino!
Rabino: Esa finca es propiedad de don Eliazín, ¿lo sabías?
Nito: ¡Sí, rabino!
Rabino: Si una finca tiene dueño, lo que está sembrado en ella le pertenece
al dueño, ¿lo sabías?
Nito: ¡Quién no sabe eso, rabino!
Rabino: Y si lo sabes, ¿por qué fuiste a arrancar trigo ajeno?
Nito: ¡Porque tengo hambre, rabino!
Rabino: ¡Pero el trigo de Eliazín es de Eliazín!
Nito: Y el hambre mía es mía.
Rabino: Pero, ven acá, zoquete, ¿con qué derecho se meten ustedes en una
propiedad que no es suya a apropiarse de lo que no es suyo? ¡Vamos, responde!
Nito: Bueno, porque... Perdone, rabino, ¿cómo dijo usted?
Rabino: Disculpas, disculpas, eso es lo de ustedes. Nadar y esconder la
ropa. Primero muy valientes y luego «yo no fui».
Nito: No, no, yo sí fui, rabino. Yo y todos nosotros nos colamos en la finca
para arrancar espigas. ¡Yo arranqué muchas!
Rabino: ¿Ah, sí? ¿Con que reconoces descaradamente que has cogido lo
que no es tuyo?
Nito: Pues claro, ¡y ahora cuando salga vuelvo para allá a seguir cogiendo! ¡
Con la falta que me hace!
Mujer: ¡A Eliazín le quedó mucho trigo en sus tierras y nosotros no
tenemos nada!
Juan: ¡Dios no puede querer que la gente se muera de hambre mientras
otros andan con la panza llena!
Rabino: ¡Pero, ¿qué alboroto es éste?!... ¡Estamos en la sinagoga! ¡Éste es
un lugar sagrado!... ¡Y hoy es sábado, día santo!... ¿Qué pasa aquí?...
Abiel: Rabino Eliab, son estos hombres... Este grupito del barrio de los
pescadores... Ellos fueron los que revolucionaron a la gente... Y parece que este forastero de Nazaret ha sido el que les ha llenado la cabeza de ideas locas...
Uno de los escribas nos señaló extendiendo su brazo huesudo, con un largo
dedo acusador. Después, se quedó mirando fijamente a Jesús, que parecía tranquilo, como si nada estuviera pasando...
Rabino: ¿Qué dices a eso, nazareno? ¿Eres tú el que le calentó la cabeza a
estos desdichados?
Jesús: Cuando la tripa está fría, la cabeza se calienta sola.
Rabino: Óyeme bien, campesinito engallado, nuestro pueblo tiene unas
leyes y esas leyes hay que cumplirlas, ¿me oyes?... ¿Qué dice la Ley, eh? ¡No robarás!... ¿Has oído?
Jesús: Y el que acapara trigo, ¿no es ladrón también, rabino?
Rabino: La Ley dice: ¡No robarás!... ¿Entendido? ¡No robarás!
Jesús: ¿Y el que paga jornales de hambre no le roba también al jornalero?
Rabino: ¡Basta ya! Tú y todos ustedes son culpables. Han faltado
gravemente contra el mandamiento. Y para colmo, lo han hecho en día de sábado. ¿Qué dice la Ley? «Guardarás el sábado para santificarlo. Seis días trabajarás, pero el día séptimo es día de descanso para tu Dios». Eso dice la Ley. ¿Está claro, no?
Jesús: Pero Dios hizo la ley para el hombre y no al hombre para la ley.
Juan: ¡Bien dicho! ¡Así se habla!
Rabino: ¡Cállate tú, maldito, y habla cuando se te pregunte!
Un hombre: Es mejor que te calles, Juan, que esto se está enredando y tú
lo vas a poner peor.
Rabino: ¿Qué quieren ustedes? ¿Acabar con todo? ¿Destruir las sagradas
leyes que nos dio Moisés?
Jesús: Al contrario, rabino. No queremos destruirlas sino darles su
verdadero sentido.
Al rabino se lo llevaban los mil demonios. Pero apretó los puños e hizo un
gran esfuerzo para contenerse...
Rabino: Hermanos, no presten oídos a la palabrería de este forastero que
ha venido a nuestra ciudad a alborotar y a confundir las mentes de ustedes. Hermanos, lo que han hecho esta muy mal hecho. No se puede volver a repetir. Han violado el sábado y el sábado es obra de Dios. Ustedes saben bien que cuando la sombra cubre los muros de la ciudad la víspera del sábado, la ley ordena que se cierren las puertas en todos los pueblos de Israel y no se abran de nuevo hasta que pasa el día santo. El sábado es el día sagrado del descanso. Está prohibido comprar, está prohibido vender, está prohibido caminar más de una milla. Está prohibido acarrear trigo, acarrear vino, acarrear uvas o higos o cualquier otra mercancía. Está prohibido levantar pesos, está prohibido llevar camillas. Está prohibido cocinar, está prohibido...
La ley del sábado era tan pesada, las prohibiciones para el día de descanso
eran tantas, que cuando el rabino empezó a hacer aquella interminable lista todos sentimos como si nos pusieran sobre los hombros el yugo de los bueyes...
Cuando el rabino Eliab terminó, respiramos aliviados. Entonces Jesús rompió
el silencio...
Jesús: Me gustaría preguntarles una cosa a ustedes que son maestros de la
Ley: supónganse que tienen una sola oveja y que se les cae en un pozo un sábado. ¿No la sacarían de allí aunque estuviera prohibido?... ¿Qué es lo que se puede hacer en día de sábado: el bien o el mal? ¿Salvar la vida o quitarla?... ¿Qué les parece a ustedes?
Un murmullo de aprobación salió de las gargantas de todos y empezó a subir
como cuando sube la marea...
Un hombre: ¡Jesús tiene razón! ¡Él explica las cosas mejor que el rabino!
Abiel: ¿Ve cómo no adelantamos nada, rabino Eliab? Este hombre es
peligroso... Hay que darle un escarmiento a esta gente.
Entonces uno de los escribas, el huesudo, abrió sus brazos como un pájaro
que fuera a echar a volar y clavó sus ojos sobre nosotros...
Josafat: ¡Ladrones! ¡Charlatanes! ¡Dios les va a castigar por lo que han
hecho en el día de descanso! ¡Ladrones! ¡Dios les va a secar las manos! ¡ Esas manos con las que ofendieron a Dios robando van a quedar tiesas!... ¡ La maldición de Dios vendrá sobre los que no cumplen la Ley! ¡A los ladrones se les secarán las manos!
Los gritos del escriba hicieron temblar la sinagoga y nos hicieron temblar a
todos. Entonces, en uno de los rincones, hacia el fondo, se armó un revuelo. Todo el mundo se volvió a mirar lo que pasaba.
Un hombre: ¡Oye, rabino, aquí hay uno que ya tiene la mano seca, pero
ése no es ladrón!
Asaf: ¡Yo soy un hombre honrado! ¡Yo no estaba metido en ese lío!
Una mujer: ¡Esa enfermedad es ya vieja! ¡El escriba está hablando de una
maldición para ahora!
Asaf, el frutero, tenía la mano derecha paralizada desde hacía años. Cuando
vio que todo el mundo se fijaba en él, quiso esconderse y salir de la sinagoga, pero el escriba huesudo no se lo permitió.
Josafat: ¡Eh, tú, el de la mano seca! ¡No te escondas, ven acá!... ¡Ven acá,
al centro!
Empujado por todos los que tenía alrededor, Asaf apareció en medio de la
sinagoga. Tenía la cara más roja que la túnica.
Josafat: ¿Ven a este hombre?... ¿Lo ven bien?... ¡¡Pues Dios secará del
mismo modo las manos de los que han robado las espigas que no eran suyas!!... ¡¡La maldición de Dios sobre ustedes!!
La voz del escriba retumbó como un trueno. Después se hizo el silencio.
Todos esperábamos que un rayo rompiera el techo de la sinagoga y nos fulminara con fuego las manos. Pero lo que oímos fue la voz de Jesús...
Jesús: Es sábado, doctor Josafat: también está prohibido maldecir en
sábado. No pidas la maldición de Dios. Dios no hace el mal nunca, ni el sábado ni ninguno de los días de la semana. Dices que conoces muy bien las Escrituras, pero te equivocas. Dios no ha puesto las leyes para que pesen sobre los hombres y los aplasten. Dios quiere que los hombres seamos libres y que no seamos esclavos de las leyes... No, Dios no va a secar nuestras manos. Al contrario, las va a liberar para seguir luchando y trabajando, así como libera la mano de este hombre... Asaf, ¡extiende tu mano!
Asaf, el frutero, extendió el brazo y empezó a moverlo. ¡Qué alboroto se
armó...! Todos nos abalanzamos sobre él para tocarle la mano y comprobar si lo que habíamos visto era verdad...
Una mujer: ¡Bendito sea Dios!... ¡Hoy hemos visto lo nunca visto!
Un hombre: ¡Si esto no es el fin del mundo, es la víspera!
El rabino, encolerizado, rompió a gritar sobre la tarima...
Rabino: ¡Fuera de la sinagoga! ¡Han profanado el templo de Dios!... ¡Fuera
de aquí, fuera!
Ni los escribas ni el rabino consiguieron echarnos de la sinagoga. Éramos
muchos y el revuelo era tan grande que ni a empujones podían sacarnos... La buena noticia de la curación de Asaf corrió por el valle de Galilea como corre el viento sobre los árboles. Y desde aquel día, los maestros de la Ley empezaron a preguntarse qué podían hacer contra Jesús... |
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CAPÍTULO 30
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LAS MANOS SECAS
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