En aquel tiempo era sumo sacerdote en Israel José Caifás. El sumo sacerdote
era el jefe religioso de todo el país. Caifás vivía en un palacio muy lujoso en
Jerusalén. Todos lo odiábamos, porque sabíamos los negocios sucios en los
que andaba y porque era un vendido a los romanos que ocupaban nuestra
tierra...

Un sacerdote: Excelencia, hemos venido a hablarle de un asunto delicado...
Caifás: Sí, ya lo sé, lo de los nuevos impuestos. Está bien. Doy mi
aprobación. De cualquier manera, no soy yo el que va a pagarlos. Díganle de
mi parte al gobernador Pilato que haga lo que considere más conveniente
para mantener el buen orden y la paz en nuestro país. Ah, y díganle también
que no se me olvida la invitación que me hizo. Que iré mañana por la Torre
Antonia para saborear ese famoso vino que le han mandado de Roma.
Otro sacerdote: Se lo diremos, excelencia, pero el asunto es otro... Verá
usted...
Caifás: Oiganme bien, si mi suegro Anás les ha mandado otra vez a cobrarse
los corderos del día de Pascua, díganle que lo siento, que ahora no puedo
pagarle ni un denario. He tenido muchos gastos con la construcción de mi
palacio de campo. Además, no veo por qué tiene tanta prisa si, al fin y al
cabo, todo queda en familia.
Sacerdote: No hemos venido a cobrar nada, excelencia. Se trata de Juan, el
hijo de Zacarías...
Caifás: Ah, era eso...
Sacerdote: Ya estará usted al tanto del alboroto que viene armando ese loco
por allá por el Jordán...
Caifás: Sí, desgraciadamente, estoy bien enterado...
Sacerdote: La gente va en masa a escuchar sus fanfarronadas. Dicen que es
un profeta de Dios. Otros dicen que es el mismísimo Mesías, el Liberador
que espera nuestro pueblo...
Caifás: ¡Mesías ese melenudo...! ¡Profeta!... Un piojoso, eso es lo que es, tan
piojoso y tan mugriento como toda esa chusma que va a verlo.
Sacerdote: Pero hay que hacer algo, excelencia. La enfermedad puede ser
contagiosa...
Caifás: Pues vayan ustedes mismos. Sí, vayan al Jordán y averígüenme lo
que hay detrás de todo esto. Pregúntenle qué demonios pretende con ese
griterío y esos bautismos. Y quién le dio permiso para agitar al pueblo. Y
díganle de mi parte que se ande con cuidado, que digo yo que se ande con
mucho cuidado...

Los ojos de Caifás, grandes y vigilantes como los de una lechuza, se
quedaron fijos en la puerta de cedro de su palacio mientras los dos
sacerdotes salían. Después, se sentó pesadamente en un gran sillón forrado
de seda. En los próximos días le traerían noticias directas de aquel profeta,
molesto y rebelde, que tantos problemas le estaba creando a él, el sumo
sacerdote de Jerusalén...

Cada día venía más gente al Jordán para escuchar a Juan y bautizarse.
Aquella misma mañana, y antes de que llegaran los sacerdotes de Jerusalén
enviados por Caifás, se acercaron a Betabara cuatro fariseos. Los fariseos se
creían santos y puros porque iban al templo, rezaban tres veces al día y
ayunaban cuando lo mandaba la ley de Moisés. Ellos nos despreciaban a
nosotros y nosotros nos reíamos de ellos...

Fariseos: Líbrame, Señor, de los hombres malos, guárdame de los impíos,
tienen lenguas mentirosas y en su corazón sólo esconden pecado, no me
contamines con ellos, Dios de Israel, no permitas que la sombra de mi manto
se ensucie con las impurezas de los hombres sin ley, hombres malos que no
conocen tus mandamientos ni respetan el decoro de tu santo templo, líbrame,
Señor...

Cuatro fariseos, envueltos en sus mantos de rayas negras y blancas, se
abrieron paso entre la gente. Miraban al suelo y rezaban sin parar. No
querían mancharse con nosotros...
Santiago: ¿Y éstos qué vienen a buscar aquí? ¡Fariseos! ¡Puaf! ¡Al diablo
con estos pajarracos!
Felipe: Déjalos tranquilos, Santiago, a ver lo que quieren. Aquí todo el
mundo tiene derecho...
Santiago: ¡Ésos vienen a espiar lo que dice el profeta Juan!... ¡Asco de
tipos! ¡Se creen los santos!...
Un fariseo: ¡Juan, hijo de Zacarías, hemos viajado desde Betel para
conocerte y recibir el bautismo de purificación...
Otro fariseo: Somos cumplidores de la Ley, profeta Juan. Respetamos el
sábado. Damos la limosna al templo, cumplimos la oración diaria y el ayuno.
Fariseo: Obedecemos a Dios. ¿Qué más nos pides?
Bautista: Yo no pido nada. Es Dios el que pide justicia.
Fariseo: Te digo, profeta Juan, que siempre hemos cumplido esa justicia.
Nuestras manos están limpias.
Fariseo: Nosotros también queremos preparar el camino del Mesías.
Bautista: Pues nadie prepara el camino del Liberador de Israel diciendo que
está limpio. ¡Las manos de ustedes estarán limpias de tanto lavarlas y
lavarlas, pero el corazón lo tienen sucio! ¡Está lleno de orgullo y de
presunción! ¡Hipócritas! ¡Ustedes no son mejores que estos campesinos que
andan aquí, y que estas prostitutas que lloran sus pecados y piden perdón a
Dios!
Fariseo: ¿Con quién nos estás comparando? ¡Nosotros somos hijos de
Abraham!
Bautista: ¡No! ¡Ustedes son hijos de serpiente!... ¡Ustedes son como las
culebras: llevan el veneno escondido en el buche!... ¡No presuman diciendo
que son hijos de Abraham!... Miren estas piedras... ¡Dios tiene poder para
convertir estas piedras en hijos de Abraham!... Los hijos de Abraham son los
que obran con justicia y no se ponen por encima de sus hermanos. ¡Fariseos
ciegos: lávense el corazón y no las manos! ¡Obren con rectitud y no anden
rezando tantas oraciones! Y oiganme bien: si no lo hacen, no escaparán al
fuego que se acerca...
Santiago: ¡Bien, Juan, bien! ¡Duro con ellos!... Este hombre le canta las
verdades al que sea. ¡Malditos fariseos! ¡Tienen que meter sus narices en
todas partes!
Felipe: Pues oigan, que yo conozco a un fariseo, el Benjamín, que es muy
buena persona. A mí me ayuda y...
Santiago: ¡Vamos, Felipe, no me vengas defendiendo a esa gente ahora!
Felipe: Yo lo que decía era que el Jacobito...
Santiago: ¡Oye, animal, no empujes, que aquí hay sitio para todos!
Un sacerdote: ¡Déjame pasar, galileo!
Santiago: ¡Oye! ¿pero qué te traes tú?
Otro sacerdote: ¡Ábrete paso como sea, tenemos que volver pronto a
Jerusalén!

Entonces, cuando Juan gritaba contra la hipocresía de los fariseos en lo alto
de una roca, llegaron a la orilla los sacerdotes que venían desde Jerusalén
con el encargo de Caifás. Llevaban unas vestiduras amarillas y olían a
sándalo y a incienso.

Bautista: ¡Juro por mi cabeza, dice Dios, que los voy a pescar a todos con
anzuelo! ¡Como se pescan los peces en las aguas del río, así voy a atraparlos
a todos y ni uno solo escapará en el día de la cólera!
Sacerdote: ¡Juan, hijo de Zacarías!... ¿Quién te ha dado autoridad para decir
estas cosas?
Sacerdote: ¿Quién te crees que eres?
Bautista: ¿Y quiénes son ustedes?
Sacerdote: Caifás, el sumo sacerdote, que tiene su trono en Jerusalén y en
sus manos las leyes de Dios, nos manda preguntarte: ¿con qué derecho hablas
de esta forma? ¿Quién te crees tú que eres? No contestas, ¿eh?... Has
alborotado a éstos con tus gritos y tus bravatas y ahora te quedas callado.
Sacerdote: ¿Quién te has creído que eres?... ¿El Liberador de Israel?
Bautista: Yo no soy el Liberador de Israel.
Sacerdote: Entonces, ¿con el permiso de quién andas aquí hablando a esta
gente del fuego de Dios que viene a purificar a los hombres? ¿Acaso te crees
el profeta Elías que hacía arder la tierra con sus palabras?
Bautista: ¡Yo no soy Elías! ¡Elías fue el mayor de los profetas! ¡Yo no soy
Elías! Yo sólo anuncio al que viene y preparo su camino.
Sacerdote: ¿Y cómo preparas su camino? ¿Bautizando a estos desgraciados
y llenándoles la cabeza de historias?... ¿Quién eres tú para bautizar?
Nosotros ya tenemos nuestras purificaciones. Están escritas en la Ley y el
sumo sacerdote es el custodio de esa Ley. ¿Quién eres tú para venir a
empezar modas nuevas? ¿Te crees como Moisés, con derecho a darle nuevas
leyes a este pueblo?
Bautista: ¡No! ¡Yo no soy ningún Moisés!
Sacerdote: ¿Qué le diremos entonces a Caifás, el sumo sacerdote? Tenemos
que llevarle una respuesta. ¿En nombre de quién haces lo que haces?
Bautista: Díganle a Caifás esto: ¡¿En nombre de quién haces tú lo que
haces?! ¡En nombre de Dios te manchas las manos en los negocios sucios de
tu suegro Anás! ¡En nombre de Dios te sientas a la misma mesa que los
opresores romanos!
Sacerdote: ¡Cállate! ¡Ofendes al sumo sacerdote! ¡Ofendes a Dios!
Bautista: ¡No, es el sumo sacerdote el que ha ofendido a Dios con sus
injusticias y sus crímenes! ¡No me callaré! ¡No puedo callarme! ¡Yo soy la
voz que grita en el desierto: hay que abrirle un camino derecho al Señor!
Díganle a Caifás que su trono se tambalea. Ya lo dijo ayer un galileo que
estaba entre ustedes: no es una rama la que está podrida, es el tronco, es el
árbol entero. Y cuando está podrida la raíz, hay que arrancar el árbol de
cuajo... ¡Miren esto!... ¿Qué cosa tengo en la mano?
Felipe: ¡Yo desde aquí veo un bastón!
Bautista: ¡No, ustedes ven un bastón, pero mírenlo bien!... ¡Es el hacha del
Mesías! ¡Mírenla también ustedes y cuéntenle a Caifás lo que han visto. Dios
puso un hacha en mis manos y yo debo ponerla en las manos de otro que
viene detrás de mí. Yo sólo arrimo el hacha a la raíz del árbol para que el
que viene detrás acabe más pronto. Cuando él venga, levantará el hacha y de
un solo tajo cortará el árbol podrido. ¡Ha llegado el día de la cólera de Dios!
El hacha ya está lista y afilada. Sólo falta quien la empuñe... Pero él ya
viene, no se demora, está ya entre nosotros... ¿Dónde estás Mesías?... ¿Dónde
te escondes Liberador de Israel?... La mano se me cansa levantando el
hacha... Si no vas a venir, dímelo y yo descargaré el golpe... ¡Ven pronto,
Liberador, date prisa!... ¡Ábrase ya la tierra y brote el Liberador! ¡Rómpanse
ya los cielos y que nos llueva la salvación de nuestro Dios!

Unos días después los sacerdotes regresaron a Jerusalén...

Un sacerdote: Sumo sacerdote Caifás: ese hombre es un loco furibundo.
Caifás: Si es un loco, no es peligroso. Ya se le pasará la locura.
Otro sacerdote: Se mete en el río rodeado de toda esa gentuza y allí grita y
vocifera. Tiene en la mano un bastón y dice que es un hacha, el hacha del
Mesías para cortar las raíces podridas de un árbol...
Caifás: ¡A ése lo que hay que cortarle es la melena!
Sacerdote: Pero no es sólo eso: es un agitador. Ha hablado con palabras muy
duras de su excelencia.
Caifás: ¿No me digas? y ¿qué ha dicho de mí?
Sacerdote: Ha dicho que el trono de su excelencia se tambalea, porque llega
el día de la cólera de Dios. Dice que él es la voz que grita en el desierto.
Caifás: Pues que siga gritando, que los agitadores duran poco en este país...
Que siga, que siga hablando...Le queda poco a ese Juan... Le queda muy
poco...

Juan seguía bautizando a la gente que acudía al Jordán. Tenía prisa. Sabía
mejor que nadie que sus días estaban contados. Tenía prisa pero no tenía
miedo. Llevaba dentro el valor que habían tenido todos los profetas, desde
Elías, el mayor de ellos, hasta Zacarías, que murió asesinado entre el templo
y el altar.

CAPÍTULO 6
EL HACHA EN LA RAÍZ

ENCUENTRO CON LA BUENA NOTICIA
LA NARRACIÓN
La actividad de Juan Bautista inquietaba cada vez más a las autoridades tanto
políticas como religiosas, que temían cualquier movimiento popular. Por eso,
la autoridad central representada por el sumo sacerdote Caifás envía al
Jordán una comisión investigadora.

La máxima autoridad religiosa de Israel era el sumo sacerdote. Desde el
templo de Jerusalén, controlaba todo el sistema teocrático en el cual la
religión y la política iban siempre de la mano. Del sumo sacerdote dependía
el personal del templo, formado fundamentalmente por los sacerdotes y los
levitas.

A los pocos años de nacer Jesús era sumo sacerdote Anás. Este hombre de la
poderosa familia sacerdotal de Beto, era muy influyente política y
económicamente. En el cargo de sumo sacerdote le sucedieron sus cinco
hijos y, finalmente, su yerno José Caifás, que fue quien condenó a muerte a
Jesús. Si en algún tiempo histórico los sumos sacerdotes representaron los
sentimientos religiosos del pueblo, en los años que nos narra el evangelio
esta institución estaba totalmente corrompida. El sumo sacerdote no era más
que un colaboracionista del imperialismo romano, el máximo representante
de un sistema religioso que oprimía a la gente con leyes y con miedo.
Obtenía también de este cargo grandes beneficios económicos. La
personalidad de Juan Bautista, auténtica, valiente y realmente religiosa, hacía
temblar todo este sistema.

Para cualquier institución -sea religiosa, política o cultural- siempre es
peligrosa la voz de los profetas. Un profeta nace fuera de la institución o,
precisamente por serlo, va quedando cada vez más al margen de ella. La
institución representa la ley, la norma, la seguridad, el poder. El profeta, por
su parte, encarna el riesgo, la audacia, la libertad, la imaginación. A lo largo
de todos los tiempos, ha existido el conflicto institución-profetismo, incluso
en la Iglesia.

También se acerca a Juan un grupo de fariseos. En los relatos evangélicos se
les presenta siempre como los más tenaces enemigos de Jesús. La palabra
«fariseo» quiere decir «separado». Los fariseos no eran sacerdotes.
Formaban un movimiento laico que estaba dirigido por los letrados y
escribas. Su práctica religiosa estaba centrada obsesivamente en el estricto
cumplimiento de la Ley y, por esto mismo, despreciaban y se «separaban»
del pueblo que no compartía ni entendía una escrupulosidad tan agobiante.

La mentalidad farisaica sigue viva en todas las personas que imaginan a Dios
como un «banquero» que lleva cuentas de nuestros actos buenos y malos, a
quien podemos «comprar» haciendo méritos (sacrificios, promesas, votos...).
Está viva, sobre todo, en quienes piensan que son mejores y desprecian a los
otros. Una de las mayores novedades del mensaje de Jesús es proclamar que
éstos que se creen buenos serán los últimos, y que los últimos, los
«pecadores» (prostitutas, borrachos, tramposos) son los primeros para Dios.

Juan habla a la comisión investigadora de la llegada del Día de la Cólera de
Dios. La ira, la Cólera de Dios, es un tema bíblico que recoge la mayoría de
los profetas. No se trata de una ira caprichosa ni arbitraria, ni tampoco de
una forma de venganza pasional que Dios se toma contra los que le ofenden
«personalmente». Cuando los profetas hablan de esta Cólera la refieren
especialmente al Día en que Dios agote su paciencia frente a los opresores e
intervenga de una vez, con todo su poder, en favor de los oprimidos.
Tampoco debe entenderse que el Dios del Antiguo Testamento sea un Dios
vengativo y colérico superado por el Dios de Jesús, sólo amor y
misericordia. Los textos del Nuevo Testamento, tanto en el Evangelio como
en otros libros, recogen el tema de la Cólera (Rom. 2, 5-8; Apoc. 6, 12-17),
así como los antiguos profetas también hablaron de la ternura ilimitada de
Dios (Ex. 34, 6-7; 15. 49, 13-16 ).

Mateo 3, 7-12; Lucas 3, 7-20; Juan 1, 19-28

APUNTES PARA EL ESTUDIO
Goyo