CAPÍTULO 9
BAJO EL SOL DEL DESIERTO

Aquella mañana, bien temprano, vi a Jesús salir de la tienda donde
dormíamos los galileos; tomó su bastón y echó a andar solo, alejándose del
río, hacia el desierto de Judá. Al poco tiempo, desapareció en un remolino
de arena...
Jesús: ¿Qué quieres, Señor?... ¿Qué esperas de mí?... ¿Qué me pides?...
¡Háblame claro para que pueda vencer el miedo y responderte!... ¡Háblame,
Señor!...

Pero eran otras voces las que escuchaba en su interior...
Voz de María: ¿Qué es lo que quieres, Jesús? Pasa un año, pasa otro y tú no
te decides por nada. Hazme caso, hijo. Olvida los sueños y sé realista.
Tienes treinta años. Ya es hora de que pongas los pies en la tierra...
Voz del Tabernero: ¡Ah, qué hombres más locos! ¡Soñando con profetas y
señales de Dios pudiendo quedarse por aquí a darse la gran vida! ¡Tú,
nazareno, ¿no te animas?! ¡Tengo muy buen vino y unas mujeres que están...!
Allá en tu pueblo no hay nada de esto.
Voz de Pedro: Te hablo en serio, Jesús... Todos podemos ser el Mesías.
¿Por qué no? Juan dice que está entre nosotros. Pues a lo mejor es este calvo
o aquel flaco o... o tú mismo, Jesús. ¡Tú mismo puedes ser el Liberador de
Israel!... ¡Tú mismo puedes ser el Liberador de Israel!...

Jesús caminó y caminó a través del desierto. Subía y bajaba las colinas,
bordeaba las grandes montañas y, cuando llegaba la noche, se tumbaba en la
arena, con la cara vuelta al cielo, como esperando una respuesta...
Jesús: ¿Qué quieres, Señor, de mí?... ¿Qué puedo hacer yo por mi pueblo?...
Juan es un profeta, sabe hablar... pero yo... yo...

¿Cuántos días pasaron?... ¿Hacia dónde quedaba el pueblo más cercano?... El
hambre y la sed fueron apoderándose de él. Nada, ni una yerba, ni una gota
de agua se veía por ninguna parte...

Jesús, con los labios resecos y azulosos se sentó sobre una roca. El sol
hervía sobre su cabeza y sintió un mareo. Después no recordó nada más.
Rodó sobre la arena y se perdió en un profundo sueño...
Tentador: ¡Pshss!... ¡Pshss!... ¡Pobre muchacho! ¿A quién se le ocurre venir
al desierto así, sin comida y sin camello? En el desierto sólo viven los
escarabajos y los lagartos...
Jesús: ¿Quién eres tú?
Tentador: Qué más da eso. Digamos que soy un sueño...
Jesús: Bah, entonces no me sirves para nada.
Tentador: No lo creas. A veces los sueños son más reales que la misma
realidad... ¡Pobre muchacho! Estás mareado por el hambre y el cansancio...
Yo te ayudaré. Pero primero tienes que decirme claramente: ¿qué has venido
a buscar aquí?
Jesús: Busco a Dios. Necesito que Dios me hable y me señale el camino que
debo seguir.
Tentador: En el desierto no hay caminos. Y en la vida tampoco. Uno se
fabrica su camino con un poco de suerte y otro poco de ambición. Yo puedo
ayudarte, Jesús de Nazaret.
Jesús: ¿Cómo sabes mi nombre?
Tentador: Por aquí pasan tan pocos visitantes que uno enseguida sabe quién
es quién.
Jesús: Y tú, ¿cómo te llamas?
Tentador: No te preocupes por eso... Escúchame: puedo darte un buen
consejo. Escúchame: ¿no has oído que los gatos tienen siete vidas y los
cocodrilos cuatro? Y tú, tú que eres un pobre hombre, ¿cuántas vidas tienes,
infeliz?
Jesús: Una... una sola, por supuesto.
Tentador: ¡Pues disfrútala, amigo!... ¿No andabas buscando un camino? Ése
es el camino que sigue la mayoría de los hombres y las mujeres y... y les va
bastante bien.
Jesús: ¿Qué debo hacer para disfrutar la vida?
Tentador: Lo primero, no pensar mucho. El pensamiento es la madre de la
tristeza.
Jesús: Eso es fácil de decir, pero... ¿y nuestro pueblo? ¿Y tantas injusticias
que hay que arreglar? ¿Cómo puedo yo dejar de pensar en esas cosas?
Tentador: Bah, idealismos de juventud. El mundo seguirá igual contigo o sin
ti. Pasarán dos mil años y los pobres seguirán siendo pobres, y los ricos,
ricos. Y los abusos que se cometieron ayer se repetirán mañana.
Jesús: Tal vez tengas razón, pero...
Tentador: Escúchame, Jesús de Nazaret. Mira estas piedras... Imagínate que
esta piedra fuera un pan, un sabroso pan sacado del horno... Ah, mi buen
amigo: comer es la primera norma para disfrutar la vida.
Jesús: Pero no sólo de pan vive el hombre...
Tentador: ¡Claro que no! Buena comida para la tripa, buen vino para la
garganta y ¡buenas mujeres para la cama!
Jesús: ¿Y la Palabra de Dios? También el hombre vive de la Palabra de
Dios.
Tentador: Uff, olvídate de Dios. El tiene sus problemas en el cielo y tú los
tuyos en la tierra. ¿Sabes lo que tú necesitas? ¡Dinero!... El dinero, amigo, es
la llave de la felicidad. Con dinero lo puedes comprar todo. Hazme caso:
consigue dinero, mucho dinero, y tendrás una vida cómoda y feliz.
Jesús: Pero, ¿dónde voy a encontrar yo ese tesoro de monedas? No es fácil
llegar a ser rico.
Tentador: Para ti sí. Tienes buena cara para los negocios. Estoy seguro de
que si te mudas a Jerusalén y comienzas, por ejemplo, con una pequeña casa
de préstamos... o un comercio de púrpura... Tú progresarás, muchacho. Tú
podrás cambiar las piedras en pan; ¡y el pan en dinero! ¡y el dinero lo da
todo! Disfruta la vida y no pienses... Vamos, decídete... ¿qué esperas?
Jesús: No sé, pero... Yo busco otra cosa... Dinero, lujos, seguridad... Y
luego, ¿qué?
Tentador: Me lo imaginaba, muchacho. No eres de los del montón que se
conforman con hacer lo que todos hacen. Todos quieren dinero. Todos
quieren gozar la vida. Tú quieres algo más... ¡tú quieres dominar la vida!
Llevar tú el timón del barco, ¿no es eso?
Jesús: No te entiendo.
Tentador: Ven, dame la mano y acompáñame...
Jesús: ¿A dónde me llevas?
Tentador: Mira, observa desde esta montaña. Desde aquí puedes elegir bien.
Mira todos los reinos y los gobiernos de este mundo: Jerusalén, Egipto,
Babilonia... Atenas... Roma... ¿Cuál te gusta más? ¿Cuál prefieres?...
Jesús: Pero, ¿de qué me estás hablando?
Tentador: Que si tú quieres, puedes llegar a ser el dueño de cualquiera de
estos imperios... o, si eres muy ambicioso, como el gran Alejandro, de todos
juntos.
Jesús: Pero eso es imposible. Yo... yo soy un campesino con las sandalias
rotas... No tengo ni cuatro palmos de tierra míos y tú me hablas de ser dueño
de...
Tentador: Todo es cuestión de proponérselo. Poco a poco, irás subiendo la
escalera del poder. Convéncete, muchacho: la política es el arte de pisarle la
cabeza al que está en el escalón más bajo.
Jesús: Precisamente, ése soy yo. Estoy en el escalón más bajo. ¿A quién
puedo pisar? ¿Qué tendría que hacer para ir subiendo?
Tentador: Yo te ayudaré. Confía en mí.
Jesús: Pero, ¿quién eres tú? Dímelo, por favor.
Tentador: Yo soy la ambición de poder que llevas escondida en tu alma,
Jesús. No te conformas con dinero y lujos porque quieres gobernar y tener
poder sobre otros hombres. Y es natural. Ya te dije que los hombres como tú
no se contentan con disfrutar la vida. Además quieren tener las riendas...
¡Mira!... Ese va a armar la guerra contra su vecino. Y ganará, no lo dudes,
porque es ambicioso. Ya tiene a cientos de miles bajo sus botas y bajo su
látigo. Y tendrá muchos más. Todos le obedecen. Todos están a su servicio.
Jesús: No sé, pero... yo prefiero servir y no ser servido.
Tentador: Eres un soñador, Jesús. A ver, dime, ¿a quién quieres servir?
Jesús: No sé... servir a Dios... servir a mi pueblo Israel...
Tentador: Ah, ya entiendo, ¿cómo no lo pensé antes? Tu soberbia es mayor
de lo que yo sospechaba. Hablemos claramente, Jesús de Nazaret: tú quieres
ser el Mesías que todos los judíos esperan desde hace siglos... Sí, no pongas
esa cara... Tú sabes muy bien de lo que estoy hablando. El dinero es vulgar.
El poder es también aburrido, lo reconozco. Tú quieres algo especial. Tú
quieres ser el Mesías de Israel, el Salvador del mundo. Que se hable de ti
por los siglos de los siglos, que se escriban bibliotecas enteras contando tus
palabras, tener muchos seguidores, una organización poderosa, con dinero y
con influencias, por supuesto...
Jesús: ¿Cómo puedes hablar así? Nunca he pensado nada de eso...
Tentador: Ven, lo que hace falta para comenzar tu carrera es un buen golpe
de efecto, ¿comprendes?... Vayamos a Jerusalén, al templo, a la punta más
alta de las murallas...
Jesús: Déjame, no quiero ir, déjame...
Tentador: Mira... ¡400 codos de altura!... Mira hacia abajo... Fíjate en ese
rebaño humano... Todos se han reunido para ver el milagro.
Jesús: ¿Qué milagro?
Tentador: ¡El tuyo! Cierra los ojos y tírate desde aquí arriba.
Jesús: ¿Estás loco? ¡Me mataría!
Tentador: No, qué va. Yo me pondré abajo y no permitiré que tus pies se
rocen siquiera con una piedra. Confía en mí.
Jesús: Pero, ¿qué gano yo con tirarme?
Tentador: Este será el primer milagro. Luego vendrán otros mayores. La
gente te aplaudirá. Y tú dirás: ¿a quién buscan? ¿Al Mesías, al Liberador?
¡Yo soy! Y todos se arrodillarán ante ti y tú serás grande, ¡tu fama llenará el
mundo!
Jesús: Pero...
Tentador: Pero nada. No lo pienses más. ¿No oyes a la gente que espera?
¡Vamos, tírate ya de la muralla! ¡Yo me ocuparé del resto!
Jesús: Espérate... no sé, eso es tentar a Dios. No se debe tentar a Dios.
Tentador: ¡Dios! ¡Dios! ¡Deja a Dios tranquilo, imbécil!
Jesús: ¡Déjame tú tranquilo también! ¡Vete! ¡Vete...! ¡Vete!
Tentador: ¡Qué pena me das, Jesús de Nazaret! Vas por mal camino,
muchacho. Está bien, cabeza dura. Ya te arrepentirás de no haberme hecho
caso. Nos volveremos a encontrar. ¡Hasta la vista!
Jesús: Espera, dime quién eres... ¡¿Quién eres?! ¡¿Cómo te llamas?!
Camellero: Me llamo Nasim. Soy samaritano y hago esta ruta del desierto
para llegar antes a Jericó...

Un viejo camellero pasaba por aquel lugar y, al ver a Jesús tirado en la
arena, se le acercó para ayudarle...
Camellero: ¿Cómo te llamas tú, eh?... ¿Has perdido tu camello?... ¿Te han
asaltado los bandidos?... Ay, hermano, este desierto es traicionero... Hasta
los demonios tiemblan cuando tienen que atravesarlo... Tú estabas gritando
mucho... y me acerqué a ver qué pasaba... Venga, sube...¡uff!, ya está... Estás
medio muerto, hermano... anda, bebe esta leche de cabra... vámonos, que
todavía nos falta un buen trecho hasta Jericó... ¡Hala, camello, vamos,
camellooo!

¿Cuántos días había estado Jesús en aquellas montañas grises y peladas? No
lo podía saber. En el desierto, durante cuarenta años, Dios puso a prueba a
su pueblo y permitió que fuera tentado. También el profeta Elías atravesó el
desierto y durante cuarenta días y cuarenta noches buscó el rostro de Dios. Y
Juan el Bautista había aprendido a gritar en aquellas soledades que el
Liberador de Israel ya se acercaba.

Así como Galilea, la región norte de Israel, es fértil y siempre verde, Judea
la región sur es, zona seca, de escasa vegetación y, en algunos lugares, de
auténtico desierto. En estas tierras deshabitadas, a las que Jesús se dirige,
apenas crecen más que espinas y abrojos. Casi no llueve y sólo pasan
caravanas de camellos. En la actualidad, se puede ver, cerca de la ciudad de
Jericó, en pleno desierto de Judea, el llamado Monte de las Tentaciones,
donde la tradición cristiana ha fijado desde hace muchos siglos el lugar
donde Jesús habría sido tentado. En la ladera de este monte viven algunos
monjes ortodoxos en un viejo monasterio. El pueblo de Israel creía que el
desierto era terreno maldito por Dios y, por esto, era estéril. Allí sólo podían
vivir animales salvajes y demonios. Todo esto hacía que el desierto se
considerara un lugar extremadamente peligroso, donde el hombre era puesto
a prueba y podía sucumbir a la tentación.

Pero el desierto no era únicamente un lugar terrible. La larga peregrinación
de los israelitas por el desierto a lo largo de cuarenta años hasta llegar a la
tierra prometida, hizo que la tradición de Israel lo considerara también como
lugar privilegiado para el encuentro con Dios y para conocer mejor sus
planes en la soledad y el riesgo. Entre estos dos sentidos, de enfrentamiento
con el mal y de revelación de Dios, se mueve el texto de las tentaciones de
Jesús que los evangelistas nos ofrecen.

El relato evangélico de las tentaciones no debe ser leído como una narración
histórica, sino como un resumen teológico de los desafíos que Jesús, como
Siervo de Yavé, tuvo que superar a lo largo de toda su vida para ser fiel
hasta el final: la tentación de la seguridad, de la vida sin riesgo, del buscar el
propio provecho; la tentación del poder-dinero con el que sojuzgar a los
demás; la tentación de un Mesías que busca ser servido en vez de servir.
Jesús, como todo hombre que toma en serio un compromiso, tuvo que
experimentar flaquezas y tuvo que elegir una y otra vez el camino de la
generosidad. Renovó continuamente su propia vocación. Y, al hacerlo,
superó una tentación que los evangelios nos cuentan esquemáticamente en
tres momentos.

La clave para entender el relato de las tentaciones está en las tres frases con
las que Jesús responde al Tentador. Las tres aparecen en la narración del
peregrinaje del pueblo hebreo por el desierto (Deut. 8, 3; 6, 16 y 6, 13). Lo
que Dios pidió a su pueblo en la marcha por el desierto para comprobar su
fidelidad se renueva en Jesús. Jesús soporta las mismas tentaciones que
hacía siglos había soportado el pueblo: Entonces Israel le falló a Dios, cayó
en la tentación de la desconfianza, de la acumulación y de la prepotencia.
Pero Jesús se mantuvo fiel. En su historia personal se rescata y llega a su
plenitud la historia colectiva de su pueblo. La cultura y el estilo literario del
tiempo de Jesús obligaba a usar en estos relatos la figura de un Tentador
exterior a la persona tentada. Así aparece el demonio como interlocutor de
Jesús. La Biblia menciona frecuentemente al demonio bajo diversos
nombres: El Adversario, Luzbel, Satanás, Belcebú, etc... Hay que tener un
gran cuidado y saber descubrir en cada ocasión qué quiere decir el relator al
recurrir a este personaje.

Mateo 4, 1-11; Marcos 1, 12-13;
Lucas 4, 1-13

LA NARRACIÓN
ENCUENTRO CON LA BUENA NOTICIA
APUNTES PARA EL ESTUDIO
José Gómez Segura