BENDECIR ES SALUD


Estrenamos el año con una bendición del cielo. No es poca suerte. Las
bendiciones de la tierra nos las prodigamos con esas sinceras o rutinarias
felicitaciones: "Feliz año", "Urte Berri on"... Lo de sinceras o rutinarias
lo digo apuntando al corazón. La bendición del cielo nos llega con el
encanto del corazón de Dios. Que miremos o no al remitente es cosa
nuestra.

Conozco a padres que bendicen a sus
pequeños cada noche antes de dormirse;
es un encuentro gratificante y pacificador.
Conozco a una madre que, cuando sus
hijos salen de casa hacia el colegio o a
jugar a la calle, los bendicen con una
bendición en su corazón.

Previo a bendecir es ser uno mismo
bendición. Decir de una persona que es
una bendición es decir mucho de ella.
Sentirse uno mismo bendecido es
reencontrar las fuentes de la bondad y la
mejor terapia para consolidar la propia
estima. Hasta en su propia enfermedad y
pobreza no son pocas las personas que se
han sentido bendecidas. No se trata de
masoquismo, sino de haber descubierto el tesoro escondido que guarda
cada acontecimiento, también los de la cáscara amarga de la
contradicción.

Descubrirse uno mismo bendecido es recuperar los ojos nuevos para
mirar toda la vida como bendición. Hagan un ensayo al levantarse, de
saludar el día como una bendición; o de entregarse a la noche y al
descanso como una bendición, o captar como bendición las
oportunidades que nos da el puesto de trabajo, el encuentro con los
amigos…

Ensayen considerar y contemplar al marido, a la esposa, a los hijos, a los
abuelos como una bendición. Y al policía y al maestro y al barrendero y al
cura y al tendero. Es un buen ejercicio para que nos nazca dentro la
primavera. Veríamos a las personas y a las cosas con otra luz. La
ecuación es: a pensamientos positivos, sentimientos positivos; a
sentimientos positivos, la vida discurre en positivo. Y seremos bendición
y bendeciremos.

No hace falta ser un experto en psicología o en antropología para advertir
que la vida y las personas se descubren así como un regalo a gustar y a
corresponder. El ejercicio de bendición nace aquí.

Se puede bendecir con el pensamiento, con el corazón y con las obras.
Para ordenar y facilitar las cosas, podemos ejercitarnos bendiciendo con
el pensamiento a cuantos se cruzan con nosotros en la calle o en la
escalera: bendiga a esa anciana, a esos niños que van al colegio, a esa
pareja que se está besando en el banco, a la madre joven que lleva al niño
en su carrito, a su vecina. Bendecir en el corazón supone un ejercicio
positivo de afectividad que nos facilita ver la bondad de cada persona,
incluso de aquellas que aparentemente no ofrecen rasgos amables que
admirar. Las personas pasan así, de ser extrañas, a prójimos. Visión
importante para garantizar la solidaridad.

El milagro de la bondad sembrada da sus frutos primeros en el corazón de
quien la practica. De aquí a bendecir con las obras hay un paso. Ceder el
asiento a una persona mayor, ayudar a cruzar una acera, sonreír a unos
niños en la plaza, visitar a un enfermo, hablar bien de los demás, respetar
los ambientes y la naturaleza es bendecir.


UNA BENDICIÓN INOLVIDABLE

Me la regaló una anciana a la que había atendido. Al despedirnos, me
agarró la mano de una manera especial y me dijo: "Que Dios se lo pague,
que Dios le bendiga"
. Aún me acompaña la bendición de aquella mujer
cargada de años y de soledades. Me supo mejor que la del obispo. Le
salió del alma. Y además era la bendición de la pobre, que tiene muchas
indulgencias ante Dios.





Mario Melgosa




Estrenamos el año
con una bendición del
cielo... que nos llega
con el encanto del
corazón de Dios...
Descubrirse uno
mismo bendecido es
recuperar los ojos
nuevos para mirar
toda la vida como
bendición... Es un
buen ejercicio para
que nos nazca dentro
la primavera.