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"¡VAYA USTED CON DIOS!"
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Se acuerdan ustedes, los mayores, cuando en el pueblo le despedían a uno con
un cariñoso "¡vaya usted con Dios!?". Era como decirle que le vaya bien el camino y las cosas. Era como si, quienes te despedían, lo hicieran bendiciéndote con la bendición del cielo. Y a esa despedida se sumaban los saludos cotidianos, "buenos días", "buenas noches nos dé Dios". Vivíamos un aire de favores divinos.
Nuestros abuelos eran gente agradecida al
cielo. Y a la bendición de despedida le
correspondía la respuesta de quien se iba:
"¡Quédese con Dios!".
En esa cultura de intercambio de favores
que cultivaba la buena vecindad y las buenas
formas, aprendíamos los pequeños a pedir
las cosas "¡por favor!"; y a recibirlas con
una palabra muy noble "¡gracias!". Todo tan
sencillo y tan normal que a uno le salía sin
querer "¡de nada!".
Me veo un nostálgico de las formas y las
buenas costumbres. Es que las formas son
muy importantes para las relaciones y la
convivencia, en casa y en la calle, entre
amigos y en el trabajo. Al recuperarlas,
saldríamos ganando todos.
"¡Vaya usted con Dios!". No le tenga miedo a Dios, que es buen compañero.
Déjese mirar al corazón por Dios, sin miedo ni vergüenza. Si usted es un hombre que juega limpio, se va a sentir muy a gusto y compensado con su mirada. Si usted juega sucio y siente vergüenza o miedo de que vean su corazón, no cometa la torpeza de alejarle a Dios de su vista, aunque su voz "moleste" a su conciencia; apréciela como la voz de un médico. Además, como Dios que es, Él no le pierde de vista, le sigue con el amor de un padre, con la compasión de una madre. Vaya usted con Dios, que es buena compañía.
Recuerde que todas sus palabras son evangelio o palabras buenas para el
camino, para sanar y fortalecer el corazón, como las palabras del mejor amigo.
Por otro lado, el camino es el lugar privilegiado para hacer amigos, también para
hacerse amigo de Dios. En las páginas del evangelio se le recuerda como luz en las tinieblas, como pan y agua para los hambrientos y sedientos, o verdad en las encrucijadas, como compañero con tu carga a cuestas, y premio y descanso en las fatigas. Muchos otros caminantes se lo pueden contar.
"¡Vaya usted con Dios!", se lo digo a usted, aunque usted crea que le estoy
diciendo una "memez", porque quizá hace tiempo que usted -queriéndolo o sin querer- le perdió de vista a Dios. Yo se lo digo como una bendición, precisamente ahora, al estrenar el año, desde aquí, en público, como se dice "adiós" en la calle. Se lo suelto como soltamos palomas de la paz. Que lo de las buenas maneras es de bien nacidos. Buenos días nos dé Dios al despertar. Y cuando apague la luz para descansar, buenas noches nos dé Dios. Y cuando salga de casa cada mañana: ¡Vaya usted con Dios!
Mario Melgosa
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No le tenga usted
miedo a Dios, que es buen compañero... Él no le pierde de vista, le sigue con el amor de un padre, con la compasión de una madre... Todas sus palabras son buenas para el camino, para sanar y fortalecer el corazón, como las palabras del mejor amigo. |