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POR LA SEÑAL DE LA SANTA CRUZ
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A la pregunta sobre la identidad cristiana "¿cuál es la señal del
cristiano?" el viejo Catecismo contestaba así: "La señal del cristiano es la Santa Cruz". Y eso debía quedar bien grabado en la memoria, entre otras cosas para no desmemoriarnos y perder nuestra identidad.
Luego, cuando la recuperación verbal del "amor" como la nota, señal o
distintivo que nos dejó Jesús: "En esto conoceréis que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros"; o las otras palabras más fuertes: "Amad a vuestros enemigos", lo de la cruz quedó relegado a la penumbra. "Hablemos, hablemos del amor..."
Íbamos así con los tiempos, hablando y
cantando al amor y silenciando la cruz. En
la sociedad de la opulencia, con pánico al
sufrimiento, no era de buen gusto
nombrarla, a no ser que fuera una cruz de
oro. De oro, sí, fuera la imagen de la cruz
o la del diablo. El oro da valor. Lo demás,
la cruz con recuerdos del calvario, era
como nombrar la soga en casa del
ahorcado. La sociedad de la opulencia no
aguanta el crucifijo.
No nos va mal sacudir de la cruz ese
"dolorismo victimista" canonizado como
ofrenda agradable a Dios. Dicho más
claramente: o descubrimos en la cruz la más
bella historia del amor de Dios que se
entrega hasta desfigurarse de Dios y morir
en la cruz, o estamos ante una cruz no
cristiana. Dicho esto, así tan desnudamente,
nos conviene apuntar que hablar de amor
divino o humano sin cruz es no tocar tierra;
ni cruz sin amor, ni amor sin cruz.
Cruz y amor hacen la cruz cristiana, son
como los dos palos de los que colgaron al
Salvador: con ellos crucificaron al amor.
El signo de la cruz concentra la historia del mundo amasada entre
cobardías y heroicidades, entre inocentes y verdugos, calumniados y calumniadores, despojados y despojadores. La cruz de Cristo revela muchas cosas, por eso ponerse ante ella requiere mucha sinceridad; es fácil camuflarla o cmuflarse. Algo así ocurre con el amor.
El signo de la cruz es el veredicto que nos califica qué clase de gente o
"gentuza" es cada uno.
El signo de la cruz, más allá de toda confesión religiosa es una lección
práctica de humanismo práctico: cómo se crece como hombre o cómo se empequeñece y deshumaniza.
El signo de la cruz rompe el bloqueo materialista que nos enjaula en el
momento presente y le impide soñar a la sangre y al espíritu en la eternidad. Por eso es también signo de esperanza.
La cruz, con la imagen del Crucificado, ha sido invocada como
bendición sobre los hogares, en los montes, en los cruces de caminos, sobre la cuna de los recién nacidos, en la cabecera de los enfermos. La cruz ha acompañado el último adiós del cristiano al salir de este mundo.
Bendecimos con la cruz a los esposos, a los niños... porque la cruz ha
bendecido las cruces, y habla siempre de resurrección.
El signo de la cruz nos dice quién es Dios; nos habla del Dios amor. Y
nos recuerda que la última palabra para el hombre no la tiene ningún poderoso de la tierra; se la reserva él y es palabra de amor o de resurrección.
Mario Melgosa
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Crucero de Ezkioga
(Gipuzkoa)
Ahí está este crucero
que nuestros mayores levantaron. A la entrada del pueblo, para bendecir a los que regresan; y a la salida, para acompañar a los que parten. |