|
Y ¿QUÉ SÉ YO DE DIOS?
En vida de hombre "se nos dijo" Dios
|
|
LO SÉ POR UN HOMBRE DE DIOS. Un hombre de Dios te lo dice con SU vida
o se insinúa. Insinuar es un buen verbo para acercarnos al misterio, y para quien quiera conocer las huellas de Dios, y seguirle.
Un hombre de Dios es la mejor teología, o los conceptos dichos con la vida. Y
para distinguir a un hombre de Dios de quien no lo es o de cualquier otro sucedáneo hay una clave que todo el mundo puede utilizar: el paso de un hombre de Dios, o de un hombre de verdad (que es lo mismo) crea vida, fraternidad, levanta al caído y sana sus heridas, alienta la esperanza contra todo desaliento, incluso con el horizonte de la muerte enfrente, o el pecado invadiendo la conciencia.
En vida de hombre se nos dijo Dios y en vida de hombre me
dijo quién es el hombre. y para más claridad, en un hombre
crucificado.
En esa cruz, en la unión de padre e hijo, Dios y el Hombre
fueron crucificados: así de escandaloso y así de "herético".
Tener la imagen de un crucificado en casa o pasearlo por la
ciudad en fechas convenidas "no es de buen gusto". Y
menos, cuando nos recuerda nuestras complicidades con
esa muerte. En el crucificado podemos reconocernos los
hombres y los grupos con todas sus miserias. Y aunque
reconocer el mal y nombrarlo es la primera condición para
recuperar la salud, no nos gusta poner nombre propio a
nuestras fechorías.
¿Por qué lo crucificaron? Porque los hombres crucificamos
a quien nos estorba. Pero ésta es la mitad de la historia, la del
sin sentido y la locura humana. Esta es la historia en negativo. Este hombre de Dios
murió porque amó de verdad al hombre, y el que ama se desvive y le desviven. Fue un amor fiel; y no le echó atrás ni ese tipo de muerte tan cruel y humillante. Tuvo miedo como cualquier mortal; sintió la oscuridad del cielo y preguntó desde su soledad a Dios, como preguntamos todos los hombres cuando la desgracia nos aprieta el corazón hasta el desgarro del alma; pero su amor fue más grande que su miedo. Si, como decía el profeta, su aspecto de "no-hombre", roto a golpes y sufrimientos, nos lleva a apartar de él nuestra mirada (Isaias 53,2ss), su bondad le hace atrayente como "el más bello de los hombres" Salmo 44.
Y, alternando la mirada del crucifijo al cielo y del cielo al crucifijo, ya sabemos
quién es Dios: no hay más Díos de verdad que el Dios crucificado. ¿Absurdo? Sí. ¿Escándalo? También.
Pero sólo escándalo de entrada. Por esta puerta se llega a descubrir que Dios es
amor encarnado hasta contagiarse y sufrir los efectos mortales del pecado de sus hijos. Por esta puerta se conocen también las ruindades con que los hombres tratan a sus semejantes, y la grandeza de quienes se echan al corazón y a los hombros las cruces de sus hermanos.
Si me retiran el crucifijo, habríamos retirado de la memoria de nuestros hijos y del
mundo la más bella historia de amor y de perdón que ha suscitado infinidad de heroísmos durante veinte siglos. Si me retiran el crucifijo, ni sabemos quién es Dios, ni hasta dónde puede llegar el hombre en su locura y en su entrega.
Si retiramos el crucifijo, seguiremos creándonos dioses a nuestra imagen y
semejanza. Y; después de todo, seguiremos en la soledad de no saber si alguien nos ama; o qué sentido tiene la vida, si todo acaba en un viernes infernal sin "tercer día", sin el amanecer de la Pascua.
El cuerpo destrozado del Crucificado no pide venganza; excusa y perdona; sólo
grita "amaos como yo os he amado". El Crucificado revive el eco de Dios al hombre: "Te amo". Ahora ya sé "algo" de Dios y del Hombre.
Mario Melgosa
|
|
El paso de un
hombre de Dios... crea vida, fraternidad, levanta al caído y sana sus heridas, alienta la esperanza contra todo desaliento...
El cuerpo del
Crucificado excusa y perdona, sólo grita "amaos como yo os he amado" |