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"ELOGIO DE UNA ENCÍCLICA"
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Benedicto XVI nos ha sorprendido con su primera encíclica. Supongo que
a más de un teólogo le habrá sabido a poco De un filósofo y teólogo alemán, del Ratzinger vigía en la iglesia de la ortodoxia católica, esperábamos una encíclica doctrinal, sesuda, pesada, fundamentada sobre un acerbo de citas que la apoyasen e ilustraran. Y de esto, poco o nada. Y yo digo, “de esto”, lo mejor y todo. El teólogo doctrinal ha cedido al Pastor. Y desde ahí ha ido a lo fundamental de la fe: Dios es amor.
Todo lo que se diga y haga en la Iglesia debe
ser explicación y desarrollo de este núcleo;
si no, está de sobra y no merece la pena
dedicarle ni atención ni tiempo. La Carta le ha
salido del alma, seguida, sin necesidad de
mirar a los libros. Por eso no tiene la autoridad
de los letrados y los escribas, sino de un
testigo de la fe y del Pastor a quien se le ha
confiado acompañar y animar la fe de sus
hermanos. “Dios es amor, y quien permanece
en el amor permanece en Dios y Dios en él”
1 Juan 4, 6. Mejor no se podía empezar, ni hay
una cita de más autoridad.
De apariencia ingenua, es una encíclica
provocativa. Benedicto XVI. gran conocedor
de las raíces de la cultura de nuestro tiempo, escucha la provocación
implícita o explícita de esta cultura: “Si Dios es amor y ha creado al hombre a su imagen y semejanza, ¿por qué éste lo siente como amenaza o con indiferencia?”. No acusa; sencillamente recoge con honestidad un hecho que llama a su corazón de pastor universal. Esta provocación la remite a toda la iglesia. Al mostrárnosla en la primera encíclica está apuntando ya por dónde van sus preocupaciones de Papa. Y vuelve a escuchar la pregunta del hombre realista: “¿Se puede amar a Dios a quien no vemos?”. Desde aquí el Papa insta a toda la Iglesia a recuperar su razón de ser y de actuar: manifestar con hechos y palabras que Dios es amor. Y amor que se hace visible en la historia cotidiana.
Es una Carta simple, con la simplicidad del evangelio, y “tajante”. En su
simplicidad es más densa que todas las doctrinas. Es como un producto concentrado, como una fuerza nuclear que ha de expandirse y llegar a todo el tejido de la Iglesia. Es una Carta “pesada”, con el peso del amor a la hora de cualquier discernimiento en la comunidad cristiana. Es a la vez “sesuda” y cordial, porque toca al pensamiento y devuelve al corazón los afectos y el encanto de creer.
La Iglesia tiene cuestiones (o cuentas) pendientes con el tema del amor. La
Encíclica habla del “eros” y del “ágape” con un lenguaje nuevo y con gran simpatía, hasta integrarlos.
Benedicto XVI nos ha dado su primara Encíclica como “la señal de salida”
de su pontificado, apuntando a la verdad primigenia de la fe y de la experiencia cristiana, porque es el amor (el hombre ya lo intuía) lo que ilusiona la vida y renovará el mundo, la Iglesia y todo.
Es una encíclica que pone en revisión a toda la Iglesia: el derecho
canónico, los rituales, las normas, la teología, estructuras vaticanas y parroquiales; todo lo que no exprese ni signifique o no testimonie el amor de Dios está de sobra, por inútil o, lo que podría ser peor, por escándalo.
Esta Carta de apariencia ingenua contiene muchas claves para el cambio o
la conversión. El gran desafío desde el Vaticano al último lugar del mundo es “hacerla” verdad, para que viendo, el mundo crea, y el hombre se sepa amado.
Mario Melgosa
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Benedicto VXI, como
filósofo y teólogo está apelando contínuamente a la Verdad. Con esta encíclica nos pone ante la verdad (maravillosa) del hombre, y la verdad (también maravillosa) de la Iglesia. La carta resulta optimista e ilusionante. |