"LA MUERTE NO ES LA ÚLTIMA PALABRA
PARA EL HOMBRE"


El núcleo de la fe cristiana es muy conciso: “Aquel a quien vosotros
matasteis, Jesús de Nazaret, Dios lo resucitó”
. Es decir, la muerte no es
la última palabra para el hombre. Pero si la fe no pasa a ser convicción y
experiencia que cambie, aliente y abra horizontes vitales al hombre, de
poco le sirve.

El riesgo actual y de siempre es que nuestra profesión de fe no enganche
con la vida real. Cada persona y cada generación de creyentes, tendrán
que recuperar este núcleo de su fe cristiana para vivir de él y ofrecérselo
de modo creíble al mundo. La fe cristiana se lo juega todo a esta carta:
Cristo ha resucitado.

De aquí depende nuestra fe en Dios y un estilo
de vida nuevo. La resurrección de Jesús no es
un retorno a su vida anterior, ni la supervivencia
de su alma inmortal, ni es una operación
biológica, ni la esperanza de un recuerdo: Jesús
realmente ha sido liberado de la muerte y ha
entrado en la vida de Dios. Su realidad entera
está más allá de la historia de este mundo. Es
un hecho real que ha sucedido. El hecho más
real y decisivo para el hombre.

Sin la resurrección de Jesús el Padre no sería
creíble. Cristo dejaría de ser el Salvador, sería
un tipo admirable, el mayor de los profetas,
pero, en definitiva, un fracasado más en la larga
lista de los que con ilusión han dado la vida por
un mundo nuevo.

Sin la resurrección de Jesús, Dios quedaría en la lejanía, en su silencio; no
sabríamos si impotente o desinteresado frente a la tragedia del sufrimiento
humano. Y, lo que es peor, frente a la conducta de los cínicos, que
aplastan al Justo. El hombre se vería una vez más abandonado en su
destino, perdido en su angustia real y en una esperanza imposible. ¿Para
qué ser bueno, si el bueno siempre acaba derrotado y eliminado? Si el
triunfo de la historia es del mal, Cristo dejaría de ser el Señor. Dios no
sería ya el Dios de nuestro credo, el que da la vida a los muertos.

Pero este contenido teórico ha de pasar a nuestra vida cotidiana. Por eso
es bueno rehacer la experiencia de la primera comunidad cristiana: los
evangelistas no supieron ni pudieron decir mejor el hecho y misterio de la
resurrección de Jesucristo, que a través de los relatos de las apariciones.
Esos cuadros están apuntando a una experiencia religiosa fundante: les
cuesta reconocerlo a Jesús; el Maestro ya no es el mismo. Vive y está
presente de un modo nuevo, distinto, superior al corporal. Sus mentes y
su libertad han sido liberadas, y advierten y experimentan que aquel Jesús
en quien habían creído y a quien los hombres mataron, vive, está con ellos
y actúa.

La experiencia cristiana ha de nutrirse de este encuentro con el Resucitado.
Cuando hoy hablamos del Señor que venció a la muerte, no hablamos de
un ausente, sino de Alguien que confesamos presente, que actúa en
nuestras vidas.

En los relatos pascuales, a la vez que es Él quien se deja ver
(acontecimiento de gracia que habrá que suplicarlo) se apuntan también los
caminos de ese encuentro: la escucha de la Palabra, la cena eucarística, la
búsqueda interior, la escucha de la voz en la conciencia, la oración
cristiana en comunidad, el encuentro con los más pequeños...

Así la fe en la resurrección de Jesús nos lleva a una fe nueva en Dios, a una
fuente de liberación y a un horizonte nuevo de vida eterna.




Mario Melgosa




Sin la resurrección de
Jesús el Padre no
sería creible. Cristo
dejaría de ser el
Salvador... Dios
quedaría en la lejanía,
en su silencio...
Hablamos del Señor
que venció a la
muerte, no de un
ausente, sino de
Alguien que
confesamos presente
y que actúa en
nuestras vidas.