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MATAR EN NOMBRE DE DIOS
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Desde el Viernes Santo, invocar a Dios como el "Dios de los Ejércitos"
es un apodo de mal gusto que desfigura su rostro. Lo del Viernes Santo es cosa de los hombres. Matar al hombre no es de Dios. Lo de Dios es el domingo de Resurrección, dar la vida.
Conviene recordar que al hombre que colgaron en el Calvario lo colgaron
unos hombres que, en nombre de Dios, se creían con autoridad para eliminar al hombre. Conviene no olvidar que en el nombre de Dios, y con su gloria por delante, se han defendido muchos intereses, muchas otras glorias y se han encubierto no pocas ruindades, fanatizando las conciencias y bendiciendo masacres.
Hasta la inspiración divina de la Biblia,
al transmitirla los humanos, queda
tocada de esta apropiación de Dios y
su clemencia en justificación divina de
guerras y otros expolios.
A Dios se le respeta, se le ama, se le da
gloria y culto, y se le sirve, cuando se
ama al hombre y se cultiva la vida,
cuando vamos creciendo a su imagen y
semejanza, practicando su misericordia
entrañable.
Vincular una guerra a la causa de Dios
es hoy, cuando menos, un sacrilegio;
dejémoslo en una manera inhumana de dirimir -que no arreglar- las
contiendas entre los hombres o entre las zonas de poder y de egoísmos.
A propósito de mártires, conviene aclarar estas cosas, para no canonizar
blasfemias. La sinceridad con que uno puede entregar su vida a la causa de su fe en Dios es otra cosa. La sinceridad no coincide siempre con la verdad, ni la generosidad con la bondad. San Pablo, sabiamente nos advertía: “puedo entregar mi cuerpo a llamas; si no tengo amor, no soy nada”. Con sinceridad puede una persona cortarle la cabeza a un hereje. Con sinceridad y generosidad puede uno apuntarse en la lista de kamikazes para inmolarse -matando- por su fe islámica u otras causas santas. Pero el mártir cristiano es otra cosa: muere perdonando, y prefiere morir a matar.
No hay causa, por santa que sea, que excuse o legitime, y menos aún que
impulse a matar al hombre. Matar en nombre de Dios es una blasfemia a ese Dios cuya causa pretendemos defender.
"No me honréis con sacrificios ni holocaustos; lo que quiero y me
agrada es la misericordia entrañable", dicen los profetas bíblicos en nombre de Dios. La misericordia es la clave del progreso y la felicidad de los pueblos.
La misericordia supone entrañar el dolor y la vida ajenos hasta tocar
nuestras entrañas. De la justicia sin entrañas no podemos esperar nada. Y de la religión sin entrañas, menos.
El ser humano -por naturaleza- es un ser entrañable. Sin entrañas ha
perdido su esencia de hombre. Una cultura sin entrañas genera corrupción y muerte.
Mario Melgosa
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A Dios se le respeta,
se le ama, se le da gloria y culto, y se le sirve, cuando se ama al hombre y se cultiva la vida, cuando vamos creciendo a su imagen y semejanza, practicando su misericordia entrañable... La misericordia es la clave del progreso y la felicidad de los pueblos. |