EN NOMBRE DE LA CALIDAD DE VIDA


LA CALIDAD DE VIDA no es un tema menor. Estamos viendo que en su nombre
podemos deshacernos impunemente de los viejos, de los enfermos, de los niños
con minusvalías acentuadas o de embriones que no hayan alcanzado ese umbral
mínimo que nosotros consideremos como una “aceptable calidad de vida”, para
decidir si la vida merece la pena vivirse o no.

¿QUÉ ES ESO DE CALIDAD DE VIDA? Es bueno desnudar
las palabras para enterarnos, al menos, de qué estamos
hablando o qué pretenden vendernos. No estamos hablando de
la prolongación artificial de la vida y; menos aún, del
encarnizamiento terapéutico. Y esto es precisamente lo que
suele presentarse como alternativa a la eutanasia. Nada más falso
o insidioso. Estamos hablando de dos cosas muy distintas:
prolongar la vida artificialmente, no; eutanasia o terminar con el
enfermo, no. El No que decimos es un sí a la vida: medicina
paliativa, sí; analgésicos para combatir el dolor que nos muerde
el cuerpo y el alma, aunque indirectamente nos abrevien la vida,
sí. Para terminar con el enfermo, no.

PALABRAS CON TRUCO para el manejo de la opinión pública: provocar la
muerte de un ser humano lo revestimos de “humanidad y compasión”; tirar la
toalla, de “dignidad”; quitarse uno a sí mismo del medio, de “valor”; hacer de mi
vida lo que quiero, de “progresía”. De “progresía” sí, de progreso, no, al menos
que truquemos el diccionario, la historia, la deontología médica, el derecho y el
humanismo. Observen que no he mentado la religión, que en boca y propaganda
del laicismo obseso suele presentarse al vulgo como un muñeco a dilapidar.
Desnudar las palabras es la primera tarea. Distinguir para no confundir.

Si disponer de la vida propia, y no digamos ya de la ajena, queda a merced de lo
que cada uno considere para sí o para otros ese umbral mínimo de “calidad”;
hemos minado los cimientos del derecho. La frase izada como bandera y conquista
de la libertad “hago de mi vida lo que quiero” es lo más antiprogreso y
antihumano y diametralmente opuesto a una conciencia social, aunque pretenda
lucirse con este nombre. Qué bien lo captó el poeta: “el esclavo canta a la
libertad; el libre canta al amor”
. La libertad -no trucada- sirve a la vida, es
solidaria. De “hago de mi vida lo que quiero”, a disponer de la vida de los
demás, o a no contar con ellos, hay sólo un paso. Basta abrir los ojos a cuadros
familiares o a los hospitales y clínicas donde se ha abierto la puerta a la eutanasia:
Holanda está a la vuelta de la esquina; y lo del “Severo Ochoa” de Madrid, da qué
pensar.

Y NO ES ASUNTO DE CREENCIAS RELIGIOSAS: el Comité Permanente de
Médicos Europeos se ha pronunciado tajantemente contra la eutanasia, en un
documento suscrito por todos los miembros del Comité a excepción de Holanda:
no es ético tomar medidas cuya finalidad sea terminar deliberadamente con la vida
de un paciente, tanto si es a petición del mismo o de sus familiares, como si no lo
son. Los médicos están muy cerca de este tema y saben como nadie lo que está en
juego. La medicina y los cuidados paliativos eliminan el dolor; humanizan el
sufrimiento y la muerte; la eutanasia elimina al paciente.

CALIDAD DE VIDA: ¿Hablamos de salud, de integridad física o síquica, de
dinero, de aceptación social...? ¿Quién pone el dintel? ¿Qué es una vida
soportable? Podemos mirar a poblaciones enteras del tercer mundo, a un
manicomio, a los ancianos más deteriorados de una residencia, al colectivo
tetrapléjico... y empezar a temblar.

Por otra parte, no son pocos a quienes les pesa demasiado la vida hasta
escucharles “esto no es vida”, aludiendo a situaciones de trabajo, desengaños u
otras apreturas. La calidad de vida va más el “sentido de la vida” que de salud, de
minusvalías graves o de dinero.


Mario Melgosa




Todos hemos
visto a gente
muy golpeada
por la vida, y que
en esas
condiciones
adversas han
desarrollado una
gran calidad
humana y un
amor a la vida
propia y de los
demás,
envidiables.