"CON POCAS LETRAS Y ¡QUÉ SABIA ERA MI MADRE!"


Y sumo a mi madre la suya, la del otro y la del otro. ¡Qué sabias eran nuestras
madres! No necesitaron mandarnos a ninguno de los cuatro o cinco hijos al
psicólogo; y lograron sacarnos adelante (sin traumas), y para más contraste, no
eran de muchas letras. Pero tenían escuela: la de la vida y la de los hijos. O,
sencillamente tenían ojos y trabajos. ¡Vaya sí trabajaban!

No tengo nada contra los sicólogos; y a su favor, sí muchas cosas. Pero, con el
Día de la Madre estrenando mayo, me he acordado de la mía, y en su nombre,
para la suya y la del otro, va este elogio: “Notable en psicología práctica”.

Siempre he creído que, supuesto el sentido
común, la mejor sicóloga para el hijo es su
madre, por muchas razones: por naturaleza
y ejercicio. Hay una empatía natural de haber
latido juntos, por eso es una verdad
comprobada la “intuición” de las madres, el
“sexto sentido” que las acompaña por gracia
para desarrollar su vocación. Y como el arte
es también oficio, nuestras madres “ejerciendo
de madres”, aprendían y se especializaban: la
experiencia enseña.

¿Quién mejor que una madre para observar
con cariño y amor, con preocupación y con
miedo? Observar, que es ver y escuchar; y a
partir de aquí, ellas sabían acercarse o
distanciarse, tirar o soltar la cuerda, exigir o
“dejar”, hablar o callar, castigar o premiar,
reñir o consolar, comprender, ayudar, animar,
jugar o trabajar, desinflarle al hijo un complejo
o nutrirle la autoestima. Una madre está con
muchos puntos de ventaja para ejercer de
sicóloga.

El tema es de inteligencia y de corazón, más que de letras. Y es también tema de
tiempo. Tiempo para ver y escuchar y acompañar o estar con los hijos. El mejor
gabinete de psicología para los hijos es la familia, con tal de que la familia sea
familia; y se esté en familia.

“Estar” es un verbo muy importante siempre, y más cuando se trata de padres e
hijos: estar en sus apuros y en sus triunfos, en sus miedos, en sus preguntas, en
sus heridas, en sus constantes descubrimientos. Decir que “cuando me
ocurría algo importante estaba mi madre, mi padre”
es decir mucho de la
calidad de unos padres, en contraste al “no están” o “no estaban” que genera en
el hijo una sensación de soledad. o lo que aún sería peor, de abandono.

Aquí llegan los sucedáneos: para decirles que les queremos, les llenamos de
cosas y más cosas, de regalos y más regalos; pero cualquiera puede advertir
que la compañía de las cosas no puede jamás suplir a la compañía de los
padres. Con “un poco más de padres”, nos ahorraríamos muchas cosas.

Ya sé que la mejor buena voluntad de los padres -y no se trata de letrados o no-
choca contra las embestidas de una cultura que golpea por todos los flancos a
la familia.

La golpea con la provocación descarada e insinuante al consumo, con la
explotación de los deseos; o la arruina con el desmantelamiento de los
valores y la exaltación del individualismo volcado hacia lo que “me
apetece”, y del placer hasta que el cuerpo y el bolsillo aguanten. Por el
flanco del trabajo, que se paga a precio de convivencia y tiempo, que
debiéramos dedicarlo descansadamente a la familia. Por el flanco de las
políticas familiares, o por la fatuidad de un pedagogo que acusa de malos
tratos el cachete que muy sabiamente en alguna ocasión da una madre; o
de sadismo a aquel refrán “quien bien te quiere, te hará llorar”,
olvidándonos que las plantas también lloran cuando se las poda, o el bebé
cuando lo asean.



Mario Melgosa




La condescendencia
de ayer o de hoy
deriva en la ruina de
los hijos. He
aprendido a
desconfiar de los
padres y los maestros
que no exigen. Y con
esta misma claridad
se lo advierto a quien
se está haciendo
hombre: "no creas en
nadie que no te
exige". No es lo
mismo alagar que
educar o jugar a
congraciarse. Hacerse
el gracioso no es
equivalemnte a ser
padre. Ser amigo, sí;
pero sin dejar de ser
madre o padre