LA MISA Y LA PRÁCTICA DE LA UTOPÍA


Jesús soñó cambiar el mundo, hermanar a los hombres y a pueblos con un
programa tan simple y claro que podían entenderlo y practicarlo hasta los niños:
tomó un pedazo de pan, levantó los ojos al cielo para dar gracias a Dios, lo partió y
lo repartió entre todos (también con el que le había traicionado). Acompañó ese
gesto con unas palabras muy claras: “tomad y comed todos de él; esto es mi
cuerpo entregado por vosotros”
. Esto soy yo: una vida entregada, un pan partido
y repartido que crea y recrea la vida. “Haced esto en memoria mía, hasta que
vuelva”
.

Y ya está, así de simple para quien quiera entenderlo. Sed
buenos como el pan. Juan nos transmite otra versión: el
Maestro se quitó el manto, se remangó, se ciño una toalla,
tomó un barreño y se arrodilló para lavarles los pies, como
esa mujer que corta las uñas de los pies a una anciana, como
el padre Damián que se va a vivir con los leprosos para
servirles mejor, y muere contagiado; como miles de hombres
y de mujeres que prolongan ese gesto, por nada, gratuitamente.

Con estas armas: una mesa, pan y vino y un barreño para aliviar
los pies de los cansados pretendía hacer la guerra a todas las
guerras y crear un mundo nuevo, de hermanos, según el corazón
de Dios, a quien podíamos llamar ¡Padre nuestro!, de todos. Y
acertó, porque desde aquel jueves santo, durante veinte siglos,
este signo se ha convertido en el memorial de la más bella historia
de amor en el mundo: la historia del amor de Dios al hombre.
Durante veinte siglos, todos los días, este memorial ha ido
generando e inspirando hombres y mujeres nuevos que han
entregado su vida a los demás. En esa mesa han sentido y
gustado la Alianza con Dios y lo han confesado como Padre y Creador, y palabra
amiga que alienta, perdona, ilumina y fortalece. La historia de los mártires y de las
misiones es la historia de la eucaristía.

En esta mesa de familia el hombre y la mujer son preguntados sobre su amor al
prójimo y su servicio a los más humildes. El barreño de agua y la toalla están ahí,
ofrecidos por Dios al hombre para prolongarse él mismo, lavando los pies a los
cansados. En adelante, practicar este gesto -sépase o no- es practicar el signo de
Dios, un gesto eucarístico.

Cualquiera puede intuir que ese pan y ese vaso de vino son más que pan y vino; y
cualquiera que viva para los demás puede reconocerse en las palabras
pronunciadas y escuchadas en el corazón de la misa: “éste es mi cuerpo que se
entrega para que tengáis vida”
. Una madre, un padre de familia, un político que
juega limpiamente, puede reconocerse en ellas.

Eso es participar de la misa, ser parte consciente de esa alianza, ofrecerse como
harina para ese pan. o como grano de uva para ese cáliz de bendición.

El creyente sabe que cuando se lee el evangelio y escucha “en aquel tiempo”,
aquello que aconteció está llamado a acontecer hoy y aquí: que a la vez que
memoria es profecía. Basta que uno lo crea y se deje afectar.

Todos los rituales de la Iglesia de todos los tiempos no tienen otra finalidad que
transmitir fielmente el testamento del Señor. Jesús, entregando su propia vida, nos
ha dicho quién es Dios para el hombre. Y cuáles son los caminos por donde
adquiere el hombre su verdadera grandeza humana. Después de lavarles los pies,
Jesús les dijo: “¿Entendéis lo que he hecho? Vosotros me llamáis el maestro y
el señor. Pues si yo, el maestro y el señor os he lavado los pies, también
vosotros os debéis lavar unos a otros”.


Mario Melgosa




Jesús soñó
cambiar el
mundo,
hermanar a
hombres y
pueblos... Con
una mesa, pan y
vino y un
barreño para
aliviar los pies
de los cansados
pretendía hacer
la guerra a todas
las guerras y
crear un mundo
nuevo.