|
LA PUERTA DE LA JUBILACIÓN
|
|
CRUZAR LA PUERTA DE LA JUBILACIÓN puede ser descubrirse, de la noche
a la mañana, en una tierra jubilosa, o con una sensación de inutilidad que abre el grifo de todos los lamentos. La puerta de la jubilación me pasa al gozo de la sabiduría o me arroja al barranco de todas las decrepitudes. Y ejemplos al canto que valen más que mil palabras.
También aquí la fe se nos abre como vida y luz. Y por este orden: primero vida. La
vida hace creíbles las palabras; y a la inversa: si la fe de la que usted me habla no aporta vida, usted me está engañando con palabras religiosas, o a mí me enferma la desconfianza.
POR LA MIRADA AL BARRANCO EMPIEZO. Y escucho
ayes y más lamentos de cuerpos que se van rompiendo, de
soledades abandonadas, y los gritos del silencio. La sonrisa se
ha apagado y las palabras ya no las dicen los labios; se nos
quedan dentro, doliéndonos.
Con la mirada del barranco me vuelvo para hacerme sabio. La
jubilación es una tierra fértil para el gozo de los hombres, buena
para hacernos sabios. Al decir “sabios”, digo sabios y no
“letrados” u hombres de muchas letras. Que no es raro advertir
que la letra mata también a los letrados. Sabio es el que sabe
vivir con paz y gozo en la estrechez y en la abundancia, en la
salud y en la enfermedad, en la honra y en la marginación, en la
juventud y en la vejez; sencillamente, porque ha aprendido a
valorar las cosas más pequeñas. Y ha descubierto que en cada
cruz hay un tesoro escondido, y cada edad -como las estaciones
del año- nos regala sus frutos: ¡los dulces frutos del otoño!
No es raro encontrarse con un jubilado que nos confiesa “ahora
he empezado a vivir, a gustar la vida”. No es del todo verdad.
Pero adivinamos lo que quiere decirnos: que por fin vive sin prisas,
sin las prisas que le impedían vivir. Que ha descubierto el gozo de
la libertad, de la lectura, de los paseos a ritmo de contemplación; y
también tiempo para rezar con más verdad, con más alma y más sentidos.
ENVEJECER CON ALMA CREYENTE
DESCUBRIR Y VIVIR LA FE que no se vivió es una de las grandes
oportunidades que nos ofrece la jubilación. La luz de la tarde, más serena, nos permite ver cosas que en pleno mediodía nos cegaban. Se divisan caminos recorridos para el gozo de la memoria. Se lee la propia historia con una perspectiva que nos permite descubrir nuestros aciertos y desaciertos. Y desde aquí -para iluminar el futuro- recoger las preguntas sabias que habíamos apartado por otras tareas más urgentes o distraídas.
Envejecer con alma creyente es avistar una luz en el túnel que nos presagia que hay
salida. Cada pérdida resulta así una ganancia, cada muerte una resurrección. El jubilado ve desde la fe que su vida, a la vez que se consume, se consuma con nuevos sumandos. Envejecer con alma creyente es lo mismo; pero no. Se sufre el fin, pero no el final. Porque yéndonos hasta la muerte, la muerte no es una puerta que se nos cierra, sino una puerta que se nos abre. Envejecer con alma creyente no es sentarnos a llorar el pasado, porque se nos va la vida; es mirar al futuro y ver en él nuestro pasado ya a punto de granar.
Mereció la pena sembrar y aguantar fríos y madrugones, porque ya se presiente la
cosecha.
Mario Melgosa
|
|
Cruzar la puerta
de la jubilación puede ser descubrirse... en una tierra jubilosa... tierra fértil para el gozo de los hombres, buena para hacernos sabios... Sabio es el que sabe vivir con paz y gozo en la estrechez y en la abundancia, en la salud y en la enfermedad, en la honra y en la marginación, en la juventud y en la vejez. |