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¡POBRE NAVIDAD!
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Y qué tesoro de pobreza: el Niño, María y José, la paz, el regazo. ¡Un
cielo de pobreza! Cuando lo mío es tuyo y lo tuyo es mío, es más fácil vivir en la pobreza que en la riqueza. En Navidad, Dios se nos dio entero para hacernos hijos suyos. ¡Qué tesoro de pobreza!
Después de todo, riqueza o pobreza en tanto en cuanto me ayuden a vivir
y a mantener contento el corazón; que pobreza o riqueza no nos avinagre la vida ni nos ensucie o mate la sonrisa.
¡Pobre Navidad!, me sale como un lamento,
como cuando veo a un adinerado que no ha
acertado a mantener feliz y unida a su familia.
Si aún le vive el corazón, le dolerá el vacío y
el desengaño. Porque hay infiernos de riqueza.
Más hermanos se distancian con la herencia,
que en la pobreza.
Pobre Navidad, que tan cara cuesta para
despertar ilusiones en los niños y en los
mayores. Pobres ilusiones compradas.
Pobres navidades ricas, sin Navidad, como
un relleno de otra cosa, sin legítimo sabor a
Navidad. Porque, si a la Navidad le quitamos
el Niño y la Virgen y San José, ¿qué le queda
a la Nochebuena?: un portal vacío, un belén
sin el canto de los ángeles que nos anuncien la Paz.
¿Qué son las navidades sin cuna? ¿Qué es una cuna vacía? Nostalgia de
vida, como un corazón vacío, como un pueblo sin niños.
¿Y qué anuncian las estrellas en las calles? Pobres navidades ricas rellenas
de sucedáneos de Navidad.
¿Quién les contará a los niños la Navidad y les llevará a rezar y les hablará
del Dios-con-nosotros y del amor y del perdón? ¿Quién enseñará a nuestros niños la gratuidad, a admirarse de todo y de nada, de otro niño y de las flores del campo y de las estrellas?
¿Quién les enseñará a mirar con el corazón a la vida, a las gentes, a las
cosas? Navidad es una fiesta del corazón. Por eso el corazón se emociona en Navidad, y nos aflora la bondad. Es la fiesta de la felicidad de verdad, la del cariño y la ternura y la de los sueños puros. Navidad es la fiesta de la familia y del hogar, la del cariño de madre y de hijo y de padre. Por eso es mesa compartida.
Navidad es la visita de Dios al mundo, para quedarse entre nosotros. Por
eso en Navidad el aire huele a ternura. Es la ternura de Dios. Se nos asoma el cielo en el guiño de las estrellas y en cada cuna. En Navidad a todos nos renacen los recuerdos: el niño que fuimos, la inocencia y los mejores deseos de convivencia que expresamos en mil felicitaciones.
A propósito de la felicitaciones ¡que pobres y vacuas me resultan las
tarjetas “laicas” de la Navidad, sin “belén”, sin cuna y sin niño, sin el regalo de Dios al mundo!
Mario Melgosa
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Cuando lo mío es
tuyo y lo tuyo es mío, es más fácil vivir en la pobreza que en la riqueza... Si a la Navidad le quitamos el Niño, la Virgen y San José, ¿qué le queda a la Nochebuena?... En Navidad el aire huele a ternura, a la ternura de Dios. |