EL BELÉN: ENTRE LA INGENUIDAD Y LA DISCORDIA


DE LOS CUATRO EVANGELISTAS sólo dos (Mateo y
Lucas) nos narran el nacimiento de Jesús o del Hijo del Hombre,
como gustaba llamarse Jesús a sí mismo. Ambos son un par de
maestros en el arte de la narrativa.

A la vista de todos está que una imagen vale más que mil
palabras. La imagen nos llega por los sentidos a la mente, a los
sentimientos, a los afectos. Y cuando tocamos ciertos temas
con raíces en el misterio, como el amor, el mejor lenguaje es el
de la imagen y el simbolismo. Esto es el belén: un lenguaje de
imágenes. La imagen no tiene la pretensión o la definición de un
concepto. La imagen sugiere, dice más y más cada vez que se
contempla, se aviene a sabios e iletrados, a niños y a adultos. El
lenguaje de la imagen es universal. Para entenderlo es necesario
contemplar y limpiar el corazón y escuchar; porque las imágenes
hablan al corazón, y podemos escucharlas cuando las libramos
de los ruidos. La imagen y la poesía hacen pareja para
aproximarnos a lo inefable.

La narrativa de Lucas y de Mateo nos va prestando las piezas
más importantes de nuestros belenes. Las figuras son “figura de
algo personificado” en la Virgen, en los pastores, en los sabios
de Oriente, en el rey Herodes, en un ángel. O plastificado en una
posada que cierra sus puertas a José y María porque no hay sitio
para ellos, en una cueva y un pesebre, en una estrella o en una
deslumbrante claridad en la medianoche.

Las figuras están ahí -ingenuas- apuntando a algo, a la buena
noticia que puede iluminar nuestras noches (las de la mente, de
los sentimientos y el corazón). Las figuras están ahí, sin
imponerse. Uno puede distraerse con los pliegues del manto de
san José o con la pelliza de un pastor, y no advertir qué misterio
tratan de comunicamos estas dos figuras; o maravillarnos por un
milagro físico que originó la concepción y el parto de Jesús, y
perdernos su valor de signo; o pasmarnos por la pobreza de la
cueva y la imagen bucólica de la mula y el buey, y olvidarnos de
la contemplación del misterio que representa esa escena. Uno
puede mirar a lo magos de Oriente, recordar la belleza de una
“noche de reyes”, y olvidarse de salir y echarse al camino.

En las figuras del belén aparecen los emigrantes, los sin-techo,
los que se echan al camino siguiendo la estrella que les guía a su
verdad de hombres y a Dios. Y están los que temen perder el
sillón y eliminan a inocentes para mantener el mando; y los
sencillos de corazón; y los excluidos, primeros en descubrir a
Dios; y las gentes del Templo y los letrados que saben la Biblia, pero no se mueven.
Y los humildes métodos de Dios para curar el orgullo “de cuna” que tanto nos
prestigia. Y la estrella en la noche del hombre, el espacio puro para el amor y la
palabra y la iluminación.

Cuando en el título he colocado “el belén entre la ingenuidad y la discordia” apelo a
la lucha entre la luz y las tinieblas, entre la vida y la muerte, entre el amor y el
desamor, entre el bien y el mal, que tienen su escenario en el corazón de cada ser
humano y en el curso de la Historia.

Quien conozca la Historia sabe que la discordia acompañó a este Hijo del Hombre
desde que nació hasta que se lo quitaron de en medio. Digo mal, porque no lo he
dicho todo: su memoria sigue despertando discordia. Cuesta aceptar su luz, cuando
al amparo de la oscuridad o de las penumbras, nos permitimos hacer algunas cosas.


Mario Melgosa




El belén: un
lenguaje de
imágenes...
Para entenderlo
es necesario
contemplar y
limpiar el
corazón y
escuchar... En
el belén
aparecen los
emigrantes, los
sin-techo, los
que se echan al
camino
siguiendo la
estrella que les
guía a su
verdad... los
que temen
perder el
sillón... los
sencillos de
corazón; los
excluidos... los
que conocen la
Biblia... y hasta
la estrella en la
noche del
hombre.