MEDITACIONES AL AIRE LIBRE


No es una metáfora. O también es una metáfora. Porque hay censuras peores que
las de la palabra: la censura o los bloqueos del pensamiento. La propia ideología
impide con frecuencia -más que la ajena- pensar con libertad.

Pensar y ver y oír. Y por advertírmelo a mí mismo, recuerdo lo que escribía
Legaut, un gran escritor católico francés de muchos libros y de más vida: "Los
católicos podemos estar condenados por nuestros propios dogmas a no conocer a
Dios". Es una frase de choque que nadie puede condenar, pues basta recordar que
Dios es y está "más allá" de todo lo que podemos pensar o decir de Él. De Dios
sólo tenemos signos, huellas.

Pero mi meditación al aire libre no se refiere al pensar libre de
ideologías, sino a la libertad de sentir con los sentidos la
naturaleza, y dejarlos que libremente nos germinen pensamientos
y deseos.

Precisamente coloco aquí el título "meditaciones al aire libre",
en el pórtico de unas vacaciones en el grandioso paisaje de la
naturaleza, con sus amaneceres y sus ocasos, y con su soledad
sonora.


LA GRAN PARÁBOLA DE LA VIDA

La creación habla evocando, no se impone, no lo dice todo, sugiere, inspira,
provoca, hermana. Para un creyente es, además, palabra del Creador al hombre y
huella de su paso y su presencia amorosa:

"Mil gracias derramando
Pasó por estos sotos con presura,
Y yéndolos mirando,
Con solo su figura
Vestidos los dejó de su hermosura"

San Juan de la Cruz

La creación habla de la vida y de la muerte, de la fuerza vital e irresistible de una
pequeña semilla y de la fugacidad de la belleza de una flor. De la fecundidad de la
madre tierra y de vidas rotas y de muerte, y de resurrecciones. Habla de caminos
anchos y estrechos.

Habla con voz de tormenta, y deja su palabra en el susurro de la brisa entre los
árboles. Habla de trabajos y de descansos. Hablan la semilla oculta que germina
bajo la tierra y los trigales maduros ya para la siega. Hablan lo almendros florecidos
en primavera y los dulces frutos del otoño. Y las florecillas del ribazo. Y la esbeltez
del árbol.

Habla en la berrea de los ciervos y en el vuelo migratorio de las aves. En el buitre
leonado y en la ardilla, y en la abeja, y en la araña tejedora. Se hace palabra
amorosa en los perfumes y en los colores de las flores y en el zureo de las
palomas.

En el libro de la naturaleza podemos aprender todos, grandes y pequeños, letrados
y analfabetos. La ironía a la que aludía el Maestro se hace presente también aquí:
letrados y de mucha universidad que no aprenden, y sencillos y de pocas letras que
han aprendido de la naturaleza al arte de ser y vivir felices.

Jesús de Nazaret era un gran maestro, un gran comunicador. Nos enseñaba las
cosas más importantes de la vida apuntando a lo que veían nuestros ojos y
escuchaban nuestros oídos, cuando otros ruidos no los ensordecen ni distraen su
mirada. Señalaba a los lirios del campo y a los pájaros del cielo para hablarnos de
la providencia de Dios. Dirigía nuestra mirada a los viñedos para decirnos que su
vida era nuestra vida, como hermanos de una misma sangre. El trigo y la cizaña, la
pequeñez de una semilla de mostaza, el cielo enrojecido de la tarde, el lago
embravecido, el viento que no se sabe de dónde viene ni a dónde va, el agua que
sacia la sed y fecunda los campos, el fuego, la roca, los árboles plantados junto a
la acequia, la noche y el día le inspiraron muchas parábolas.

Con el regalo de la naturaleza, ¡Feliz verano!


Mario Melgosa




La creación es la
primera palabra
de Dios al
hombre, dicha a
sus instintos
para que éstos
germinen el
pensamiento
libre y
maravillado, y el
amor
agradecido, o la
vida feliz.