"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda
tu mente... Amarás a tu prójimo como a ti mismo"

(Mateo 22, 37. 39)


"Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el
que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá"

(Mateo 7, 7)


"Si das acogida a mis palabras, y guardas en tu memoria mis mandatos,
prestando tu oído a la sabiduría, inclinando tu corazón a la prudencia; si
invocas a la inteligencia y llamas a voces a la prudencia; si la buscas como la
plata y como un tesoro la rebuscas, entonces entenderás el temor de Yahveh
y la ciencia de Dios encontrarás"

(Proverbios 2, 1-5)


"Amad la justicia,... pensad rectamente del Señor y con sencillez de corazón
buscadle. Porque se deja hallar de los que no le tientan, se manifiesta a los
que no desconfían de él"

(Sabiduría 1, 1-2)


"Así dice Yahveh tu creador. "No temas, que yo te he rescatado, te he llamado
por tu nombre. Tú eres mío... Yo soy tu Dios... tu salvador... eres precioso a
mis ojos, eres estimado, y yo te amo... No temas, que yo estoy contigo"."

(Isaías 43, 1-5)



EL RINCÓN DE LA MEDITACIÓN

DIOS ARRIESGA EL CORAZÓN DEL HOMBRE
"Mira que estoy a la puerta y llamo; si
alguno oye mi voz y me abre la puerta,
entraré en su casa y cenaré con él y él
conmigo"

(Apocalipsis 3, 20)


"Si alguno me ama, guardará mi
palabra, y mi Padre le amará, y
vendremos a él, y haremos morada en
él"

(Juan 14, 23)





DIOS ARRIESGA EL CORAZÓN DEL HOMBRE


Desde los orígenes del mundo, desde que la aurora ilumina el corazón del
hombre, Dios se acerca a cada ser humano y, como un simple mendigo, se
detiene en el umbral de la puerta. En esta noche sin fronteras, Dios arriesga
el corazón del hombre.

Dios no busca el momento más favorable para acercarse a ti. Él llama
constantemente a tu puerta y murmura sin cesar: “También hoy tengo que
quedarme en tu casa”
(Lucas 19, 5). No, no eras tú el que estaba
esperándole; es Él el que te busca.

He aquí el secreto del amor de Dios: Él llega como un amigo, se detiene
junto a ti, y toma el tiempo necesario para hablarte al corazón; te acompaña
en tu largo caminar, incluso cuando tú le ignoras; se sienta a tu mesa y
comparte contigo la cena, incluso cuando tú le olvidas; y Él espera. Sí, el
Señor sabe esperar, y al igual que el agua se abre paso agrietando la roca, su
amor penetra en nuestro corazón.

Abre tus ojos y mira: he aquí que tu Dios viene a tu encuentro:

Å Él te espera en aquellos valles de tu alma que son trabajados por tus
mejores deseos, pero terminan por quemarse bajo el ardiente sol de tus
injusticias;

Å Él está en medio de los torrentes de tu bondad, congelados por el hielo
de tu propio egoísmo;

Å Él se mantiene de pie en los campos de tu inmensa soledad, como
siempre mojados por el rocío de tus lágrimas;

Å es Él el que hace germinar los desiertos de tu corazón, esas tierras áridas,
sedientas de amor, que la lluvia de su misericordia llega a empapar a pesar
de tu resistencia.

Pero, no temas, porque Él, con un inmenso respeto, viene a ayudarte a llevar
el peso que destroza tu corazón; Él viene a dirigir tus débiles pasos por el
camino de la paz y a convertir tu vida en un cántico de alabanza.

¿Permitirás que Dios llegue a modelarte? ¿Te dejarás conducir por su amor?
Sin la confianza que Él pone en ti, sin la confianza que Él te pide que
deposites en Él, ¿cómo podrías avanzar? Confía en Él y serás felíz, porque
Él te mostrará el sendero de la verdad y tú podrás proseguir por el camino
que conduce a la vida sin preocuparte de tus debilidades, ya que Él te lleva
de las angustiosas obsesiones hacia la serena confianza.

Si la oscuridad de la noche te envuelve: ¡déjate iluminar! En el silencio de tu
corazón, allí donde las mismas palabras enmudecen, te encontrarás cara a
cara con Dios, Él que, con su humilde presencia, llena el silencio de la
eternidad. ¿Acaso no ves que, más allá de tu soledad y tu fracaso,
resplandece ya, sobre ti, su luz fulgurante?

Si alguna vez, en lo más profundo de ti mismo, sientes esa sed que sólo
puede ser saciada en presencia de Dios, osa, con alegría, caminar hacia las
fuentes:

Å Escucha sus palabras de vida, en la soledad de tu habitación, cuando
vayas caminando, cuando estés junto a otros dos o tres, o cuando te reúnas
en comunidad, y encontrarás el gusto de la eternidad.

Å Háblale sencillamente, ábrele tu corazón, y verás cómo hasta el dolor y la
propia desesperación se convierten en cántico y ofrenda.

¿Arriesgarías tu vida por amor? ¿Serías testigo de la vida frente al
impenetrable misterio de la infinita misericordia de Dios? Entonces, nunca
olvides que, responder a la llamada significa siempre abandonar las casas de
piedra para habitar un corazón que irradia amor a Cristo y a los hombres,
tus hermanos, y esperar la plenitud desbordante con la cual Dios colmará tu
hambre y tu sed de justicia. Y ríos de agua viva brotarán de tu seno.

No te quedes ahí, con las manos cruzadas, mirando al cielo. Tomar el riesgo
de seguirle, sin querer saber a dónde te lleva... caminar tras los Apóstoles y
los Mártires de todos los tiempos, es descubrir que estás llamado a ser un
humilde servidor que lleva la luz de Cristo al corazón de la vida de los
hombres, un mensajero de Dios en medio de sus penas y alegrías.

No tengas miedo de ir hasta el final; que no te asuste el avanzar por este
camino sobre el cual la luz del alba nunca se apaga... y llegarás a ser un
testigo asombrado de su paz y su reconciliación.

Busca la luz que brilla en la oscuridad, espera con paciencia que la aurora
ilumine las sombras de la noche, y deja que brote la alegría cuando surja en
tu corazón la estrella de la mañana.


Mikel Pereira