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¡Feliz año nuevo! Urte berri on! para ti, que mes a mes vas recibiendo ¡y
leyendo! esta Revista de Angosto. Que los planes de Dios con tu persona coincidan con los tuyos, y si no es así, que tú seas capaz de aceptarlos.
En la sobremesa de uno de los muchos cursillos de fin de semana que se
celebran en Angosto, surgió la pregunta por las vocaciones religiosas. Un tema que aparece frecuentemente debido a su escasez. En este caso se trataba de una religiosa a la que yo había conocido hace unos años. Me habló muy entusiasmada porque en su congregación habían entrado cuatro jóvenes para probar la vida religiosa.
Tres de ellas tenían 28 años. Una tenía la carrera de enfermera y vivía de
ese trabajo en un hospital; la otra era licenciada en filosofía y letras, y daba clases en un instituto de Enseñanza Media; y la tercera era empleada administrativa en una empresa. La cuarta -que era la mayor de ellas, 40 años de edad-, no tenía ningún estudio especial, se ocupaba de ellos. La cuestión es que al preguntarle yo qué tal les iba, me empezó a explicar las dificultades con las que se iban encontrando, y el cuidado con el que iban avanzando en su nueva situación, muy bien acompañadas por la comunidad religiosa que las quería mucho. Porque la vida de un convento no tiene mucho que ver con la que cada una de ellas habían llevado antes. Y porque la convivencia también es difícil.
En estas estábamos cuando alguien a mi lado exclamó: “¿y yo que creía
que ya estaba todo conseguido por el hecho de entrar en la congregación; que lo más difícil era tomar la decisión de ingresar?”.
Vamos: es como creer que, porque te has casado ya has hecho tu
matrimonio, más o menos. No quiere decir que las chicas no sigan en su empeño, sino que el hecho de entrar en un convento no significa, automáticamente, que aquello no tenga un camino que hay que recorrer, repleto de dificultades de todo tipo, y que puedan terminar quedándose o saliendo del convento, al descubrir que aquella es o no su vocación.
Y me he acordado de ello, porque hace poco, en una conversación con un
grupo de personas en una parroquia, una madre presumía de haber “obligado” a sus hijos a casarse por la Iglesia (habría que decir más exactamente en la iglesia). Estaba feliz porque ya había hecho su labor. Creía, y así lo proclamaba, que eso era lo que había que hacer, lo que - según ella- tienen que hacer los padres.
Ni mencionó siquiera si sus hijos eran o no cristianos (aunque deduzco que
si fueron obligados no lo serían). Tampoco dijo si después de la boda, los nuevos esposos habían vuelto a la Iglesia alguna vez; si bautizarán a sus hijos cuando los tengan; si estarán dispuestos a formarse ellos para ser los primeros catequistas de sus hijos, etc., etc. Eso no era de su interés; lo importante para ella era que sus hijos se hubieran casado en la iglesia.
Estas cosas y otras parecidas -con los bautismos, por ejemplo-, me
recuerdan esas llamadas políticas de “primeras piedras”. Se llama a los medios de comunicación, se organiza una fiesta porque se va a construir un edificio, una carretera, o que el autobús va a llegar hasta no sé dónde, y a partir de ese momento ya no se vuelve a hablar de ello. ¿Se llegó a construir? ¿El autobús realmente hace ese nuevo recorrido? ¿Dónde está ahora el proyecto? Eso ya no interesa a nadie. Sólo era importante el “acto” de la primera piedra; vamos: la foto y el aperitivo posterior.
No creo que sea necesario decir que creo firmemente en la importancia de
los sacramentos para la vida de un cristiano; incluso que veo muy difícil conservar la fe cristiana sin la ayuda que suponen los sacramentos. Pero tengo que decir al mismo tiempo, y muy claro, que eso es así, siempre y cuando los que los reciben -sea el sacramento que fuere-, sean cristianos. Es decir, que crean y sean seguidores de Jesús de Nazaret, muerto, resucitado y que sigue vivo entre nosotros.
Si no lo son y han accedido a representar una farsa (nombre dado
antiguamente a las comedias) ante la imposición de sus familias -que se sigue dando más de lo que creemos, y a veces en forma de claros chantajes-, mucho me temo que “eso” que han hecho ha sido una bonita representación, pero que en ningún caso se ha celebrado un sacramento, ya que -para empezar- todo sacramento presupone la fe.
Dicho de otra manera, que si no hay fe en los que lo reciben, que si no son
creyentes, no hay sacramento. Por muy cristianos y respetables que sean sus padres y parientes, y aunque tengan un tío cura o la hermana de su madre sea una respetable religiosa.
Sin entrar en teologías, que ni son del caso ni es mi campo, tengo que
recordar que la fe es personal y no se hereda ¡qué más quisiéramos los padres! Como también es una decisión personal casarse, o tomar la opción de la vida religiosa, o ninguna de ambas variantes, todas ellas respetables.
Claro que también está aquel dicho de que “como malo no es... y daño
no les va a hacer”, pues oye, ¡que les bendiga el sacerdote! |
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Juan Antonio Fernández
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PRIMERAS PIEDRAS
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