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"TENER O NO TENER... TIEMPO"
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EL DÍA HA COMENZADO muy mal, porque mientras iba de camino al
trabajo ha tenido un leve accidente de tráfico, que le ha retrasado mucho, y además, le ha puesto de muy mal humor. Luego, al llegar al despacho de abogados en el que trabaja, propiedad de su suegro, se ha dado cuenta de que ha perdido unos documentos muy importantes, que tiene que entregar esa misma mañana en el Juzgado. Al comentárselo a su suegro, éste se ha despachado a gusto y le ha echado una bronca de las de categoría. Después de un rato, le ha llamado de nuevo a su despacho, para decirle que había pensado que se podía arreglar la pérdida de los documentos, falsificando una firma y haciendo pasar por originales las copias de los documentos que están en los archivos de la oficina. Esto todavía le ha puesto de peor humor porque ha discutido agriamente con su suegro sobre lo que es y lo que no es ético. Después, dando un portazo, ha salido del despacho de su suegro, y se ha encerrado en el suyo para pensar; para intentar poner en orden todo lo que le bullía en la cabeza.
Pasado un rato, le ha llamado por teléfono su mujer para quedar con él, de
inmediato, en una cafetería cercana a su oficina. A pesar de que él ha protestado mucho, no ha tenido más remedio que ir a encontrarse con ella. Allí ha recibido el siguiente disgusto de la mañana: su mujer (la hija de su jefe) le ha llamado para hacerle ver lo conveniente que es para todos, que acepte falsificar la firma del documento que le había propuesto su padre, a fin de arreglar el problema creado con el extravío de los documentos. O sea, que el padre había llamado a la hija, para que ésta le presionara.
El chico sale de la cafetería y deambula por la calle, sin rumbo fijo, hasta
dar en la puerta de una iglesia, que está abierta, y en cuyo interior hay gente. Entra, se sienta -habría que decir mejor “se deja caer” en un banco-, y pasa unos momentos sin saber qué hacer. De pronto ve que de un confesionario sale luz y se acerca al mismo. Le explica al sacerdote que se hallaba en su interior, que está confundido, que no sabe qué hacer, que ha empezado un día de esos horribles, que todo le está saliendo mal... etc. etc. Al cabo de un momento, el sacerdote le interrumpe, preguntándole si se quiere confesar. El dice que no, que lo que quiere es que alguien le oiga, que necesita poner en orden su cabeza. No lo dice, pero está claro que necesita desahogarse. El sacerdote le dice que lo siente mucho pero que no va a poder ser, porque en cinco minutos tiene una misa y la gente ya está esperando. El chico empieza a gritar desesperado, organizando un espectáculo en la iglesia, y acaba saliendo a la calle, perdiéndose en ella.
Aunque sea un poco largo, me ha parecido que era necesario relatar esta
situación como se suele decir “con pelos y señales” para que comprendiésemos el estado de ánimo de este chico, que se cuenta en una película que tuve la ocasión de ver a principios de año. y me quedé con la falta de disponibilidad del sacerdote que tiene su tiempo organizado, como todo el mundo, y que si es la hora de la misa, no puede atender otras situaciones. ¿No es así?
Hace poco, una señora, de las que podíamos llamar “de misa diaria”, me
preguntaba dónde podría encontrar a alguien de la parroquia, que le aclarase un poco todo esto que estamos viviendo: que si el gobierno se enfrenta o no con la Iglesia; que si lo de la eutanasia, lo de la homosexualidad, lo de los preservativos...; es decir, todas esas cuestiones que hoy en día se asoman a los titulares de los periódicos y que ella no entiende, porque se niega a creer, desde su fe, eso que lee o escucha.
Me dijo que había preguntado al párroco, y éste le había dicho que eso era
muy largo de explicar; que ahora no tenía tiempo, ya que él estaba solo en la parroquia, pues si bien es verdad que tiene otro coadjutor, éste ya no estaba para más que para decir la misa diaria de las 9,30 de la mañana, y eso comiéndose trozos, porque la cabeza ya no la tiene como antes (eufemismo utilizado para decir que no la tiene para nada razonable), y que además él, el párroco, no estaba preparado para hablarle de esas cosas. Que lo mejor es que leyera un artículo que acababa de salir en una revista (le dio el nombre de la revista), o bien la última carta de los obispos en que se hablaba de eso.
Conozco sacerdotes, responsables de parroquias, que creen que la atención
a los fieles tiene que tener unos horarios y unos días. O sea, por ejemplo, el lunes de tal a tal hora, los expedientes matrimoniales; el jueves, otra cosa, etc. porque si no, dicen ellos, sería un caos. También conozco uno, sólo uno, que en la misma situación de los anteriores, cree que se debe a los feligreses, y en cualquier momento y en cualquier día, atiende a todo el que llega a su puerta. Yo no sé que es lo mejor, y quizás estas dos situaciones sean exageradas. Quizás. Pero, ¿en qué momento, qué día, a qué hora, atendemos en nuestras parroquias a quienes se acercan simplemente a ser escuchados, porque no pueden más, porque la vida les tiene boca abajo, porque no tienen a quien recurrir?
Uno de los peligros que, hoy en día, ven las órdenes religiosas entre sus
integrantes es que se secularicen demasiado. Es decir, que se confundan demasiado con el pueblo, y al final no se sepa quién es quién. Pero también está lo contrario, que vivan tan encerrados en su rincón, en su comunidad, que no vivan en el mundo, sino en “su” mundo.
¿Nos estarán atando las normas, los horarios -seguramente indispensables-,
los programas, etc. de modo que no contemplemos siquiera la posibilidad de tener un tiempo para estar disponibles -como antes había un tiempo para estar en el confesionario-, por si alguien nos necesita? ¿Será esto importante para los feligreses? ¿Hay actividades en las que ocupo mi tiempo parroquial, que podrían ser realizadas por seglares, y yo, párroco, reservarme para estar disponible, para escuchar a quien lo necesite? ¿ Formará esto -el estar disponible- parte de la misión de todo sacerdote?
Claro, alguien puede pensar que lo primero que he contado, era una
película, y lo de ahora una conjetura gratuita, porque yo ni soy párroco ni cura. Y ambas cosas son verdad. Pero…
El evangelista Marcos cuenta: “Al desembarcar, vio Jesús un gran
gentío, sintió compasión de ellos, pues eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma” (Mc 6, 34)
Y tú, ¿qué opinas?
Juan Antonio Fernández
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