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HE TENIDO UNA PESADILLA
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LA MAYORÍA ÉRAMOS ESTUDIANTES que acabábamos de salir del
colegio, después de terminado el bachillerato, y estábamos empezando nuestras respectivas carreras en la universidad. Había otros, los menos, que ya trabajaban. Formábamos un grupo numeroso, con muchas ganas de hacer algo. Nos habíamos conocido en un local que la Compañía de Jesús tenía para los jóvenes. Los aficionados al arte escénico, montaban una obra de teatro aficionado, claro. También era posible ir a pasar un rato, leer revistas o los periódicos del día, jugar al billar, a las cartas, o al ping-pong. Se podía tomar un café en un pequeño bar, y los domingos se proyectaba una película a la que podía asistir gente de fuera. También teníamos nuestras celebraciones religiosas. Disfrutábamos de aquel lugar.
Estando así las cosas, llegó un jesuíta nuevo destinado a dirigir aquello.
Enseguida conectó con el grupo. Nos animó a crear un “periódico mural”. Era un tablero de madera grande, en el que pegábamos tiras escritas, a manera de columnas, amenizado con dibujos y titulares. Cada mes hacíamos uno nuevo, y nos emocionaba mucho cuando el domingo, la gente que venía al cine, antes de entrar a ver la película se quedaba leyendo “nuestro periódico”.
Vivimos años estupendos, hasta el punto de poder recordarlos ahora con
bastante claridad, a pesar de que han pasado unos ¡cuarenta y cinco años! Casi nada.
TODO EMPEZÓ a cambiar el día en que nos enteramos que aquél jesuíta
que nos había animado a vivir así, a disfrutar de todo esto, había sido trasladado a otra población. Llegó otro jesuíta, el sucesor, y, en pocos meses, todo lo que se había creado con el primero se destruyó. Desapareció aquél espíritu que nos había unido a tantos jóvenes y nos había hecho disfrutar de un tiempo especial. En adelante, nada fue lo mismo. El periódico se cerró. Empezaron a aparecer llaves por todas partes. Todo estaba cerrado. Había que pedir permiso, para lo que antes había funcionado con gran naturalidad. Acabó con mi grupo, y posteriormente, con el mismo centro.
ESTE FUE MI PRIMER ENCUENTRO -habría que decir “encontronazo”-,
con el inescrutable mundo de los traslados de religiosos, párrocos, etc. Personas que mueven a la gente, que la organizan, la comprometen, la motivan, y después de crear toda una montaña de actividades, en las que normalmente la gente se encuentra a gusto, y funciona muy bien, llega un día en que tienen que dejarlo todo, en aras de su “disponibilidad” ante sus superiores o el obispo.
Es también característico de estas situaciones, el hecho de que desaparecen
una serie de personas que antes trabajaban “codo con codo” con el responsable -su camarilla, se podría decir-, y aparecen otras distintas que secundan al recién llegado, que a su vez crea la suya. Y esto no parece tener fin, debe ser “el signo de los tiempos”.
No seré yo quien valore o ponga calificativos, como bueno o malo,
beneficioso o perjudicial, a estas situaciones. Tendría que conocer las razones que motivan esos traslados, esos cambios. Pero sí puedo opinar sobre sus efectos, porque estoy -como seglar-, en el lado de los que padecen, sufren, los cambios.
En una ocasión y ante una circunstancia de traslado como la que comento,
alguien comentó que se debía consultar a los parroquianos antes de mover al párroco, porque la llegada de uno nuevo suponía “casi siempre”, volver a empezar de nuevo. Se le atribuye a Miguel de Unamuno aquella frase de que “en España nunca se podrá desarrollar, investigar nada, porque cada uno que llega, vuelve a empezar de cero, prescindiendo de a dónde había llegado el anterior”. En el caso del que me ocupo, nos pasa un poco lo mismo, y la consecuencia es que siempre estamos empezando.
EL ÚLTIMO CASO del que tengo noticia le ha ocurrido a un religioso que
conozco, en un “país lejano”. Durante unos años, el hombre ha trabajado, luchado, se ha roto el alma, para conseguir formar un grupo de seglares, alrededor del carisma de su congregación. Para lo cuál, primero ha tenido que intentar convencer a los de su propia orden, y después reunir unos cuantos grupos de seglares que funcionaban ya un poco a su aire -a su autonomía que diríamos ahora-, y tratar de unificar criterios, etc. y que después de llevar todo eso adelante con gran esfuerzo, y con muy pocas gratificaciones, ahora se ve destinado a otra actividad que no tiene nada que ver con esta. Claro que esto pasa en “un país lejano”, en el que ¡vaya usted a saber! cómo se hacen las cosas, ni pensando en quién. Esto aquí no pasaría. ¿O sí?
MIENTRAS SE SIGA PENSANDO que los seglares somos los destinatarios
de la labor de los religiosos, sean o no párrocos, nos podrán pasar estas cosas... y otras. ¡Qué distinta sería, por ejemplo, una parroquia llevada por la comunidad religiosa en la que el sacerdote tiene el insustituible papel, del “servidor” -y la administración de sacramentos, claro-, y los demás corresponsablemente le ayudan responsabilizándose de los distintos servicios, y decidiendo todos juntos la línea a seguir en la evangelización de su zona! Entonces, el hecho de “cambiar al servidor” no modificaría el rumbo parroquial, ni mucho menos las actividades de la parroquia.
DICEN QUE EL MOVIMIENTO de Martin Luther King, por la integración
de los negros en la vida pública de Norteamérica, comenzó cuando pronunció aquel discurso que empezaba: "I have a dream..." (He tenido un sueño...) Bueno, pues creo que lo mío ha sido, en vez de un sueño, una pesadilla.
Y tú, ¿qué opinas?
Juan Antonio Fernández
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