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Lo he visto hace poco en una serie de la televisión. Al servicio de
urgencias del hospital llega una chica que ha sido avisada de que su marido ha tenido un accidente en el trabajo, y está ingresado allí. Al interesarse ella por las circunstancias en las que se había producido el accidente, los médicos le informan que le ha atropellado el camión de la basura con el que trabajaba. La chica dice que se debe de tratar de un error, porque su marido trabaja de químico en una industria. Ni qué decir tiene que lo que se acaba de descubrir es que ella estaba siendo engañada por su marido. Que él realmente era basurero (que no es mejor ni peor que otros oficios), pero por lo visto al chico no le parecía lo bastante importante como para que su esposa lo conociese.
Me acordé que yo conocí -hace años- a una chica que tenía un novio que
estudiaba medicina. Ella presumía mucho de ello en la familia y con las amigas. El chico fue sacando año tras año la carrera, y llegó el momento en que se licenció.
Fue una fiesta tremenda. Sus padres organizaron un banquete, casi como
de bodas, al que invitaron a amigos y familiares. Estaban tan contentos, que incluso le regalaron un coche, al recién licenciado. Luego se casó con su novia; lo cual también agradó mucho a la familia de la chica, de condición más bien humilde -que se decía antes-, El chico iba todos los días a trabajar a un laboratorio médico, en el que había encontrado trabajo. La pareja tuvo una niña. Tenía ésta cinco años cuando por el azar del destino, un día se descubrió que ni el chico era licenciado en medicina, ni trabajaba en un laboratorio médico, ni nada de nada. Más aún, el chico ni siquiera había pasado de ¡primer curso! en la facultad. y respecto a su trabajo, era administrativo en un taller mecánico. Precisamente el pasado año ha muerto -joven aún- la chica.
Sería injusto sacar como conclusión de estas dos situaciones, el que ya no
nos podemos fiar de nadie. Pero sí es cierto, que voy notando últimamente como un aumento de la desconfianza entre la gente. Si haces algo por alguien, de manera desinteresada, hay quien sospecha. ¿Por qué lo habrá hecho? o ¿qué me irá a pedir a cambio? No se concibe que uno haga algo de forma gratuita. Porque sí. Porque le sale ser bueno. Porque es cristiano. Dicho lo cual debo añadir, en honor a la verdad, que los cristianos no tenemos la exclusiva de ser "los buenos"; incluso creo que nos suelen aventajar en este terreno de la bondad, otros que no lo son.
Nos pasa lo mismo con nuestras creencias religiosas. Nos cuesta creer
que Dios sea ¡gratis! Incluso algún listillo, que todavía recuerda cuando estuvo en la catequesis, añade que sí, pero que a cambio hay que cumplir una serie de mandamientos. ¡Qué idea más primaria de Dios! ¡Qué desconocimiento más profundo de Alguien a quien llamamos "Padre"! Pero claro, si no ha habido más interés por conocerle, qué se puede esperar. Es como si, en otro orden de cosas, nos hubiésemos quedado con aquello que aprendimos de niños, de que un perro es un guau, guau. Digo yo que ya no lo llamaremos así, ¿no?
En general, hemos leído poco los evangelios. Conocemos de ellos los
trozos que la Iglesia utiliza en las Eucaristías, pero a menudo no los situamos en la circunstancia, en el momento en que se han dicho esas palabras; ni siquiera solemos saber a quién iban dirigidas. Y, desde luego, no lo recordamos de un domingo para el siguiente.
Pero si tuviéramos la buena idea de leerlos -por ejemplo a lo largo del
año-, siguiendo las lecturas del domingo, y ampliando el trozo leído en la iglesia para situarlo, encontraríamos a un Jesús de Nazaret que siempre que hay ocasión nos dice y nos repite hasta la saciedad: "confiad", "no temáis", "no tengáis miedo", y frases por el estilo. Y aquello otro más contundente, si cabe, de "y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de este mundo". ¿Por qué no lo buscas y lo lees en tu Biblia? Mira, es la última frase del evangelio de Mateo. La puedes leer y pensar en ella.
Decía Martin Luther King: "He tenido en mis manos muchas cosas y las
he perdido todas; sin embargo, aquello que he puesto en manos de Dios, lo conservo todavía".
Tú, las cosas importantes, ¿dónde las tienes puestas? ¿en quién confías?
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Juan Antonio Fernández
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CONFIAR O NO... Y ¿EN QUIÉN?
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