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¿QUÉ OFRECEMOS LOS CRISTIANOS?
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ANGOSTO es un observatorio especial para comprobar qué actividades
desarrollan otros grupos, qué gentes mueven, con qué ganas vienen y, sobre todo, a qué vienen. Y yo voy comprobando aquí que, en general, los grupos de edades entre los veintitantos y los treinta y pocos años, no los moviliza la Iglesia, nuestra Iglesia. ¿Por qué? Los movilizan otros grupos. Lo que no impide -dicho sea de paso- que en estos grupos haya cristianos, que alguno hay.
Partiendo de este hecho constatado, me surge una sencilla pregunta: y
nosotros, ¿qué ofrecemos? Sí; qué ofrecemos los cristianos que no tiene gancho en esta parte del mundo -con las excepciones que se quiera-, entre la gente que busca algo que interiormente les llene y les haga la vida más llevadera. Porque todos esos grupos de meditación, de yoga, con no sé qué nombres, pero que trabajan la concentración, el silencio, el recogimiento, incluso el ayuno, buscan la paz interior, estar mejor consigo mismos y, de rebote, claro, con los demás. Y la gente que llega con ellos es capaz de estar aquí, en algunos casos, hasta cinco días seguidos, viniendo desde lugares tan lejanos como Barcelona o Valencia, y cogiendo incluso días de su trabajo para estar en este recóndito lugar, meditando, reflexionando. Cuando nosotros, los cristianos -con las excepciones que se quieran-, no somos capaces de movilizar a más de seis para un retiro... de ¡un solo día!
Tengo para mí que detrás de todos los nombres de esos grupos de
meditación, de encuentro con uno mismo, de autoconocimiento, etc. (no sé si, sabiéndolo o no), están buscando a Dios. Recuerdo haber leído en la revista Vida Religiosa, el testimonio de una profesora de Sagrada Escritura de Canarias que decía así: “Hace dos años estaba en Roma, preparándome para los últimos votos. Paseando por el barrio del Trastévere, conocí a Jon Imanol, un chico de Vitoria que vivía en la calle, vagabundo. Había estado en la cárcel por atracar un banco y se encontraba enfermo de sida. Me enseñó que lo más importante en el amor es el respeto; al final, después de conversar un rato largo, al decirle que era religiosa, me dijo: “Por ser monja no vayas a dejar de buscar”. Le pregunté: “de buscar qué”. -“A Dios, ¿a quién va a ser?, fue su respuesta. -No te creas que ya le conoces porque seas monja”.
A lo mejor nosotros, los cristianos, tenemos lo que se podría llamar el
síndrome de “haber llegado”, que consiste en creer, que ya hemos hecho “lo que había que hacer”, en cuestiones de fe. Que vamos a misa, que nuestra vida está y ha estado siempre alrededor de la Iglesia, etc., y, por lo tanto, que no nos queda nada más por hacer. Leía hace poco: “Responda con sinceridad: usted califica de pecado grave no ir a misa el domingo. Usted no califica de pecado grave, vivir cómodamente mientras media humanidad se muere de hambre. ¿Es así?”.
Leo en un estudio que se acaba de publicar, que en España van a la Iglesia
la mitad de los jóvenes que iban hace cuatro años (¡que seguro que ya eran pocos!). O sea que vamos descendiendo. Hay muchas personas que perciben la religión cristiana como “la religión del NO”.
Cada vez que las autoridades eclesiásticas salen en la prensa es para decir
que hay algo que se prohíbe. Que se oponen a algo. Que allá los que lo hagan pero que, como se dice ahora, “va a ser que NO”. Claro que se puede decir -y es verdad- que hoy se sale en los medios de comunicación cuando se es noticia y la noticia siempre es lo negativo, la oposición, lo que va contra... lo que sea. Y claro, la gente que no tiene cultura religiosa, y que además le gusta ir contra la Iglesia porque está socialmente bien visto, toda esa gente y muchos más, se quedan con esa cantinela: “la del NO”.
No creo que haya que gastar mucho papel para decir que esto es falso, que
no es cierto, pero al mismo tiempo entiendo que nosotros, los cristianos, no transmitimos nada mucho mejor. Que es lamentable que a estas alturas del siglo XXI haya quien perciba la religión cristiana como una carga en la vida, como una imposición, como la religión del “deber”; como la que limita y hace más difícil la existencia, cuando lo que realmente es difícil en esta vida es ser personas, es vivir cada día. ¡Cuánto echo de menos el que se diga y se repita hasta la saciedad que Dios es amor! Se lo he oído recientemente por la radio al obispo catalán residente en Brasil, Pedro Casaldáliga: “Dios es AMOR, sólo AMOR”. Y que no suene a limitación, por favor; porque cuando se es amor, se es todo. Cualquier religión en este mundo, también la nuestra, trata de hacer la vida humana más llevadera; para entorpecerla, para ponerla más difícil, ya estamos los seres humanos.
Tenemos que vivir la vida como los demás, pero con la enorme diferencia
de contar con esa ayuda magnífica que representa la compañía y el amor incondicional y personal de Dios con cada uno de nosotros.
Como dice un teólogo gallego: “Todo lo que impida ver la religión
como gracia, liberación, alegría... constituye deformación o incluso blasfemia: Dios tiene que aparecer siempre como cómplice, como apoyo, como ayuda... en la dura tarea de vivir cada día”.
Quienes conviven con nosotros, los que nos ven y conocen como
cristianos, ¿pueden sacar la conclusión, a la vista de cómo vivimos y de cómo somos, de que tenemos a Dios como cómplice, como apoyo, como ayuda... en la dura tarea de vivir nuestra vida de cada día?
Y tú, ¿qué opinas?
Juan Antonio Fernández
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