¡¡ESCUCHA!!


El es un abogado que acaba de ser secuestrado por un antiguo cliente que fue
condenado hace doce años, por un asesinato que no cometió. Según ha salido
de la cárcel es lo primero que ha hecho: buscar a su abogado y, a punta de
pistola, llevárselo a un escondite. Una vez allí, el secuestrador le refresca la
memoria al asustado abogado, que en ese tiempo -doce años- ha prosperado
mucho. Le explica que todo el tiempo de su condena lo ha pasado pensando
en vengarse de su abogado. Éste argumenta que unas veces se gana y otras se
pierde, que la justicia no es infalible, etc. Pero el secuestrador quiere hacerle
ver que su resentimiento proviene de que en su momento, en los preparativos
del juicio, él, su abogado, ¡¡no le escuchó!!

Al final de la película, una vez concluido todo el drama, el abogado reflexiona
en voz alta y reconoce que no le escuchó; que desde el principio del juicio no
creyó en su cliente y por ello se tomó poco interés en intentar investigar algo
más, en averiguar la verdad, y eso le ha costado a su cliente doce años de su
vida en una prisión.

Es el argumento de una pequeña película que acabo de ver en la TV. Y me he
quedado pensando en que, efectivamente, no escuchamos. A menudo,
criticamos a aquellos que nos atienden en las diversas circunstancias de la
vida, porque no nos han dedicado ni un momento, porque no nos hemos
podido explicar: ni siquiera nos han preguntado. En una palabra, porque no
nos han escuchado, cuando precisamos una explicación.

En más de una ocasión he oído que los llamados “médicos de familia”, los
que antes conocimos como los médicos “de cabecera”, apenas nos han
escuchado cuando hemos acudido a la consulta. Que en cuanto les hemos
insinuado algo, rápidamente nos han dado la receta y “que pase el siguiente”.
Como en todo, hay excepciones ¡claro!

Lo que me preocupa es que tampoco los cristianos tenemos “tiempo para los
demás”. Nos estamos fabricando un mundo en el que los demás, muchas
veces, no nos sirven más que para obtener lo que precisamos, y luego -una
vez utilizado-, ya ni me preocupo de ti.

Y me preocupa que en la Iglesia -tú y yo también somos Iglesia-, estemos
pareciéndonos, al menos en este tema, cada vez más al mundo. Que ya no
tengamos tiempo de escuchar a los demás. No estoy diciendo que tengamos
que resolver nada, no, estoy hablando sólo de escuchar, cosa muy fácil de
hacer, salvo que tengamos problemas de oído. Creo que tenemos que mostrar
una cara y un corazón acogedores, en donde lo importante sea la persona que
llega a nuestras puertas, para que ante todo se sienta acogida. Creo que
tenemos que “perder el tiempo” (¿) con los demás, que tenemos que tener
tiempo “para” los demás.

Todos tenemos experiencias de gente que no nos oye, de personas que sólo
están interesadas en “colocar su disco”, su rollo. Si éste, además, es de
enfermedades, entonces ni te cuento; a él o a ella, le ha pasado de todo; si tú
has tenido una gripe, eso no es nada para lo que ha tenido él o ella; y así con
todo.

Jesús de Nazaret vivió en una época de la historia de la humanidad, y en una
civilización, en la que las necesidades materiales eran otras. Y como dice el
evangelio: “pasó haciendo el bien”. En tu vida en concreto, ¿cuál sería hoy el
equivalente a “pasar haciendo el bien”? Quizás se podría decir en una frase
breve: acompañando al que camina, es decir, acompañando la vida de los
demás, ¡escuchándoles!

Hace muchos años hice, en tres ocasiones, el camino de Santiago andando.
Allí me encontré -entre otras cosas-que es posible dedicar tiempo para
escuchar a un desconocido o echarle una mano en una necesidad. ¿Por qué
eso no es lo normal en nuestra vida diaria? Es cierto que también están las
malas experiencias, que también nos vamos endureciendo cuando hemos sido
objeto de abusos; es cierto que cada vez desconfiamos más unos de otros y
seguramente más cosas. Pero si nosotros los cristianos no nos vamos a
distinguir de los demás por nuestra manera de vivir y de “hacer vivir” a los que
nos rodean, a los que nos encontramos por la vida, entonces a lo mejor no
nos hemos enterado de cómo pasó Jesús por este mundo.

Cuando la gente viaja por ahí, a Oriente, hacia países como India o Japón y
toman contacto con las religiones que allí se practican, suelen decir que los
lugares en los que se hallan los monasterios son especiales. Se respira quietud.
Parece que el tiempo no corre. No hay nada que distraiga la atención del recién
llegado.

Me dirás que una cosa es la quietud de un monasterio, y otra bien distinta el
ajetreo de nuestra vida diaria, y es verdad. Pero, ¿qué quieres que te diga? A
cada uno de nosotros nos toca ser testigos de Jesús de Nazaret, allí donde
vivimos, sea un tranquilo pueblo o el centro de una capital.

Me bastaría con que pensásemos que prestar atención a los demás, que
escuchar a quien vive a nuestro lado, es además una muestra de respeto por el
otro. Es algo así como si le dijeras “me importas como persona”. ¿Hay algo
más evangélico?



Y tú, ¿qué opinas?


Juan Antonio Fernández