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En una determinada orden religiosa al comenzar la Cuaresma, la madre
superiora mandaba poner una caja vacía en la puerta de la celda de cada monja. A lo largo de las cinco semanas que dura la Cuaresma, las religiosas dedicaban algo de su tiempo libre a revisar cuidadosamente sus armarios y pertenencias, para ir sacando a la caja lo que no necesitaban, lo superfluo. Cosas que les habían quedado a lo largo del año sin darse cuenta, pero que, en realidad, no necesitaban. Esta operación la repetían cada año.
Casi hemos terminado la cuaresma, y estamos a punto de empezar la
Semana Santa. No sé si nos serviría el ejemplo de las monjas, pero estoy seguro de que, desde el año pasado a éste, se nos han "pegado" cosas. Nos podíamos preguntar si estamos dispuestos a revisar nuestros armarios -o sea nuestros corazones- para detectar qué se nos ha pegado, qué nos está estorbando, qué nos está pesando en nuestro caminar. Porque el exceso de peso retrasa y entorpece el caminar.
Hace algunos años caminé por el camino de Santiago. Fue una experiencia
inolvidable. Como lo hice varias veces, fui aprendiendo, en propia carne y en la de los demás, que evitar llevar peso inútil sobre los hombros era algo muy importante para poder tener un buen viaje. Casi tan importante como tener un calzado bien adaptado a tus pies. Incluso me fui haciendo una lista de lo "imprescindible", de la que cada año quitaba alguna cosa más. La lista llegó a ser realmente pequeña.
Yo no sé si tú, que estás leyendo este artículo, te atreverías a hacer TU
LISTA; la lista de lo imprescindible para ti, hoy. No para hacer el camino de Santiago, lógicamente, sino para seguir haciendo el camino de tu vida. Camino que llevas haciendo, tú sabrás hace cuántos años. y camino que resulta más penoso cuanto más peso lleves encima. Tú, hoy, desde tu situación, sea la que sea, ¿qué consideras imprescindible para vivir? ¿De qué te desprenderías? ¿Te atreves a revisar tu corazón?
No hace falta que me mandes la lista; creo yo que ya sería suficiente si te
enteras tú; si nos enteramos cada uno de nosotros de lo que nos sobra. Luego, como dice un conocido mío: "tú mismo". Decía un filósofo, cuyo nombre no viene al caso, que "lo que amarga nuestra vida es que pensamos, y vivimos pensando, en lo que nos falta".
La Semana Santa es una ocasión -no la única, desde luego- para parar
nuestra vida un poco, y reflexionar. Por eso te proponía lo de la lista. Conozco gente que está toda la semana trabajando de un sitio para otro, cogiendo autobuses, llevando y trayendo niños del colegio a casa y viceversa, o a la clase de no sé qué, y si eres mujer además haciendo la compra, la comida, la lavadora, los recados, etc., y están deseando que llegue el fin de semana para seguir corriendo, en coche, hacia otros destinos. Yo me pregunto ¿cuándo descansan? Me suelen decir que el solo hecho de no hacer lo de todos los días descansa. Como razonamiento lo entiendo, lo que no sé es si su cuerpo lo sabe, o si sus músculos, o su corazón -que van a tope- se han enterado de que van a tope, pero en día festivo. A lo mejor esto es algo para sacar a la caja. Deshacerme de la prisa que pueda evitar ¡claro!
Leía en una revista hace unas semanas el siguiente párrafo, que copio
literalmente porque creo que no tiene desperdicio: "Cuando las cartas eran lentas como si las llevaran a lomos de bueyes, la caligrafía era importante. Entonces nos acercábamos a la estafeta en busca de sellos dentados. Empezábamos las cartas preguntando por la salud del destinatario, y hablando del tiempo llegábamos a los asuntos del corazón. Ahora todos tenemos mucha prisa, acaso porque en realidad no vamos a ninguna parte y participamos de una noria loca que se acelera en dirección a la muerte".
La Semana Santa es el tiempo en que la Iglesia nos invita a los cristianos a
reflexionar sobre la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. No tiene por qué ser un tiempo de tristeza ni de encogerse el corazón. Todo lo contrario, yo creo que, desde la fe, los cristianos celebramos la pasión de Jesús con la vista puesta en la resurrección. Es como cuando dentro de un túnel miramos a la salida y vemos a lo lejos una pequeña luz. Porque la pasión de Jesús sólo tiene sentido desde la resurrección, desde la salida. y la resurrección es nuestra gran esperanza. Si todo acaba con la muerte, estamos aquí haciendo el ridículo.
Jesús vivió desviviéndose por el prójimo, de ahí que el acto de morir es la
desembocadura de ese vivir. La muerte no es el epílogo de esta vida, sino el horizonte hacia el que progresa la vida. Toda vida. A lo mejor encuentras un momento, te coges tu tiempo, para pensar seriamente sobre todo esto. Sin olvidar la caja ¡claro!
Juan Antonio Fernández
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LA LISTA
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