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¡LO QUE HAY QUE HACER ES...!
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Estaba parado en un semáforo en rojo detrás de otro coche. La luz se pone
verde y el conductor que tenía delante no se movió. Esperó un tiempo prudencial y tocó el claxon al tiempo que exclamaba: “¿Qué le pasa a ese tipo? ¡Será pelma!”. Quizás te ha ocurrido también a ti alguna vez: alguien se ha interpuesto en tu camino, en coche o andando, y tú, que tenías prisa, le has dado un empujón, o le has soltado un grito: ¡Vamos, vamos... que no tengo todo el día! o algo por el estilo.
¿Pensarías de modo diferente si supieras que esa persona que a ti te estorbaba
en ese momento, acababa de enterarse de que su hijo tiene una enfermedad incurable? Seguro que sí. Conocer el contexto siempre arroja luz sobre la situación. Puede que continúes enfadado porque te estás retrasando, porque tenías que ir a hacer algo.... pero ya no lo ves de la misma forma. Ahora ya no es un pelmazo o un pesado, sino un hombre profundamente angustiado y sientes compasión por él.
Este es un relato que me vino a la cabeza a la hora de enviar las felicitaciones
de la pasada navidad. Porque ya me ha pasado alguna vez: felicitar a alguien y recibir una nota diciendo que ellos no me han podido felicitar a mí, porque han tenido un grave problema familiar o porque ya no están juntos, se han separado... o vaya usted a saber qué. La vida no es independiente de las circunstancias de cada uno, y ésas, las de los demás, normalmente no las conocemos.
¿Cómo podemos decir -sin conocer sus vidas y sus circunstancias- frases del
tipo de “lo que hay que hacer es”?
Sería bueno que empezásemos a reconocer que no tenemos ni idea de lo que
“tienen que hacer” los demás, cuando, muy a menudo, ni siquiera sabemos lo que tenemos que hacer nosotros. Podemos saber lo que a nosotros nos resultó, lo que nos fue bien en un momento dado, pero, ¿por qué deducimos que eso les irá bien a los demás en este momento de sus vidas?
Yo tengo cinco hijos y cinco nietos, y confieso que no sé qué es lo que tienen
que hacer mis hijos para educar hoy a los suyos, con las circunstancias económicas, laborales y familiares en las que viven. Nadie duda que la vida no es la misma de hace treinta años. Y no solamente en temas de educación, de familia, de trabajo, sino en nada. Tampoco en cómo nos vestimos o en lo que comemos, menos aún en cómo nos divertimos o empleamos el tiempo libre. Ni en el calzado que llevamos puesto... sí, sí, también los mayores hemos descubierto que se pueden llevar los pies más cómodos con unas zapatillas deportivas.
Tendemos a pensar que lo que nos fue bien a nosotros hace 30 ó 50 años, irá
bien también hoy. Debiéramos ser menos categóricos, menos maestros, y más humildes.
Tengo una buena amiga que ha pasado y sigue pasando con frecuencia por
los hospitales. Hablábamos recientemente de las visitas a los enfermos que están mal y de la poca gracia que le hacía a ella, cuando iban a visitarla y le decían frases como: ¡ánimo!..., ¡en unos días ya estás corriendo por ahí!..., ¡eso no es nada, mujer, verás como en seguida se pasa y hasta se te olvida!...
Le preguntaba yo: entonces, ¿qué se puede decir cuando vas a visitar a un
enfermo grave? Lo que el enfermo va a agradecer -me decía ella- es que le cojas la mano y no digas nada, Y si no te aguantas, di algo así como: “Aquí estoy, he venido a pasar un rato a tu lado, para lo que necesites”. Y nada más.
Cuando escuchamos a los demás y nos interesamos por sus vidas y sus
circunstancias, ¡qué difícil es decir lo que hay que hacer es...! Claro que siempre habrá alguien que piense que los demás no saben lo que les conviene y para eso está él, para iluminarles la vida.
Y tú, ¿qué opinas?
Juan Antonio Fernández
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