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¡Feliz Pascua de Resurrección a vosotros, lectores de la revista de
Angosto!
Es habitual que ya en este tiempo recibamos llamadas telefónicas de
personas que han leído, en alguna de las decenas de guías que se publican, que ANGOSTO es una hospedería. O sea una especie de hostal, para pasar unos días, una noche o lo que se precise. Lo curioso empieza cuando les aclaras que Angosto es una “CASA DE ESPIRITUALIDAD”, una “CASA DE EJERCICIOS”. Entonces las reacciones son tan variadas que no me resisto a contar las más recientes que me han ocurrido:
La primera, el sábado anterior al domingo de Ramos. Una señora, desde
un teléfono móvil en un coche, me dice que la familia quiere pasar la noche aquí, que están de viaje. Quiere saber si hay habitaciones, y el precio. Le aclaro lo antes mencionado. Entonces me dice que ¿qué es eso de “Casa de Espiritualidad”? Que si es que hay espíritus por las habitaciones o en los pasillos, que a ella, su marido y sus niños -que viajan juntos aún- no les importa compartir la casa con los susodichos espíritus, y que además sería una bonita experiencia. Ni qué decir tiene que nos reímos un rato.
La otra fue en plena Semana Santa. Esta vez era la voz de un joven
interesándose por lo mismo. Como no entendía qué significaba “espiritualidad”, yo le aclaré que ANGOSTO es una “Casa de Ejercicios”, y creo que ahí lo terminé de estropear, porque a continuación me preguntó ¿qué clase de ejercicios hacíamos? Que a él no le importaba levantarse temprano para practicar la gimnasia que fuera necesaria, porque él iba a un gimnasio dos veces a la semana, en su pueblo, etc. etc. Yo también me reí lo mío, y terminamos tan amigos.
Estas dos anécdotas me han hecho pensar que la cultura religiosa está
desapareciendo (en caso de que algo quede) a marchas forzadas de nuestras vidas. Que hay expresiones que no se entienden, y que nosotros, a veces, las damos por sobreentendidas. Me estoy acordando de una chica que vino con un grupo, de los autodenominados muy, muy cristianos, que al oír en su propio grupo que se iba a exponer el Santísimo, me preguntó qué era eso. Creo que incluso en las homilías de los domingos, a las que acude el pueblo liso y llano (o sea, nosotros), a veces se emplean unos términos que dudo mucho se comprendan. Claro, aquí yo al menos he tropezado con dos puntos de vista: sacerdotes que dicen que eso es “lo que hay que decir”, y los que intentan explicar con palabras inteligibles para los que les escuchan. Porque a mí, ¿de qué me aprovecha escuchar las palabras “que hay que decir” si no sé qué significan para mi vida?
Me acuerdo de un sacerdote que, a raíz de leer un libro de un muy
conocido autor cristiano, adquirió la costumbre de meter en sus homilías la palabra “inmanencia”. ¡Hombre quedar, lo que se dice quedar, queda muy bien! ¿No? Por cierto, a Jesús de Nazaret le entendía todo el mundo: el pueblo, los estudiosos, los doctores de la ley, los políticos de turno, la clase sacerdotal, y decía “lo que hay que decir”, o… ¿no?
Hace poco ha muerto uno de los académicos de la lengua más
reconocidos en nuestro país por la labor divulgativa del castellano, el correcto uso de las palabras, de las expresiones gramaticales, etc. No estaría mal que fuéramos pensando en la Iglesia, en pasar por el proceso de adaptar “lo que hay que decir” a la cultura, a lo que se entiende. Entre otras cosas porque, en veinte siglos de cristianismo no es la primera vez que se hace. Porque si no, ¿qué es lo que hacen los misioneros en todo el mundo, más que adaptarlo a la cultura del país en el que misionan? y teniendo claro que “adaptar” no significa manipular, sino hacer el esfuerzo necesario para que se entienda, para que afecte, o pueda afectar, a la vida de los que reciben el mensaje.
Todos los años hay en este CENTRO DE ESPIRITUALIDAD, una tanda
de Ejercicios (“espirituales”, para que se entienda) la semana anterior a la Semana Santa. Habitualmente acuden a ella, entre otras personas, unas cuantas religiosas mercedarias, del colegio Lañomendi de Loiu, en Bizkaia: Pilar, Mª Pilar, María, Chiqui, Marisol y María Angeles. Después de algunos años ya somos amigos. Esto viene a cuento de que Mª Pilar nos enseñó el montaje de ordenador que tenían hecho para la celebración de la Pascua juvenil en Talavera de la Reina (Toledo), a donde iba después de los ejercicios. Allí, aparte de los efectos propios del aparato, los mensajes eran de los que entienden los jóvenes. No procedía hacerlo de otro modo, porque no lo entenderían.
Usamos mucho la palabra “pastoral”. Pues puede que no se conozca su
significado por el común de los mortales. Los cultos pensarán en la sinfonía de Beethoven. Otros puede que piensen que se trata de algo relacionado con las ovejas o los pastores. E incluso habrá quien piense que debe de ser una palabra “sagrada”, porque la usa mucho el cura.
Termino este pequeño muestrario de la primavera cultural religiosa, con
una anécdota ocurrida en las procesiones de semana santa de Málaga, el pasado año. Entre los pasos que procesionan, hay uno en el que tres personas intentan poner en pie la cruz, con el Crucificado. Uno empuja el palo más largo desde detrás, y los otros dos, por delante, tiran de dos cuerdas atadas a los extremos del palo menor. Un niño pequeño, que estaba viendo la procesión subido sobre los hombros de su padre, le pregunta al ver el paso: -Papá ¿por qué le matan? El padre no supo qué decir.
Juan Antonio Fernández
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¿POR QUÉ LE MATAN?
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