AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR, Y A
DIOS LO QUE ME SOBRA... SI SOBRA


Casi todos conocemos el relato evangélico de Marta y de María. Lo
recuerdo, no obstante. Jesús entra en una casa donde es recibido por dos
mujeres, una de ellas está atareada para que todo esté a punto y Jesús se
sienta cómodo; mientras que la otra, se sienta a los pies de Jesús, y deja
que el tiempo pase, ¡escuchándole! A ésta, María, se la presenta como “la
perezosa” porque se dedica a NO “hacer” nada, mientras su hermana se
afana por las tareas domésticas; porque ya se sabe, que las cosas no se
hacen solas. Esto ¡claro! provoca el enfado de la otra hermana -Marta, la
que “trabaja” que intenta que sea el mismo Jesús el que llame la atención
de la vaga, que está perdiendo el tiempo... ¡con las cosas que hay que
hacer! Para colmo de desdichas no es que Jesús no haga nada en ese
sentido -que no lo hace-, sino que, además, le da la razón a la que no da ni
golpe.

Éste es el esquema del relato que me ha hecho pensar mucho, porque cada
vez lo entiendo menos. Os invito a que reflexionemos juntos: pienso yo,
que si lo más importante es el seguimiento de Jesús, entonces ¿por qué
dedicamos mayoritariamente nuestro tiempo a “otras cosas”? No es cierto
que todo lo que hacemos sea necesario para el seguimiento de Jesús, a no
ser que nos queramos engañar a nosotros mismos. Y si no te lo crees, coge
un papel y un lápiz, y vete anotando en qué ocupaste el tiempo ayer. Para
quién fueron tus afanes. A ver qué te sale a ti.

Las personas que entre nosotros, los cristianos, se han distinguido por su
vida ejemplar, dedicaban el tiempo mayoritariamente a la oración, a la
lectura de textos que alimentasen su corazón y les empujara a proclamar -
muchas veces sin palabras, con su modo de vivir- el Reino de Dios entre
nosotros. A mostrarnos que, hoy y aquí, entre nosotros, sí es posible otro
modo de vivir. Y no hablo de los santos de la Edad Media.

A Dios el tiempo sobrante. Puede que escrito así suene duro, pero creo que
a Dios le dedicamos el tiempo que nos sobra, ¡¡cuando nos sobra!! No es
un juego de palabras. Nuestro tiempo principal lo dedicamos a lo que
nosotros consideramos importante. Como Marta, la del relato. Porque ¿
alguien cree que la comida se hace sola, que no hay que ir a la compra,
después de haber pensado qué comemos hoy?, ¿qué se quita el polvo de la
casa sin pasar tiempo limpiando?, o ¿que no hay que planchar? etc. etc.

Conozco un señor, ya jubilado, que tiene una amplia colección de soldaditos de
plomo. Recibe, y ¡lee!, publicaciones escritas sobre su afición; incluso del
extranjero, porque en Alemania, por ejemplo, hay muchos aficionados. Dedica
todos los días unas horas. ¿Has leído “horas”? Entonces es correcto, he escrito
que dedica TODOS los días unas HORAS a sacar, limpiar, ver, retocar, pintar
sus soldaditos. Si alguno requiere especial atención se la dedica. Hay días, según
su mujer, que le lleva toda la mañana. Si se entera de alguna exposición se las
arregla para asistir a ella. Si sabe de alguna pieza que se vende, evalúa la
posibilidad de comprarla, en función de su economía de pensionista modesto. Si
se ha organizado alguna charla sobre el tema asiste a ella, casi, casi, sea donde
sea.

¿Cuál crees que es la ocupación más importante de mi amigo? No hace falta que
conteste yo a la pregunta ¿no? Alguno dirá: ¡claro! siendo jubilado y con todo el
día por delante... Sigue leyendo, por favor.

Leí hace algún tiempo unas notas sobre la distribución del día de la Madre Teresa
de Calcuta. Decía que se levantaba temprano, a las seis de la mañana. Dedicaba
DOS horas a rezar, incluyendo la misa. Desayunaba. Se ponía al trabajo hasta la
hora del Angelus, rezaba; hacía una pausa para comer, después descansaba un
poco, y de nuevo a la tarea, y antes de cenar rezar de nuevo.

¿Qué era lo más importante para la Madre Teresa? , y ésta no era jubilada. Lo
contestaba ella misma: “Para mí lo más importante es el tiempo que dedico a
Dios, lo demás viene como consecuencia de lo anterior”. Y resulta que nosotros,
el mundo que la admiró, le hemos dado siempre más importancia a lo que ella
llamaba “lo demás”; vamos, lo NO importante -o menos importante- para ella.

Por eso digo que no lo entiendo. Nos pasamos el día corriendo de un lado para
otro, hay que hacer no sé cuántas cosas, y si no las haces tú a ver quién las hace;
o hay que ir al trabajo y levantarse a las seis de la mañana todos los días, o mil
otras situaciones REALES, no inventadas, que existen. Entonces ¿cómo
podemos darle a Dios ese tiempo importante, que el mismo Jesús le recomienda a
Marta? O bien Jesús no se ha enterado de cómo anda este mundo, o aquí hay
algo que no me cuadra.

Me dice uno que está leyendo lo que escribo, mientras lo escribo, que siempre se
puede cambiar el uso de nuestro tiempo, de modo que en vez de ver tanta
televisión ridícula y absurda, se puede uno programar un tiempo para leer y
meditar a diario; por ejemplo, los textos y sus comentarios del evangelio, que hay
muy buenos libros para ello. Me dice que aunque la jornada de trabajo sea
intensa, se madruga un poco más para estar con Dios, contarle lo que hago, lo
que me preocupa, y pedirle que me acompañe en el día que comienza; o bien
hacerlo a la tarde, después de una jornada muchas veces agotadora, que termina,
muy a menudo, cuando me duermo ante la televisión. Me dice que el sábado o el
domingo, el día que tenga libre, también se puede reservar un rato para estar con
Dios: sea para hacer un poco de balance de dónde estoy, en qué voy gastando mi
vida; sea para leer un buen libro que refresque y alimente mi fe, que haberlos los
hay, y muy actuales. Que si estoy de vacaciones puedo dedicar, a diario, un
tiempo para estar con Dios, ya que de ordinario tengo poco, o menos. Como
hacemos con nuestra familia para aprovechar las vacaciones. Que si estoy
jubilado, tengo a mi disposición mucho tiempo que seguro que empleo en “otras”
cosas... Pero a mí me da la impresión de que éste que me lee mientras escribo,
no entiende cómo está el mundo. No sé donde vive, de qué rama se ha caído,
por eso te pregunto...


Y tú, ¿qué opinas?


Juan Antonio Fernández