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LAS APARIENCIAS
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HE VUELTO A VER en un programa de TV al grupo musical llamado: “El
canto del loco”. Se trata de cuatro chicos, de unos treinta años, que hacen música tipo rock. Recuerdo que la primera vez que los vi me llamaron la atención por la indumentaria, tirando a descuidada, y su aspecto un tanto de “broncas”.
Creí, entonces, que eran un poco gamberros -para entendernos-, y he aquí
que a través de la entrevista que les hacen, descubro que uno de ellos habla de su familia, en especial de su madre, con un gran cariño, e incluso enseña un tatuaje, en uno de sus brazos, con el nombre de ella. Me intereso más y resultan ser unos chicos majos, trabajadores en lo suyo -la música-, y que, además, están tratando de ayudar, de patrocinar económicamente, a otros grupos también musicales, aún desconocidos por el público, para que puedan grabar su primer disco y darse a conocer. Cosa que a ellos les costó mucho. O sea, que además, son solidarios.
Mi primera reflexión fue: te has equivocado al juzgarles por “las
apariencias”.
HACE UNOS MESES, al atardecer, aparecieron en Angosto una pareja, de
unos treinta años escasos, a los que acompañaba un perro de esos que infunden un cierto respeto. Venían andando, arrastrando dos carritos: uno como de llevar una maleta, y el otro parecía el armazón de un cochecito de niño, en los que llevaban su equipaje (¡!).
Decían venir haciendo el camino de Santiago y pedían algo de comer, y un
sitio donde lavarse un poco, porque llevaban dos días sin asearse con agua. Recuerdo que les ofrecí un bocadillo y agua, y me pidieron si podía ser, algo caliente; que de bocadillos ya estaban un poco hartos porque era su comida habitual; vamos, lo que todo el mundo les daba.
La comunidad les ofreció una sopa caliente y no me acuerdo qué otra cosa
de segundo plato. Al llevarles los platos, al lugar en el que iban a cenar, me ofrecieron sentarme con ellos a compartir la comida. Se lo agradecí con la excusa de que ya había cenado, cosa que era cierta, además de ser también, una excusa. No me habían inspirado ninguna confianza. Había pensado que eran otros vividores, como tantos, que se aprovechan de conventos religiosos para comer gratis. Que los hay.
Cuando terminaron de cenar lo que les llevé, que se lo comieron todo, me
llamaron como habíamos quedado, para recoger los platos y los cubiertos. Y la sorpresa fue que me los devolvieron fregados y perfectamente limpios. Se deshicieron en agradecimientos a la comunidad, y, de nuevo, se pusieron en camino. Mi pensamiento, como en el caso anterior, fue: te has equivocado al juzgarles por “las apariencias”. Se dirá que -claro- es inevitable juzgar a alguien desconocido por las apariencias. Claro, claro... y tienen razón. ¿O no?
ME HAN VENIDO estas dos experiencias personales a la parte creativa del
cerebro, a raíz de la lectura del pasaje evangélico en el que Jesús les dice a sus discípulos, o sea a sus seguidores, o sea a ti y a mí, aquello de “no juzguéis y no seréis juzgados...”, o ...“con el mismo rasero que uséis para los demás os medirán a vosotros...” que no sé yo si se nos ha explicado muy correctamente.
No se trata de que no podamos tener una opinión de las personas que nos
encontramos en nuestra vida. Eso es inevitable. Creo yo que se trata de que no elevemos a “conclusiones definitivas” el juicio sobre un desconocido ANTES de conocerle. Se trata de que seamos capaces de rectificar, si hay que hacerlo. Se trata de que no nos obcequemos pensando que solamente nosotros somos los buenos, los escogidos, los modelos, y que los que no son como nosotros, son malos, indeseables, vagos o maleantes. Y desde ese juicio que he formado SIN CONOCERLES, ya les encasillo, les trato en consecuencia: les desprecio, les humillo, les margino o, lo que es peor, les ignoro.
ME ACUERDO QUE ALGUIEN, en alguna de las reuniones a las que he
asistido en mi vida, contó una vez que el grupo de los que seguían a Jesús en Galilea, aquellos que Él llamó discípulos y que nosotros celebramos como grandes hombres -lástima que se nos olvidase que también había mujeres, y muchas, según el mismo evangelio-, aquellos hombres tenían el aspecto de ser una banda de desarrapados, que hoy si los encontrásemos en una calle nos cambiaríamos de acera.
Hemos idealizado muchas cosas. A los ángeles les hemos puesto alas, no sé
para qué si son ángeles. A algunos apóstoles barba. A otros unas vestiduras, unos manteos, que parecen hechos por sastres a medida -sólo les falta el famoso lagarto en el pecho-. La imaginería popular, y sobre todo una deficiente formación religiosa, nos puede gastar malas pasadas. Es verdad que es difícil no dejarnos llevar por el estereotipo que cada uno tenemos en la cabeza, respecto a lo que nos inspira confianza, a las apariencias, a las vestimentas, a lo externo. Eso no quita para que, DESPUÉS, seamos capaces de reflexionar, rectificar y APRENDER para la próxima vez.
DIOS NO NOS NECESITA como seres humanos perfectos (menos mal),
pero sí como personas que reflexionan, que intentan cada día -desde sus condicionantes y desde lo que viven-, ser un ejemplo de seguimiento a su hijo Jesús. Y eso implica caer y levantarse... las veces que haga falta.
Y tú, ¿qué opinas?
Juan Antonio Fernández
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