¿TE GUSTA REGALAR?


Llega el final del año, y nos apresuramos a pedir. Sí. Con la Navidad vienen
los regalos: unos se los piden al niño Jesús; aquí otros al Olentzero; en
otros lugares seguro que habrá otra figura que la tradición ha hecho que se
asimile a regalo. Los más tardones esperan al mes de enero, en el que serán
los reyes magos los que les traigan sus regalos.

He vivido hace unos pocos días la experiencia de una persona, conocida de
mi familia, que ha tenido que visitar las urgencias de un hospital, como
consecuencia de un pequeño accidente doméstico. Afortunadamente, nada
grave. Se quejaba de que le tuvieron tres horas esperando a ser atendido.
Había otros casos más graves.

Casi al mismo tiempo leo el relato de la odisea -esto sí se puede llamar así-,
que vivió un cooperante en Guinea Konakry, país situado en el oeste
africano, cuando llevó a un niño de cuatro meses al hospital, para ser
atendido de un ataque de malaria.

Estaba anocheciendo cuando llegó, y el hospital estaba a
oscuras porque, según le informaron, la gasolina está muy cara,
y no se encienden los grupos electrógenos -que son los que
proporcionan la energía eléctrica- más que para las
operaciones. El enfermero que le recibió, le hizo saber que
tendría que esperar a que amaneciese, para poderle poner el
suero al niño, ya que a media luz, como estaban, él no se
atrevía a hacerlo. El cooperante, que lo cuenta con rabia, dice
que se pasó la noche -con el niño en brazos- esperando la luz
del día.

No puedo menos que interrogarme, ante los contrastes de ambos
acontecimientos, ocurridos en las mismas fechas, en el mismo mundo (¡!), a
dos seres humanos igualmente creados por Dios.

Creo que nosotros, ciudadanos de la Unión Europea, muy a menudo
imaginamos que todo el mundo es como esta Europa en la que hemos
nacido -por cierto, sin ningún mérito de nuestra parte-, cuando la realidad es
que, incluyéndonos a nosotros, puede que no haya más de cuarenta países
en el mundo con un nivel de vida semejante al nuestro. Con todas sus
imperfecciones y desigualdades, por supuesto.

Y a mí me da la impresión de que esto nos anestesia. Sí, porque no
reaccionamos. Nos quejamos de que nos hacen esperar en nuestros
flamantes hospitales en los que no falta de nada, cuando en la MAYOR
parte del mundo, he dicho la MAYOR, ni siquiera hay luz eléctrica por la
noche. Y ¿qué queréis que os diga?: o estamos dormidos o estamos locos,
o cerramos los ojos a la realidad. Porque ésa, la de “la MAYOR parte del
mundo”, ésa es la realidad. Nosotros somos la excepción.

He leído últimamente que se ha hecho una encuesta para saber cómo anda
la atención y asistencia médica en las diferentes autonomías que componen
España. Y a continuación han empezado a presumir -los que la tienen bien,
claro- ante los otros. Me parece tan ridículo, como cuando de niños, en el
patio del colegio nos ufanábamos de tener un cromo que los otros no
tenían. O cuando hacíamos competiciones para ver quién meaba más lejos.
A mí me suena a lo mismo. Absurdo. ¿Estamos locos? ¿Hemos perdido
los papeles?

Yo no pretendo que no nos beneficiemos de lo que hemos conseguido,
entre otras cosas porque es bueno. Lo que pretendo es que vivamos
despiertos, en todas las circunstancias en las que nos coloque la vida;
pensando que no estamos solos en el mundo; que hay quien se pasará la
vida esperando que nuestro corazón se mueva ¡un poco!, y que cuando
nosotros celebremos alegremente nuestras fiestas, en este caso las
Navidades o el final del año, nos acordemos de ellos.

Lo que me gustaría es que estas Navidades pensásemos cómo hacerles un
regalo a los que realmente necesitan vivir con un poco de dignidad. Yo
estoy escribiendo de un hospital, pero está claro que no es la única
necesidad del mundo. Yo quiero que tú -que me estás leyendo-, pienses
que hay gente que ni siquiera puede pensar en regalos, cuando lo que les
falta es todo.

Hace algún tiempo le entrevistaron a un misionero vasco que estaba en
Rwanda. Había vuelto a su casa por unas breves vacaciones, y paseando
por su pueblo vio en un escaparate una vajilla que costaba el equivalente,
hoy día, a trescientos euros. El hombre se llevó las manos a la cabeza. “¿
Sabes lo que significa esa cantidad de dinero para una familia en
Rwanda?, le decía al periodista. El sustento durante UN AÑO”
. O sea
que con lo que aquí nos gastamos en una vajilla, allí vive UNA FAMILIA
(no una persona) durante UN año.

Estas historias de misioneros siempre nos suelen motivar mucho. No sé si
es por las imágenes de las misiones que tenemos en nuestras cabezas, de
cuando éramos niños y los misioneros tenían barbas largas, y nos contaban
emotivas historias de negritos o chinitos, y venían una vez en su vida a su
pueblo, los que venían.

Hoy en día hay suficientes organizaciones serias y solventes a las que les
podemos hacer llegar “nuestro regalo” para los que nunca lo pedirán. Así
que si quieres hacerlo, estás invitado. y ¡ojalá! comiences en Navidad y
sigas todo el año, porque no se trata de una situación puntual. Para ellos,
para la MAYOR parte del mundo, es la de todo el año.


Y tú, ¿qué opinas?


Juan Antonio Fernández