¡PREPÁRENLA, POR FAVOR...
PREPÁRENLA!


Este verano, me ha traído el recuerdo de aquellas misas de los domingos, hace
más de cincuenta años, en el pueblo de mis abuelos, donde junto con mis
hermanos, pasaba las vacaciones. Del comportamiento de los hombres que
ese día iban a misa, me llamaron la atención dos cosas: una, que esperaban en
el pórtico a que entrasen las mujeres que ocupaban los bancos de delante de la
iglesia (ellos se ponían detrás, de pie); y la otra, que en el momento del
sermón, se salían al pórtico.

En estas vacaciones asistí a una Eucaristía en la que me dieron ganas de
salirme de la iglesia durante la homilía (lo que se conoce como el sermón).

A propósito de la homilía, leo en un diccionario teológico: “La homilía
forma parte de la liturgia y es necesaria para alimentar la vida cristiana.
La homilía deriva sus temas y sus motivos sobre todo de la Sagrada
Escritura y de los textos litúrgicos. Precisamente por la importancia de la
homilía, predicar es un arte. La homilía no debe ser ni demasiado breve
ni demasiado larga, preparada siempre con esmero, sustanciosa y
apropiada”
.

Cuando decía más arriba que me dieron ganas de salirme durante la homilía,
era porque evidentemente el sacerdote “no la había preparado”; se limitó a
volver a leer -eso sí, más despacio-, el mismo trozo del Evangelio, que se
acababa de proclamar, añadiéndole comentarios del orden de: “¡Qué página
más hermosa!”
, o bien “¡Aquí no sobra nada!”, o una serie de tópicos que
valen para todo tiempo y ocasión, con los que difícilmente se puede ayudar a
alimentar la vida cristiana de los oyentes.


UNA OPORTUNIDAD PERDIDA

En general, los cristianos que podríamos llamar “normales”, los de misa, ¿qué
oportunidades -además de la homilía- tienen de formar su conciencia, su
espiritualidad, de alimentar su vida de cristianos, de hacer crecer su fe?; ¿por
qué no hacer un esfuerzo para preparar ese importante momento de la liturgia,
y no confiarlo todo a la memoria, de tantos años repitiendo lo mismo?

Hoy no hay disculpa para no preparar algo “sustancioso y apropiado”, que
aunque no se tenga el arte de predicar, hay libros (para todos los gustos) en
los que se pueden encontrar todos los evangelios del año, con su comentario.
O bien páginas de internet (entre ellas la nuestra, la de Angosto) en las que se
pueden obtener comentarios a las lecturas de TODOS los días del año.


VARIANTES

A lo largo de tantos años he tenido la experiencia -y seguro que tú que me
estás leyendo también-, de asistir a muchas misas, con un variado
planteamiento de sermones. Por ejemplo: el sacerdote que, llegado el
momento, decide que lo mejor es no decir nada, no aportar nada, y que cada
uno saque la consecuencia que quiera; para lo que da unos minutos de silencio
y reflexión. Con lo que la comunidad cristiana no se enriquece de nada, y
además se aburre.

También he conocido al que decide no comentar los textos de ese día, y se
dedica a hablar de otros que ni siquiera se habían leído, pero que supongo le
gustan más a él. Y los comenta, eso sí.

O el que, al igual que el anterior, decide no comentar nada sobre los textos
proclamados, y sin embargo lee otros textos: cartas de santos obispos,
sermones de santos de hace mucho tiempo, que están escritos con un lenguaje
que hoy es literalmente imposible de entender, al menos en ese contexto de la
homilía, y ante esa asamblea de fieles, en ese momento.

He conocido también, no se diga que sólo comento lo que no me parece bien,
sacerdotes que se lo preparan, lo escriben, y lo leen, a sus feligreses, en cada
misa que celebran, tratando siempre de buscar una aplicación al vivir de cada
día. Y otros que sin un papel, sin una letra escrita, desgranan de manera
sencilla, cómoda, breve, y sin salirse para nada del texto del día, aquello que
los fieles desean escuchar en el fondo de sus corazones: una palabra, un gesto
de Jesús, que les ayude en el complicado camino de sus vidas.

En una ocasión, mi mujer y yo fuimos a la misa del domingo, a la iglesia en la
que nos habíamos casado bastantes años antes. Nos sorprendió tan
agradablemente el sermón, nos pareció tan interesante, que no pudimos por
menos de entrar a la sacristía, una vez concluida la misa, para felicitar al
sacerdote por el mismo. El hombre se sorprendió, agradablemente claro, y nos
confesó que en más de treinta años de vida sacerdotal, era la primera vez que
alguien le felicitaba por la homilía que había pronunciado.

Termino pidiendo encarecidamente a todos los sacerdotes, que tienen como
misión alimentar la fe de los creyentes, anunciar de la mejor manera posible -y
sirviéndose de lo que haga falta-, a ese Dios Padre bueno que nos mostró
Jesús, que, por favor, PREPAREN la homilía de cualquier Eucaristía que
presidan. Por muy pequeña que sea la concurrencia, por apartado que sea el
lugar. Porque para ayudar a los fieles, da lo mismo que sea domingo o jueves.
Porque, como dice el diccionario teológico que mencionaba antes, “la
homilía forma parte de la liturgia y es necesaria para alimentar la vida
cristiana”
. Y porque se trata de eso ¿no?

¡Feliz navidad! Zorionak! Y a ver si hay fortuna con las homilías de las
celebraciones litúrgicas de estos días en conmemoración del nacimiento del
Niño Dios.



Y tú, ¿qué opinas?


Juan Antonio Fernández