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¿EN QUÉ TREN VAS?
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En mi parroquia de Irún animo un grupo de adultos que, desde el año 2001,
han empezado a leer la Biblia juntos. A todos nos ha enganchado por dentro. Vamos purificando la imagen que cada uno tenemos de Dios. Por ello, me llaman la atención algunas actitudes -herencia del pasado- que reflejan la imagen que cada uno tenemos de Dios: "Dime a qué Dios rezas y te diré cómo es tu Dios".
Parto de la base de que en nuestra infancia y juventud, los sacerdotes,
catequistas, monjas o frailes que nos adoctrinaron (así se decía entonces: "ir a la doctrina"), lo hicieron lo mejor que sabían. La buena voluntad se les supone. Pero también constato que entonces, al hablar de Dios, había un componente de "temor de Dios", entendido como "miedo a Dios", que en muchos casos sigue vigente, y que desde luego no casa con el Evangelio. Ni el de entonces, ni el de ahora.
Y no es que el Evangelio haya cambiado en estos años en que nos hemos
hecho mayores. No. Lo que ha ocurrido es que, en el último siglo, se ha estudiado, conocido e investigado mucho mejor, y gracias a ello hoy lo podemos ¡disfrutar! de forma más auténtica. Como decía mi amigo el cura: "no es que haya cambiado el Evangelio, lo que ha cambiado es lo que nosotros conocemos y entendemos de él".
Se puede entender que en aquella sociedad -que poco o nada tiene que ver
con la de hoy en día- imperaba el temor (léase "miedo") a todo, o a casi todo.
Se pueden comprender todos los atenuantes que se quieran, pero... ¡por
Dios! que ya han pasado cuarenta, cincuenta o sesenta años de aquello; que hemos cambiado, evolucionado. Que hemos entendido la vida, las costumbres, el trabajo, la familia, la sociedad, el país, la religión, la fe, todo, incluso a Dios, de otra manera, desde otra perspectiva. Desde otros puntos de vista más auténticos. ¡Que hemos desmitificado muchas cosas!
En honor a la verdad, debo de admitir que, en algunos casos, nos hemos
ido de un extremo al otro. Hemos pasado de una religiosidad en la que era pecado casi todo, a otra -la de hoy- en la que no es pecado nada. O al menos así se percibe. Y ambas afirmaciones seguro que son erróneas. Pero eso es el fruto de estar sometidos -como seres humanos y como pueblos-, a la "ley del péndulo", que si lo tenemos mucho tiempo sujeto por uno de los extremos, al soltarlo, invariablemente va al contrario. A períodos de falta de libertades de todo tipo, han seguido otros en los que "valía todo".
Observo personas mayores que les cuesta dirigirse a Dios como "Padre".
Les parece irreverente, prefieren otro tratamiento más respetuoso -según ellas-, aunque distancie más la relación personal con El.
He estado hace poco de visita en el hospital comarcal de mi pueblo;
observé en la sala de espera de las consultas, que había muchas personas mayores que han abandonado los zapatos -el calzado en el que fueron educados- y los han sustituido por unas cómodas zapatillas, más o menos llamativas, pero seguro que metidos en las cuales no les molestan los juanetes, ni los dedos que se les han deformado después de tantos años de zapatos estrechos, ni los callos, ni nada. En una palabra, están más contentos porque pueden ir cómodos y, al mismo tiempo, sin miedo al "qué dirán", que en su tiempo no les habría permitido ni siquiera insinuar su uso, en sus familias.
¿Por qué nos cuesta tanto creer en un Dios que nos hace la vida más
cómoda, más llevadera, más feliz? Parecemos encantados, a veces, con la idea de que a más dificultad, más cerca de Dios. ¿Por qué en muchos casos seguimos creyendo que cuanto más suframos en este mundo hacemos más méritos ante Dios, para la vida eterna?
Hace poco, en la portería de ANGOSTO me preguntaron por qué había
tantos rosarios a la venta, y sin embargo no había cilicios. Y cuando les dije que eso ya no se llevaba, que si no consideraban bastante sufrimiento el vivir, etc., por toda respuesta exclamaron: "Así están las cosas". ¿Por qué seguimos pensando que si no hago no sé qué cosa que le prometí hacer a Dios, o a la Virgen, o al santo del pueblo, Dios me tiene apuntado en la lista negra y me castigará? ¿Por qué creemos que hay que hacer méritos ante Dios? Leo en el Evangelio, que Jesús repite un montón de veces: "No estéis intranquilos, ni tengáis miedo...". Y sin embargo de cilicios, por ejemplo, de sufrir gratuitamente, de hacernos la vida más difícil, etc. etc. Jesús no dijo ni palabra.
¿Te gustaría empezar el verano pensando un poco en si el hecho de creer
en Dios, a ti te da más alegría de vivir o no? Porque si tú vives tu fe en ese Dios, al que Jesús llamó "Padre", como un conjunto de normas o leyes ¡ que hay que cumplir!, hechas para hacerte la vida más complicada, más difícil...ha lo mejor te has equivocado de Dios!, ha lo mejor te has equivocado de tren!
Conocí a un amigo que quiso ir a Barcelona en tren y, a mitad de trayecto,
se encontró con que el revisor le indicó que el tren en el que viajaba iba a Vigo... ¿A dónde va tu tren? ¿A dónde va la fe que tú vives... ?
Y tú, ¿qué opinas?
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Juan Antonio Fernández
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