EL ESPÍRITU TAMBIÉN EXISTE


HE TENIDO una larga conversación con un amigo que empieza a tener
problemas de depresión, del sinsentido de la vida que lleva. Está visitando
al médico especialista. Está medicándose y tiene, más o menos controlada
su situación, aunque no podía dejar de ir a la consulta cada cierto tiempo.
Estaba razonablemente satisfecho de cómo iban las cosas, pero echaba de
menos una: el médico no tocaba el tema espiritual. Eso es otro cantar;
sin embargo a mi amigo le hacía falta, dentro del tratamiento, sacar también
lo que le estaba resonando por dentro, en lo relativo al espíritu: somos
cuerpo, pero también espíritu. Muchas veces el problema viene de que no
nos sale nada del alma, porque se nos ha secado esa dimensión importante
y esencial de nuestro ser.

ANTES LA GENTE IBA AL CONFESONARIO, a contar sus faltas y
pedir el perdón de Dios; se podía explayar y contarle al sacerdote lo que le
pasaba, y pedirle algún que otro consejo. Todo ello producía,
normalmente, un descanso al espíritu; uno salía de allí con la sensación de
que alguien te había escuchado (muy importante!), y sabiendo lo que había
que hacer; y además, con la seguridad de que aquello había sido dicho por
don Fulano, que era un santo.

Esto ha cambiado; la Iglesia -al menos en este entorno- apenas hace este
servicio a la sociedad, porque los fieles ya no nos acercamos, a recibir el
sacramento de “la reconciliación” o “la confesión”. Por otro lado
pienso yo que difícilmente se podría decir hoy qué es “lo que hay que
hacer”
en este tiempo y en este rincón de la Unión Europea -en otros
lugares será distinto- en el que parece que todos saben ya qué es lo que hay
que hacer en todas las materias. Y en el que difícilmente se puede
aconsejar, porque pocos demandan consejos.

RECUERDO A UN BUEN AMIGO que murió hace la friolera de unos
treinta años. Trabajaba en una industria de plásticos, en la que además tenía
una parte del capital. Un ataque al corazón le retiró un tiempo de la
actividad, e incluso pensó en una jubilación anticipada. Pasados unos años,
y al encontrarse mejor, el médico le autorizó a volver a una cierta actividad,
pero controlada, poniendo la menor inquietud posible en su labor. Estaba
eufórico ante el retorno, porque pensaba, y así me lo decía, que iba a
enseñar sus conocimientos, que eran muchos, a los que ocupaban su lugar
en la empresa. Cuando volvió al trabajo, se encontró con que su
experiencia, no servía. ¿Por qué? Sencillamente, las máquinas que él había
conocido ya no existían, y las actuales habían evolucionado de tal manera
que un pequeño disco que se metía en la máquina hacía las operaciones
que en otro tiempo hacía él, y tanto le costó aprender.


LOS VALORES TAMBIÉN PASAN

ESTOY SEGURO de que alguno pensará que hay cosas que no pasan, que
el ser honrado, buena persona, eso no tiene fecha de caducidad. De
acuerdo: los valores no pasan, pero ¿y si no se aplican? porque los
conceptos no existen más que en el papel, hasta que se encarnan. ¿Cuándo
existe la honradez?, cuando hay personas honradas. ¿Cuándo hay bondad
en el mundo?, cuando hay personas buenas. Y así con todo. Los valores
son conceptos, a los que hay que poner vida.

LA IGLESIA, que en un momento de la historia hizo ese servicio de
animar, de ayudar a vivir, de escuchar a la gente, de transmitir el sencillo
mensaje de Jesús de Nazaret, carece hoy de un servicio similar. Hay lugares,
me consta, que aún tienen horarios para las confesiones. Hay otros que
tienen una especie de “servicio de acogida” a los fieles que, puede o no,
terminar en una confesión. Me preguntaba mi amigo, que he citado en las
primeras líneas, que dónde podría encontrar a alguien con quien
hablar de su situación anímica
; y nunca mejor empleada la palabra,
porque él de lo que quiere hablar es de su alma, de su espíritu, de aquello
que la ciencia médica no se ocupa. Yo no le supe qué decir, porque no
conozco lo que pueda haber en su entorno; pero en el ámbito en el que yo
me muevo no hay nada organizado. Aunque estoy seguro que habrá alguien
que excepcionalmente lo haga. Y me alegraría mucho si fuera así.

CON LA LLEGADA AL PONTIFICADO de Benedicto XVI, se han
hecho mil conjeturas, y cada uno ha arrimado el ascua a su sardina. Unos
piensan que se tiene que ocupar del celibato de los sacerdotes, de los
sacerdotes casados; otros que si la ordenación sacerdotal de las mujeres,
etc. etc., porque la lista es larga. Me quedo con la propuesta -¿o es un
sueño?- de los más sencillos: “que la Iglesia se acerque a la gente, a los
problemas del día a día, que se les escuche; que en la parroquia haya
espacios, y tiempos, para eso”
.

ESTO NO SIGNIFICA que lo tengan que hacer los sacerdotes; hay
seglares muy preparados, y otros que se podían preparar, para hacer esta
labor. Cuando hablamos de dar formación a los seglares y ofrecerles un
trabajo, un servicio en la estructura eclesial, no siempre estamos hablando
de formación teológica; hablamos de todo lo que se necesite, para prestar el
mejor servicio posible para anunciar -con nuestro modo de acoger a las
personas, de escucharlas- al Dios de Jesús. El problema existe al no
considerar importante ese servicio, porque hay otras prioridades; o porque
no se quieran delegar funciones ni invertir dinero y tiempo en la formación
de seglares a tal fin.


Y tú, ¿qué opinas?


Juan Antonio Fernández