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¿DÓNDE LLEVO MIS PROBLEMAS?
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Es una situación de esas que se repiten a diario en muchos hogares. El marido
tiene un trabajo absorbente, de los que no dejan ni un resquicio para respirar. La mujer, que además de trabajar en la casa, también trabaja fuera de ella, se le queja de que él apenas tiene tiempo de estar con el hijo que ambos tienen. Que si el niño tiene que ir al médico tiene que ser en base a los permisos que ella pida en su trabajo. Que si llaman de la guardería, porque el niño se ha puesto malo o ha pasado cualquier cosa, la llaman al trabajo a ella. Es una situación muy conocida por multitud de parejas jóvenes.
Llega un momento en que él le dice a su mujer que lo siente mucho, pero que
no puede hacer más de lo que hace. Que él tiene muchos líos en el trabajo, y que a veces tampoco sabe muy bien a dónde llevar sus problemas, porque le ve a ella tan liada con el niño, la casa y su trabajo que no le puede comentar nada. Que no se atreve a añadir más historias, a una situación -que ambos viven-, que dista mucho de ser tranquila y relajante. No están enfadados. Lo comentan y yo, que estoy presente, me quedo pensando.
Hace años los sacerdotes, con mayor o menor fortuna, hacían una labor en el
confesionario, además de impartir el sacramento de la confesión, claro está. En muchos casos era una labor próxima a lo que hoy llamaríamos la consulta de un psicólogo. Las personas con problemas en sus vidas, tenían alguien que les escuchase, aunque no se tratase siempre de confesar pecados ni de resolver nada. Se trataba de un lugar y de una persona de plena confianza, que pacientemente escuchaba.
¿Dónde llevo mis problemas?, se preguntaba el marido de mi historia. Quería
decir, ¿dónde llevo mis problemas si no te los puedo contar a ti (que compartes la vida conmigo), porque tú bastante tienes con los tuyos?
La pregunta es seria y no pretendo entrar en el terreno del profesional, sea
psicólogo o lo que sea. No sé si como Iglesia de Jesús tenemos algo que decir o no. A lo mejor sí. ¿No dijo Jesús aquello de “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré”? Mateo capítulo 11.
A lo mejor se nos está olvidando la atención a los que no están enfermos del
cuerpo, ni necesitan del socorro material para llegar a comer, ni hay que hacerles un funeral o administrar cualquier sacramento. A lo mejor lo cotidiano no tiene cabida en nuestro esquema, porque no figura en ninguna estadística de las que manda el obispo para rellenar a final de curso.
Me decía un amigo que viaja bastante por el extranjero, que acompañado por
su anfitrión, había asistido recientemente a un encuentro en una iglesia cristiana, no católica. Dice que allí hablaban de los problemas del día a día, de las dificultades que cada uno tenía para vivir y de esa manera se consolaron mutuamente. Y que, al final del encuentro, el pastor encargado de aquella comunidad recogió lo que se había comentado y lo iluminó con la Palabra de Dios, tomando un texto apropiado de la Biblia.
Nosotros aquí no sabemos ir a la iglesia, al templo, más que a oír misa o a
celebrar algún sacramento, Y que conste que no es que ello me parezca mal, lo que pasa es que no hay otras posibilidades. Incluso hoy se excluye el poder ir a rezar o a acompañar al Señor fuera de horas -“fuera de horas” nuestras, no de Él, por supuesto-, porque en su gran mayoría los templos permanecen cerrados.
CON UN CAFÉ Y UNAS PASTAS
Recuerdo que un sacerdote de Madrid, que vino en una ocasión a San
Sebastián a pronunciar una charla y a quien trasladé desde el aeropuerto, me contó cómo reunía, en los salones de su parroquia, a los feligreses que lo deseasen, los domingos a las cinco de la tarde, alrededor de un café y unas pastas. ¿Para qué? Para charlar distendidamente de la vida. ¿Hay algo más importante para cualquier ser humano? Y era un momento en el que mucha gente se acercaba a la iglesia, tomaba contacto con ella de otro modo, fuera de lo sacramental o del culto. Los que como yo, ya somos muy antiguos en labores eclesiales, hemos conocido algunos ensayos de este tipo o parecido, y resultaron bien.
Estamos en tiempo de verano. Algunos tendrán la posibilidad de estar de
vacaciones -recordemos que todos no pueden-, estaría bien que pensásemos un poco en qué hacer para que los que tienen problemas encuentren en nuestros entornos parroquiales la acogida necesaria y oportuna. Somos una generación de seres humanos -los que ahora vivimos en este mundo-, que ha desarrollado la inteligencia humana, de la que nos dotó Dios, hasta extremos inconcebibles. Somos unas personas que hemos puesto la imaginación en marcha, para desarrollar inventos espectaculares. ¿No vamos a ser capaces de buscar y encontrar nada que ayude a nuestros semejantes a vivir, y que no consista en dar comida o dinero?
Y tú, ¿qué opinas?
Juan Antonio Fernández
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