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¡ME VA A QUITAR USTED LA FE!
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- Quería encargar una misa para que mi hijo apruebe el examen de la
selectividad.
-.¿Ya ha estudiado?
-Sí claro, pero es para que la Virgen... (pon aquí la advocación de la
de tu pueblo, o bien San Antonio, San José, o el santo al que le tienes mucha devoción) le ayude.
-.Y si no aprueba ¿te vas a enfadar con el santo o la Virgen a la que se lo
has pedido?
- ¡Oiga!, ¡que me va a quitar Ud. La fe!
Casualmente fui testigo presencial de este diálogo, que también lo he oído
en Angosto, y supongo que se repite en otros lugares. Aunque la petición sea distinta. Puede ser que lo que se desea pedir sea la salud, un buen parto, aprobar unas oposiciones, el éxito de una operación, etc. etc.
Y no es que me sorprenda la petición. No, ni mucho menos. Que levante el
dedo el que en momentos de dificultad no ha pedido lo que haga falta y a quien haga falta, para resolver su situación. Lo que me sorprende es la conclusión que se saca: ¡Oiga, que me va a quitar Ud. la fe! O sea que si se intenta “hacer pensar” a la persona, abrirle ¡un poco! los ojos, para que ella misma piense que sí, que está bien pedir la ayuda de Dios -a través de la mediación que se quiera-, pero que habrá que ser razonables y creer que aprobar un examen, por ejemplo, consiste en un porcentaje de estudio (hay que estudiar} y otro de suerte (hay que tenerla para que te toque lo que mejor sepas}, entonces estás atacando su fe (¡!}, y ante eso reacciona fuertemente, emocionalmente, porque cree que ahí, en la suerte, es donde interviene Dios.
Con motivo de la proyección de la película sobre la Pasión de Cristo, ha
habido gente que me ha preguntado -después de verla-, qué me había parecido. Me estoy acordando de un amigo de uno de mis hijos, un chico muy sano Con sus treinta y tantos años, que ha estado por casa desde siempre, desde que él y mi hijo coincidieron en la escuela: o sea, hace un montón de años. Empecé explicándole lo que a mí me pareció la película, y terminamos hablando del “motivo” por el que Jesús fue crucificado. Es decir, por atentar directamente contra el sistema político y religioso de su tiempo. En tres palabras: contra el poder. Al terminar la conversación me dijo: “Y ¿por qué no se explica eso así? Yo, ahora no voy por la iglesia, pero cuando iba nunca oí comentar eso que hemos hablado”.
Son ejemplos de la cara y la cruz. Los que no quieren que les toquen el
chiringuito de “su” fe (¡!} que han montado junto a la iglesia: adosado a ella. Y los que están ávidos de entender las cosas razonadamente; no mágicamente; para eso ya están los adivinos, los que echan las cartas, leen el tarot, predicen el futuro, etc.
Lo más preocupante es que, los que creen en las intervenciones mágicas,
no desean oír, para nada, otra palabra. Para ellos, lo fundamental es que las intervenciones de Dios en sus vidas sean de tipo espectacular, milagroso. Lo que podríamos llamar “normal”, eso no existe. Ni se les puede hacer pensar en el sentido de que Dios actúa, se hace presente en el mundo, a través de los acontecimientos y de los comportamientos que los mismos suscitan en los hombres y las mujeres con los que convives, o te encuentras en tu caminar de cada día: en tu escalera, en tu barrio, en tu pueblo. Para ellos, si no hay algo espectacular, allí no está Dios. y ¡claro!, pues espectacular, lo que se dice espectacular... poco, ¿no?
¿Dónde está Dios en tu vida, en lo esperado o en lo inesperado? ¿Qué te
aporta lo inesperado? Leer y releer cada acontecimiento de tu vida, para descubrir una visión de conjunto. Y esto que vives ¿qué significa?, ¿cómo lo vives?, ¿a dónde te lleva?
Y luego está esa exclamación, a modo de amenaza, de hacerte responsable
de que como consecuencia de lo que tú les preguntas, van a perder su fe. ¿ Qué fe? ¿No estaremos confundiendo unas costumbres religiosas -buenas, eso sí-, con la fe en el Dios de Jesús de Nazaret? Yo, de niño, pensaba que los cristianos éramos los buenos del mundo, y que los que no eran cristianos, eran los malos. Afortunadamente el sol ha salido miles de mañanas desde entonces, y he conocido personas excelentes, buenas, honradas y... no eran cristianas. Y al revés.
Todavía me acuerdo de una persona que me contó que ella no había vuelto
por la iglesia, por el templo, desde que en una ocasión que fue a consultar algo con un sacerdote, éste le contestó de la manera que ella no quería; o sea, que no le dijo lo que ella quería escuchar. No sé si también le diría eso de: ¡Oiga, que me va a quitar Ud. la fe!
Y tú, ¿qué opinas?
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Juan Antonio Fernández
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