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NO ES UNA ASIGNATURA
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El mes de Junio se ha comenzado a exponer en el Museo Guggenheim de
Bilbao, y con carácter permanente, la monumental obra escultórica en hierro del norteamericano Richard Serra. Ocupa los 130 metros cuadrados de la mayor sala del citado museo. Con motivo de su instalación, leí en un periódico una entrevista con el artista en la que, entre otras cosas, decía: “No creo que nadie pueda enseñar a dibujar o a pintar, por una razón muy sencilla: porque no hay una forma correcta de hacerlo”… “pintar es una manera de expresar tu particular forma de ver la realidad, de configurar lo que ves”.
Me quedé pensativo. Después he llegado a la conclusión de que tiene razón.
No estaba queriendo decir que no hubiera que aprender “técnicas” para pintar, estaba diciendo que la manera en la que tú ves la realidad y la expresas es absolutamente personal, porque cada uno la vemos de una manera: la nuestra.
Había coincidido yo, por esas mismas fechas, en una celebración con
unos cuantos chicos y chicas que se iban a confirmar. Sus edades, entre 16 y 18 años. Hablé con ellos y con su monitora. Todos contentos de llegar al final de un proceso, que les ha llevado tres años. Iba todo normal hasta que la monitora les pregunta qué impresión tenían de la preparación para la confirmación, después de tanto tiempo juntos. Uno de ellos habló de las “clases (¡!), refiriéndose a esos encuentros semanales en los que a lo largo de estos años habían estado reuniéndose. Yo comprendo que, a su edad, la religión les suene a una clase; pero la preparación para recibir un sacramento en una parroquia no puede ser una clase. Y pensé que eso se les tendría que haber aclarado hace tiempo.
No se llega a recibir un sacramento -en este caso la confirmación-
como consecuencia de haber asistido a clase. No hay un maestro o profesor, no hay unos alumnos, no es para enseñar nada ni se trata de aprender nada. La preparación al sacramento -sea cual sea- es un acompañamiento, un proceso en el que todos -incluido el monitor o monitora-, se enriquecen en algo. Es ir descubriendo, poco a poco, esa llamada de un Dios que está dentro de cada uno de nosotros y nos llama. No se llega a ser cristiano al cabo de no sé cuantas clases o cursillos. No se dan diplomas.
Al igual que Richard Serra, refiriéndose al arte, dice que “no se
puede enseñar a dibujar o a pintar… porque no hay una forma correcta de hacerlo”, yo creo que no se puede “enseñar” a ser cristiano, seguidor de Jesús de Nazaret, porque no hay una única forma de seguirle. Se trata de un descubrimiento personal; es imposible hacerlo por el otro. De donde cabe deducir que hay tantos modos de llevarlo adelante, de seguir a Jesús, como personas.
Eso no quiere decir que no se puedan aprender técnicas que ayuden a
ese descubrimiento. Por ejemplo, el que aprende técnicas de relajación para mejor concentrarse en la oración; o el que aprende métodos para orar, etc. Eso no quiere decir que no se aprenda a leer la Biblia, o el Evangelio, pero eso sin más, no nos hace seguidores de Jesús de Nazaret. En el mejor de los casos nos puede ayudar en el proceso. Nos hacemos un flaco favor nosotros mismos, dejando que se denominen “clases” a los encuentros para la preparación a recibir un sacramento, sea la confirmación, el bautismo, la primera comunión o la boda.
Alguien puede pensar que es “una manera de hablar”; no lo creo.
Porque cuando yo quiero comer pan, pido pan y no alubias o escobas. Cada palabra tiene su significado y, en estos casos relacionados con nuestras creencias, hay que ser muy prudentes y dar a cada cosa el significado que tiene, por las connotaciones que del mismo se derivan.
Para un chico o chica de dieciséis años, una clase, sea de lo que sea, es una
clase; o sea, hay un profesor, hay que aguantar una “chapa”, hay que ir, hay que aprender unas cosas… y todo esto, desde mi punto de vista, no tiene nada que ver con un proceso de crecimiento en la fe, en el que no “hay que”… nada. Creer en el Dios de Jesús, seguirle a Él con un modo de vida concreto, no es una asignatura. ¡Qué más hubiéramos deseado los padres de familia cristianos que poder “enseñar” a nuestros hijos aquello que para nosotros es la razón de nuestras vidas, y que éstos lo hubieran aprendido como aprendieron matemáticas, sociales o francés!
No quiero decir que no hayamos hecho lo posible por facilitar esa labor en
casa y fuera. No, no es eso. Lo que quiero decir es que después de nuestros esfuerzos y -sobre todo- de nuestro ejemplo de vida, nos hemos visto en la necesidad de aceptar que, en muchos casos, esa llamada de Dios desde su interior -desde el interior de cada persona-, no se ha aceptado.
Leo a J. Martín Velasco: “Lo que llamamos transmisión de la fe
consiste, más bien, en ayudar al sujeto a prestar atención, a tomar conciencia y a consentir a una Presencia con la que este sujeto ha sido ya agraciado”.
Lo que pretendió en su vida mortal Jesús de Nazaret fue cambiar el corazón
de los seres humanos, y eso, que yo sepa, no se hace aprendiéndose nada que suene a asignatura, sino adoptando un estilo de vida, de relación con los demás, en todos los ámbitos: el trabajo, la familia, la sociedad.
Y tú, ¿qué opinas?
Juan Antonio Fernández
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