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Es aconsejable vaciar el espíritu
de todo ruido, llenarlo de Dios,
en el silencio y la oración,
en las canciones de la comunidad
Es preciso celebrar
la fiesta del amor,
el día del perdón
y la misericordia.
Es como una señal,
un poema de cariño,
el reconocimiento de que estás, Señor,
en medio de nosotros.
El reino de Dios no está en el mapa,
y tampoco en el diccionario,
pero sí en la historia,
en la oficina y en la fábrica.
El reino de Dios es la tarea,
es la decisión, es la conciencia,
es el cambio de valores
y la música que aleja la guerra.
No hay poder político
ni imperio económico
que dure mil años.
El reino de Dios es eterno.
El espíritu libre
es sensible ante la injusticia,
engrasa el eje de la historia
y marcha hacia la luz.
La persona honesta
fertiliza el corazón de la tierra
con su agua fresca
y germina la nueva convivencia.
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El Señor nos acompaña
de día y de noche.
Vive en la esquina, en la casa,
en la autopista, en el nido.
El Señor está en la ilusión,
en las ganas de amar,
en la creatividad,
en los goznes de un mundo nuevo.
El Señor está alerta.
El desierto reverdece.
Los manantiales no se agotan
y Jesús lo rubrica.
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Quisiste hacerme un regalo
espléndido como un dios,
bello como un cielo raso.
Contemplaste las estrellas,
y tachonaste mi rostro
de otras dos no menos bellas.
Observaste los volcanes,
y mil fuegos impetuosos
en mi pecho aprisionaste.
Miraste la maquinaria
del mundo, y en mi cabeza
encerraste otra más sabia.
Por fin, miraste a tu casa
porque los otros regalos
tu medida no llenaban.
“Le daré de mi semilla,
para que lleve en la sangre
el sello de mi familia”.
Y me diste por Jesús
la fe que me hace tocar
la experiencia de la luz.
Déjame darte un abrazo,
que me encuentro conmovido
por tu más grande regalo.
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Gracias, Señor,
por todos los pequeños y grandes
caminos de comunicación.
La palabra y el gesto
con la mano abierta;
la sonrisa, el guiño,
el beso y las lágrimas.
Los ojos que saben decir
lo que llevan dentro,
los pies que se acercan
a los que están solos.
Gracias, Señor,
por el cuerpo que expresa
nuestros sentimientos,
por la persona que no es una isla,
por los que abren las puertas
de su corazón.
Por quienes,
con su amor y comunicación,
nos dan la vida.
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Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor.
Bendito desde ahora y para siempre.
Desde que sale el sol hasta el ocaso,
sea alabado el nombre del Señor.
En las horas calladas de la noche
no falte la alabanza en nuestro sueño.
En los instantes todos,
en todos los rincones de la tierra,
dentro del corazón de cada ser humano
sea alabado el nombre del Señor.
Es el más alto en su bondad.
Su gloria se eleva en el amor sobre los pueblos
y los atrae a todos a su abrazo.
Él asciende en su gloria
más alto que los cielos.
Pero su amor se abaja hasta la tierra
para besar la frente de los hombres.
¡Y cómo, siendo Dios tan grande,
pone su corazón en lo pequeño…!
Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura a los más pobres.
Los ojos se le van tras los humildes
y derriba de su alto pedestal a los soberbios.
Nos ama. Nos levanta más que a los príncipes.
Nos hace un pueblo de hijos.
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Señor,
hoy, te ofrecemos tu creación.
Haz que sepamos amarla,
respetarla y mejorarla
con nuestro esfuerzo de cada día.
Gracias por los prados,
las montañas y el mar.
Tus obras son admirables;
son un regalo maravilloso de Padre.
Ayúdame a ser como las margaritas de los prados
para que quienes vengan a mí
encuentren un lugar de descanso;
que yo sea siempre para ellos lugar de acogida
para que puedan dialogar y amar.
Y que mi espíritu abierto y generoso
les haga admirar
las obras maravillosas de tu amor.
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Que sepamos
amarla
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LA CREACIÓN
CELEBRA LA FIESTA DEL AMOR
PLEGARIAS
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Tú no fuerzas a una flor a que se abra.
La flor la abre Dios.
Tú la plantas, la riegas, la resguardas.
Lo demás lo hace Dios.
Tú no obligas a un amigo a que te ame.
El amor lo da Dios.
Tú le sirves, le ayudas, en ti la amistad arde.
Lo demás lo hace Dios.
Tú no obligas a un alma a que crea.
La fe la da Dios.
Tú trabajas, confías y esperas.
Lo demás lo hace Dios.
Así que no trates de adelantarte
a su plan de amor.
Trabaja, ayuda, vive para amarle.
Lo demás lo hace Dios.
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Al ver las flores en el campo,
CREO EN TI, SEÑOR.
Al ver las aves en el cielo,
PIENSO EN TI, SEÑOR
Al ver la luna y las estrellas,
ALZO MI MIRADA HACIA TI, SEÑOR.
Al ver el monte, el río, la pradera, te digo:
¡QUE GRANDE ERES, SEÑOR!
Yo pienso:
¿Quién ha podido crear tanta maravilla,
si no sólo Dios?
Yo creo que Tú, Dios de bondad,
te preocupas seriamente de las personas.
Sé que existes,
porque te siento al amar a un ser querido;
porque te huelo en el perfume de la flor;
porque hay risa y llanto en el mundo.
Yo creo en Ti,
sobre todo porque te quiero,
y te quiero porque creo en Ti.
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Tú, Señor, no eres un Dios de ruido.
Tú eres el Dios de la brisa,
el Dios del silencio.
Tú no quieres espectáculos,
ni anuncias la hora de tu llegada.
Tú no convocas a los hombres
para signos y prodigios.
Tú, Señor, no eres un Dios de ruido,
Tú eres el Dios de la brisa,
el Dios del silencio.
Tú llegas al corazón
y susurras palabras de vida;
y te quedas, si te aceptan;
y te vas, si te rechazan.
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Estás presente, Padre,
en la luz, el calor y el azul
que nos envuelve,
en la flor de un almendro
y el susurro de la hierba,
en los trinos de los pájaros
y el nadar vertiginoso del delfín.
Pero estás sobre todo, Señor,
en la vida y la belleza
que acompañan nuestros pasos,
en la ternura con que nacen nuestros hijos,
y en la obra de tus manos
que es el hombre y la mujer.
Nos llamas, Cristo,
desde los senderos y veredas de los montes
y las huellas silenciosas en la nieve.
Pero tu voz, Señor, se alza más fuerte
desde las obras generosas de los hombres
que desbrozan el camino de los otros
y ponen su empeño en hacer de nuestros días
un canto al compartir, a la alegría y a la vida
porque es hacer presente la fiesta de tu Pascua.
Nos animas, Espíritu,
cuando conservamos transparentes nuestros ríos
e invisible el aire que nos das.
Pero es más ancha tu sonrisa, Señor,
si nos hacemos artesanos de la vida,
compartimos el camino con el otro,
es belleza lo que forman nuestras manos
y hacemos de esta tierra que nos das
un hogar de amor y paz para los hombres.
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Quitaos el sombrero
delante del Señor
montes y valles de la tierra.
Templad vuestra ilusión.
Ha nacido la luz
y desborda su caudal
el río del Evangelio
entre las decisiones de la comunidad.
Sembrad la vida de amaneceres
y alabad al Señor
con esa oleada que brota
en los deseos más profundos.
El Señor reconvierte
los tonos de la muerte
y sana con presteza
las llagas de la nada.
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Señor,
ando inquieta y dispersa
conjugando mil quehaceres.
Voy a pararme,
a sentarme a tus pies,
a estar callada junto a ti
para encontrar mi ser más hondo
a la sombra de tu presencia.
Voy a esperar quietamente,
sosegadamente,
a que en medio de este silencio,
nazca tu Palabra;
a que en mi tierra reseca,
florezca tu Sabiduría.
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