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MARÍA: MUJER CREYENTE
Y SEGUIDORA DE JESÚS
PLEGARIAS
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Yo te saludo, María,
porque el Señor está contigo,
en tu casa, en tu calle, en tu pueblo,
en tu abrazo, en tu seno.
Yo te saludo, María,
porque te turbaste
-¿quién no lo haría ante tal noticia?-
mas enseguida recobraste paz y ánimo
y creíste a un enviado cualquiera.
Yo te saludo, María,
porque preguntaste lo que no entendías
-aunque fuera mensaje divino-
y no diste un sí ingenuo ni un sí ciego,
sino que tuviste diálogo y palabra propia.
Yo te saludo, María,
porque concebiste y diste a luz
un hijo, Jesús, la vida;
y nos enseñaste cuánta vida
hay que gestar y cuidar
si queremos hacer a Dios presente.
Yo te saludo, María,
porque te dejaste guiar por el Espíritu
y permaneciste a su sombra,
tanto en tormenta como en bonanza,
dejando a Dios ser Dios
y no renunciando a ser tú misma.
Yo te saludo, María,
porque abriste nuevos horizontes a nuestras vidas,
fuiste a cuidar a tu prima,
compartiste la buena noticia,
y no te hiciste antojadiza.
Yo te saludo, María,
hermana peregrina de los pobres de Yahvé.
Camina con nosotros,
llévanos junto a los otros
y mantén nuestra fe.
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1
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María: maestra de vida
y de contemplación.
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2
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María,
tú eres virgen siendo madre,
eres fuego de pureza
que se enciende entre las sombras
para dar luz y calor.
Tú, fuiste vida consagrada,
fruto nuevo de esta tierra.
Dios colmó tu vida entera.
Él llenó todo tu amor.
Tú, eres grande siendo humilde.
No quisiste más grandeza
que vivir en tu pobreza
la palabra del Señor.
Tú nos enseñas que a quien tiene
al Señor como riqueza,
Dios le da una vida nueva.
Él le da vida mejor.
Tú, fuiste esclava de Dios Padre.
Voluntad de amor y entrega.
Fuiste fiel a su palabra.
Fuiste fiel a tu misión.
Dios puso dentro de tu vida
otra vida verdadera
como fuerza que libera,
que nos da la salvación.
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3
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¡Oh, señora mía! ¡Oh, madre mía!
Yo me ofrezco enteramente a ti;
y, en prueba de mi filial afecto,
te consagro en este día
mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón;
en una palabra, todo mi ser.
Ya que soy todo tuyo,
Oh, madre de bondad!,
guárdame y defiéndeme como cosa
y posesión tuya.
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4
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Estoy tan contenta y soy tan dichosa,
que doy gracias por ello con toda mi alma al Señor.
Nadie hizo tanto por mí como mi Dios.
El me salvó ya desde siempre,
sin que yo me diera cuenta del todo.
Me colmó de tantos favores.
que, desde ahora, todos envidiarán mi suerte.
Yo se lo debo todo a mi Dios,
que está por encima del hombre y quiere su bien,
que es santo y poderoso,
que es fiel y nunca falla a su palabra.
No le gustan los que se creen
seguros de sí mismos, pues no lo está,
y su corazón al final les engaña.
Yo sé que puso a los humildes y a los pobres,
que vivían sin muchas pretensiones,
por encima de los señores de engreído corazón
y de los que buscan a su "dios" en el dinero.
Siempre dijo que estaría con los que obran como yo,
y estoy segura de ello, pues es fiel
y siempre cumple su palabra.
Lo sé porque lo ha dicho muchas veces
y otras tantas lo ha cumplido.
Por eso estoy contenta y soy dichosa,
y doy gracias con todo el alma a mi Señor.
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María, veo claro tu ejemplo luminoso:
en la meditación y en el silencio
descubriste, poco a poco, el sentido de tu vida,
guardando todas las cosas en tu corazón.
Y mira yo, ¡qué desastre!
Me conformo con ir tirando,
sobrevivo un día tras otros,
con desgana y monotonía,
sin razones para vivir,
sin ideales ni esperanza;
sin nada que me azote el alma
y me lance a la aventura de buscar ilusión.
Ayúdame, María,
a buscar, cada día, el sentido de mi vida.
Ayúdame a vivir enteramente
desprendido de mí mismo.
Ayúdame a caminar por la senda
del aprendizaje costoso y del esfuerzo.
Ayúdame a encontrar, cada día un poco más,
en la entrega y superación constantes,
la alegría de vivir.
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María, ayúdame a ser una criatura de encuentro.
Convénceme para que me deje alcanzar por Dios,
para que me sepa entregar a Él.
Corta con la fuerza de tu amor mi absurda huida.
Hazme comprender que sólo
hay una pobreza sin esperanza
para el hombre: ser pobre de Dios.
Que haya en mí suficiente silencio
para escuchar su palabra.
Que sepa rebelarme ante las esclavitudes
de los compromisos, del trabajo, de los horarios,
del ambiente, para hallar el tiempo necesario
para hablarle y escucharle en oración.
Convénceme de esta verdad:
sólo el que encuentra a Dios
es capaz de encontrar realmente a los hombres.
Sólo quien habla con Dios
tiene algo que comunicar a los demás.
Sólo quien ha visto a Dios
no defrauda a los hermanos.
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¡Dios te salve
mujer y madre de misericordia!
Vida, esperanza, fortaleza nuestra.
¡Dios te salve!
A ti clamamos los hijos tuyos,
a ti te invocamos los que luchamos
en este valle en el que construimos el Reino.
Óyenos, Señora, compañera nuestra,
camina con nosotros
en nuestra andadura histórica
y en medio de nuestro esfuerzo
muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu fe y amor comprometido.
¡Valiente! ¡Compasiva!
¡Silencio orante en la acción, María!
Lucha con nosotros, Santa Madre de Dios,
para hacer posibles hoy
las promesas de Jesucristo
como fruto de la gracia
y del trabajo de los hombres.
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Virgen María,
concédenos la gloria inacabada
y joven de sentirnos siempre en camino.
En camino hacia Dios, nuestro padre.
En camino con Cristo,
nuestro hermano mayor.
En camino con la Iglesia,
pueblo de pecadores y santos.
En camino hacia el mundo,
hombres hambrientos y sedientos
de amor, justicia y paz.
En camino hacia los pobres,
todos los que puedan necesitar
algo nuestro, que podamos dar.
En camino contigo, Madre,
en caminos de servicio,
en caminos de vocación y destino,
en caminos de Dios,
Santa María. Amén.
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Santa María, Madre de Dios,
consérvame el corazón joven,
puro y transparente como una fuente.
Consígueme un corazón sencillo,
un corazón magnífico para entregarse,
que sea compasivo, que sea amable;
un corazón generoso y fiel,
que no olvide ningún bien,
ni guarde rencor por ningún mal.
Hazme un corazón manso y humilde,
que ame sin exigir recompensas,
decidido a amar a Dios
sobre todas las cosas.
Dame, Santa Virgen María,
un corazón impaciente
por ser cada día mejor;
que solamente sea feliz
amando mucho a Dios,
que es mi Padre,
y a mis compañeros,
que son mis hermanos.
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Eres mujer del silencio y de la escucha,
eres Virgen vigilante de esperanza,
dócil siempre al Espíritu de Dios,
escuchas sus palabras y las guardas.
Y la palabra se hace entraña en ti,
te enamoras y te llenas de Palabra.
¡Qué bien negociaste con Dios, María,
ganaste divinidad casi por nada!
¡Y que mal negoció Dios con nosotros,
recibió mercancía envenenada!
Tú asumes el anhelo de los pobres,
la más pobre y pequeña de su raza;
es el Sí de los pobres al buen Dios
el Sí de Dios a la pobreza humana.
Ensalza a los humildes, los hambrientos,
profetizando el día de mañana.
¡Todo será mejor, será distinto,
el mundo del amor y de la gracia!
Eres María icono y anticipo
de nueva creación resucitada.
Bendita tú, María, madre, madre;
eres la caridad inmaculada.
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Te doy las gracias, Dios, con María,
la mujer sencilla
que pasó toda su vida
al servicio de la alegría de los hombres.
Te doy las gracias
por la vida y la ilusión que vive en mí:
porque vivo en estos momentos
tan importantes de la Historia
y voy forjando el futuro del mundo
con mi trabajo, esfuerzo y alegría.
Ayúdame a librarme de mí mismo
y de todas mis esclavitudes:
de mis chismes y rencores,
de mi orgullo y egoísmo,
de mis comodidades y mentiras,
de los cansancios y rutinas.
Así, también yo podré luchar
contra toda injusticia y esclavitud
que oprime a los hombres, mis hermanos.
Así, también yo podré vivir hoy y siempre
al servicio de la alegría de los hombres.
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¡Santa María,
Madre de la Palabra y Señora del silencio!
Tú pronunciaste para el mundo
la Palabra que hizo el mundo.
Con tu gesto interminable, irrepetible,
Tú dijiste a Dios.
Y el silencio se hizo carne de tu alma,
morada de tu adentro,
paisaje a tu ventana,
rumor de tus miradas oliendo a Creador.
Tu cuerpo era silencio.
Tu historia era silencio.
Tu fe, tu esperanza, tu amor eran silencio.
Tu corazón era silencio:
en lo más silencioso del corazón de tu silencio
era el Verbo de Dios.
¡Santa María,
Madre de la palabra y Señora del silencio!
Desde nuestra condición agujereada de mar
y aquejada de fatuidad y de ilusión,
escuchamos el clamor de tu evangelio:
se oye venir de lejos,
saltando de siglo en siglo,
tu silencio
como cascada de Dios.
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Te siento junto a mí,
me acompaña tu presencia,
me envuelve,
como si rozara la ternura de tus labios
y me penetrara la alegría de tus ojos,
mirada penetrante, misericordiosa,
sentirse definitivamente amado,
compañera de camino,
atenta y a la escucha,
vigilante,
tan humana.
Tu palabra siempre justa,
esperanzada y amistosa,
comprensiva,
Virgen hermosa,
amiga y cercana,
María, Tú.
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