Desde la aurora de los tiempos
se oye el clamor de los oprimidos,
clamor que grita con la voz de Dios.
Dios nos llama, interpela e implora,
desde la aurora de los tiempos,
con el clamor de los oprimidos.

El clamor nos trae la voz,
y la voz nos trae la palabra
que es vida y verdad para la humanidad.
Toda evolución, todo progreso
encuentra en ese clamor su sentido,
y sin él todo se vuelve absurdo.

Todo el que lo escucha
experimenta qué es el amor:
el amor es la luz de toda persona.
La luz ilumina la oscuridad,
pero quien vive en la oscuridad
no quiere reconocerlo.

Han existido muchos profetas
enviados por Dios como Juan Bautista.
Ellos vinieron como testigos
para dar testimonio del amor.
Ellos no son la luz,
sino que nos hacen escuchar
el clamor de los oprimidos.

La Palabra de Dios es la verdadera luz
que ilumina la vida de toda persona.
En el mundo está, es su casa.
Desde todos los rincones se oye su voz.
El mundo se sostiene por ella,
pero el mundo se cierra a ella.

Grita en el Tercer Mundo,
grita en nuestras ciudades,
grita en nuestras propias casas,
grita en nuestro interior,
pero las personas no quieren escucharla.
Vino a su casa y los suyos no la recibieron.

Sin embargo, a cuantos se sienten
interpelados y la reciben
les da la fuerza de vivir según Dios;
porque éstos han tenido esperanza
y han creído en el clamor de los oprimidos,
gracias a que no han codiciado privilegios.

He aquí el anuncio que hemos recibido:
la palabra se ha hecho carne
y ha habitado entre nosotros.
Sus discípulos han visto y sentido
cómo se manifestaba sobre él
el amor que le tiene el Padre.

Lleno de solidaridad con los oprimidos
y lleno de amor con los necesitados,
él es primogénito y modelo
para quien quiere ser hijo de Dios,
porque de su plenitud todos hemos recibido,
para vivir en solidaridad y amor.

Con su encarnación y entrega
nos ha liberado a todos de la opresión.
Porque las leyes han sido dictadas
por Moisés y Hammurabi, Solón y Justiniano,
la ONU, la Dictadura y la Democracia,
pero la solidaridad con el oprimido
y el amor fraterno que anhelamos
vienen de Jesús, el Mesías.

Nadie conocía al Dios verdadero,
pero Jesús de Nazaret, la palabra del Padre
que clama desde la aurora de los tiempos,
éste nos lo ha manifestado.
En Él, el amor y la lealtad
se han hecho realidad para todos.

Terminado el tiempo de Adviento,
que hemos vivido en esperanza creciente,
celebramos, hermanos, esta noche,
Noche Buena en verdad,
el nacimiento de nuestro Salvador.
Ésta es, sin duda, la mejor noticia
que el hombre puede escuchar
en toda su historia.
Es el primer Evangelio
que hace más de 2000 años
proclamaron los ángeles.

No es extraño que este acontecimiento,
un salto verdaderamente cualitativo
en la evolución del hombre,
cambie las edades de la historia.

Ahí pararon todos los relojes
para empezar de nuevo
desde que vino Dios a la tierra:
nuevos serán los tiempos,
nuevos el cielo y la tierra,
nuevo el corazón del hombre,
nuevas las relaciones con Dios
y de los hombres entre sí.

La noticia es ésta:
que Dios ha nacido de María
en un pesebre de Belén,
y que quiso nacer en el corazón
del hombre y del mundo.

Este hecho es la manifestación
de que Dios es amigo del hombre
y que se acerca a nosotros
para envolvernos en su misericordia.
Quiere decir que Dios
se abaja para levantarnos,
que Dios se humaniza
para divinizarnos.

Vamos a repetirlo,
porque suena muy bien:
Un niño nos ha nacido,
un hijo se nos ha dado,
Maravilla de consejero,
Príncipe de la Paz.
se llamará Enmanuel,
Dios-con-nosotros.

Ya no tenemos nada que temer,
porque Dios está con nosotros: Enmanuel.
Ya no hay motivo para la tristeza,
porque Dios es la razón de nuestra dicha.
Ya todo lo podemos esperar,
porque Dios camina con nosotros.

Alegrémonos, hermanos, con gozo grande,
esta noche, que es la 2003 de las Noches Buenas.
Cantemos el himno de los ángeles
y los mejores villancicos.
Ofrezcamos al Niño nuestros dones
y nos abrimos a los suyos.

Si abrimos bien el corazón,
se colará de lleno el Espíritu
y lo convertirá en cuna para el Niño.
Que así sea.

Llega de día, llega de noche.
Se le espera por la puerta, llega por la ventana.
Le buscamos con alegría, llega con su cruz.
Estamos de guardia, nos llama de dentro.
Rastreamos huellas, llega por senderos nuevos.
Llega en abundancia
y más todavía en la pobreza.
Llega cuando triunfamos
y nos acompaña en los fracasos.
Llega cuando es deseado,
y se presenta cuando no se le espera.

Llega en el silencio y en el áspero y abrasador viento.
Llega también en la multitud y el ruido.
Llega para dormirnos y para despertarnos.
Llega a través de todas las caras que encontramos
a lo largo del día en nuestro camino.
Llega en el desierto de manantiales inciertos,
en las estepas de desconocidos pozos,
en los bosques frondosos en que nos perdemos,
en las altas cumbres que hollamos,
y en los valles que nos dan vértigo.

Llega a cada instante.
Llega en cada lugar.
Allí donde estamos, está.

Fiel a tu palabra
ya estás esperándonos.

NAVIDAD: EL DON DE LA PALABRA
PLEGARIAS
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Un niño nos ha nacido,
es Enmanuel,
y la Virgen que llora
sin saber por qué,
el misterio la rompe,
no sabe qué hacer.

Un niño nos ha nacido,
Dios con nosotros, María y José lo besan,
niño tesoro.
Ahora sonríe el niño,
lleno de gozo.
María, José y el niño se miran:
Dios en sus ojos.

Un niño nos ha nacido,
nuestro Enmanuel,
venid, pobres de la tierra
con leche y miel;
es amigo de los pobres,
pobre también.

Si Dios está con nosotros,
no hay que temer.
Si Dios está con nosotros,
nosotros con Él.

Un niño nos ha nacido
es Dios que llueve,
un diluvio de Espíritu,
de gracia y nieve;
en carne se ha sembrado
y el fruto crece;
María es el árbol
que nos lo ofrece,
fruto de carne divina,
¡qué buena suerte!

Que Dios os bendiga y os proteja siempre,
que vuestros deseos se hagan realidad,
que ayudéis siempre a los demás
y dejéis que los demás os ayuden.
Que construyáis una escalera hasta las estrellas
y la subáis peldaño a peldaño.
Que vuestras manos estén siempre ocupadas,
que vuestros pies estén siempre dispuestos,
que vuestros corazones estén siempre alegres,
que vuestra canción sea siempre cantada,
que permanezcáis siempre jóvenes,
por siempre jóvenes.

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Una vez más tienes,
junto a ti,
gratis,
la Navidad.
Como otros muchos años,
desde que eres consciente,
El pasará,
junto a ti,
tal como es,
sin disfraces.
¡Qué raro se nos hace!

Llamará a tu puerta
con suavidad
-o inoportunamente-,
como otros muchos años,
esperando oír tu voz,
voz de trabajo o calle,
de alegría o dolor,
fuerte o suave,
la tuya, sin disfraces.
¡Qué raro se nos hace!

No te pedirá nada,
que aunque lo quiere todo,
lo quiere gratis,
¿entiendes?
¡Manía extraña
de quien ama a tope
y lo da todo sin asustarse.
¡Qué raro se nos hace!

Navidad para ti,
si suenas y compartes,
si caminas y te encarnas,
como Él,
junto a los que nada tienen.

Navidad para ti,
si amas amándole a tope,
o si amándole amas a tope
a quienes tú bien sabes.

Navidad para ti,
si todavía te atreves,
como los primeros cristianos,
a decir cada día:
«Gloria a Dios en el cielo
y paz en la tierra a los hombres y mujeres
que Él quiere tanto».

5
La luz de la Navidad nos llama también a nosotros,
Jesús, hermano, hijo de María, Hijo de Dios.

Nos llama como llamó a los pastores desconcertados,
y como llamó a los magos para hacerles emprender aquel largo
camino.
Porque en Belén, en tu carne débil,
en tu rostro de niño que aún no ha aprendido a mirar al mundo,
nosotros vemos reflejado todo el amor de Dios.

En tu carne está el amor, aquella ternura,
aquella esperanza confiada que sólo Dios es capaz de dar.
En tu carne, Dios se ha hecho uno de los nuestros,
y eso es lo más grande que nadie
haya podido nunca llegar a soñar.

Contemplándote aquí, acostado en el pesebre,
acompañado del amor de María y José,
queremos poner en tus manos
nuestros ilusiones y nuestros temores,
nuestro deseo de fidelidad y también nuestro mal.
Y queremos poner también al mundo entero:
a los que más queremos y a los que no conocemos,
a los de cerca y a los de lejos;
y sobre todo, a los que más sufren.

Jesús, hermano, hijo de María, Hijo de Dios,
danos el calor de tu amor,
llena el mundo entero con el calor de tu amor.

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Bendito seas, Señor,
por el don de la palabra que nos has dado.
Gracias a él podemos comunicarnos,
dialogar y participar,
preguntar y responder,
expresar nuestros sentimientos,
susurrar y gritar,
salir de nosotros,
abrirnos al mundo,
a los hermanos
y a ti.

Bendito seas, Señor,
por el don de la palabra que nos has dado
para que sabios y pensadores
revelen nuevos caminos a todos;
para que poetas y cantantes
nos alegren con sus poemas y voces;
para que los más pobres y débiles
tengan siempre gratis voz
para expresar sus necesidades
y profetizar en tu nombre.

Bendito seas, Señor,
por el silencio que nos ofreces
para que podamos escuchar
el eco de tus palabras que esperamos
para que podamos tener tiempo
de pensar y controlar nuestras ideas;
para que podamos balbucir palabras llanas
que intuyan y revelen tu misterio.

Bendito seas, Señor,
por haberte hecho palabra encarnada,
palabra que nosotros podemos concebir,
y así poder conocer y saborear.

Bendito seas, Señor,
porque eres palabra entendible,
palabra de nuestra historia,
palabra viva,
palabra implicativa,
palabra de buena noticia
siempre nueva y abierta.

EL RINCÓN DE LA PLEGARIA
PREGÓN DE NAVIDAD
EL ENMANUEL
BENDICIÓN PARA EL AÑO NUEVO
¡QUÉ RARO SE NOS HACE!
JESÚS HERMANO
DESDE LA AURORA DE LOS TIEMPOS
LA SORPRESA
POR EL DON DE LA PALABRA