Señor Jesús,
mi amor a la vida tiene un nombre:
tu Nombre.

Tú eres aquel en quien yo creo,
al creer en la vida.
Tú eres aquel en quien yo espero,
al esperar en la vida.
Tú eres aquel a quien yo amo,
al amar la vida..
Sé Tú el que me dé la fuerza
para creer, esperar y amar.
Sé Tú el que encuentre
cuando creo, espero y amo..

Dios misterioso,
corazón de la vida que amo,
ayúdame a penetrar en ese gran misterio
y a sumergirme en aquello que vivo.

No permitas, Dios mío,
que yo desperdicie
este compromiso de cada día,
contigo en el trabajo, en la amistad y siempre.



Contigo se aprende que la vida
está hecha para ser compartida como el pan,
distribuida a todos como alimento.
Porque hay mucha hambre sobre la tierra:
de pan, de amor, de Dios.

Contigo se aprende que Dios
se ha solidarizado con nuestros sufrimientos,
quedándose con nosotros,
incapaces de sostener el peso de la cruz,
y consolándonos con tus dos brazos abiertos.
Porque en la tierra hay hambre de esperanza.

Contigo se aprende que la alegría
se levanta cada día como la aurora,
cuando parece que todo se ha acabado,
y que Dios mismo vigila
para que las piedras de la muerte rueden
y queden rotas para siempre.
Porque en la tierra hay hambre de eternidad.



Iba a ponerme en camino
cuando ya venías Tú hacia mí.
Deseaba buscarte, y vi que
ya estabas Tú en mi búsqueda.
Llegué a pensar: ¡ya te he encontrado!
pero me sentí encontrado por ti.
Cuando yo quería decir: “te amo”,
te oí decirme: ¡cuánto te quiero!
Yo quería escribirte,
cuando tu carta llegó a mis manos.
Deseaba vivir en ti,
y te descubrí viviendo en mí.
Iba a pedirte perdón,
y tú ya me habías absuelto.
Deseaba ofrecerte mi amistad,
y recibí el regalo de la tuya.
¿Seré yo alguna vez el primero?


Quédate, Señor, con nosotros
porque se hace tarde
y el día ya declina.

Quédate con nosotros
con tu bondad y tu gracia,
con tu palabra y tus sacramentos,
con tu consuelo y bendición.

Quédate con nosotros
si sobre nosotros viene
la noche de la aflicción y el miedo,
la noche de la duda y la tentación,
la noche de la dura muerte.

Quédate con nosotros
y con todos los creyentes.



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Ayúdanos, Señor, a acoger la vida
que Tú nos regalas
y a cultivarla día a día
para hacerla crecer
hasta devolvértela
como un fruto maduro.

Enséñanos a desvivirnos como Tú,
silenciosamente,
como el grano de trigo
que cae en tierra y muere
para convertirse en espiga,
para hacerse comunidad,
conscientes, al mismo tiempo,
de que somos siervos inútiles.

Alienta en nuestro corazón
el amor que guió tu vida entera
al servicio de los hermanos,
como respuesta en fidelidad
a la voluntad del Padre. Amén.



3
El Señor es nuestro pastor, nada nos falta.
nos conduce hacia fuentes tranquilas.
Nos lleva hacia su casa, nos reúne en familia divina,
nos sienta a su mesa de hijos muy queridos.

Cuando nos ve maltrechos,
rotos y sin resuello,
nos repara las fuerzas.

Aunque sea de noche y marchemos a tientas,
aunque el sendero y la oscuridad se estrechen,
no tenemos miedo,
pues tú vas con nosotros,
y tú, el infinito, el invisible,
eres camino, meta y luz.

Confiamos en ti, Dios de la vida,
Dios de la luz, del aire, de la bondad colmada.
Y confiamos, por ti, en el hombre.
Confiamos, apoyados en ti, en nosotros,
pues tú nos has dado
mil razones de amor y de confianza.

¡Y qué mesa espléndida de Rey y de Padre
nos prepara frente a los enemigos,
frente a lo que de enemigos
llevamos en nosotros!

Nos unges la cabeza, nos perfumas,
nos das ropa caliente, Pan y Vino,
manjares de un banquete soberano
y una cena de hijos y de príncipes.

Tú, Señor, tan leal,
Tú, líder de fiar,
Tú que haces de tu grandeza
una cuestión de amor
y haces del amor tu propia casa…

Con lo mejor del hombre,
con los mejores hombres y mujeres,
con lo mejor de esta familia tuya,
déjanos habitar para siempre en tu casa.
Amén.



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Señor Jesús:
hoy tu familia
reunida en la escucha de tu Palabra
y en la comunión del pan único y partido,
celebra tu memorial como Señor Resucitado,
mientras espera el domingo sin ocaso
en el que la humanidad entera
entrará en tu descanso.
Entonces contemplaremos tu rostro
y alabaremos por siempre tu misericordia.

¡Qué bien resume este Prefacio el sentido del domingo!
Revivimos el hecho de los discípulos de Emaús
y te descubrimos en el camino
y en la fracción del pan.
Salimos de cada Eucaristía dominical
con esta misma actitud:
contar lo que nos ha pasado por el camino
y cómo te hemos reconocido al partir el pan.

Por eso necesitamos reunirnos en tu nombre, para:
* afianzar la FE en tu esperanza;
* consolidar la ESPERANZA en tu ayuda;
* hacer arder nuestro corazón en el AMOR…

Esa tarea personalizada de “acompañante”
que realizas con los dos discípulos,
exige personas convencidas,
capaces de hacer lo mismo, y que proclamen:
“Era verdad, ha resucitado el Señor”.
¡Suscita, Señor Jesús, personas generosas,
dispuestas a consagrar sus vidas a esa tarea!
Amén.



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Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros,
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu,
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.



¡Luz que te entregas!,
¡luz que te niegas!
A tu busca va el pueblo de noche,
alumbra su senda.

Dios de la luz, presencia ardiente
sin meridiano ni frontera;
vuelves la noche mediodía,
ciegas al sol con tu derecha.

Como columna de la aurora,
iba en la noche tu grandeza;
te vio el desierto, y destellaron
luz de tu gloria las arenas.

Cerró la noche sobre Egipto
como cilicio de tinieblas;
para tu pueblo amanecías
bajo los techos de las tiendas.
Eres la Luz, pero en tu rayo
lanzas el día o la tiniebla;
ciegas los ojos del soberbio,
curas al pobre su ceguera.

Cristo Jesús, tú que trajiste
fuego a la entraña de la tierra,
guarda encendida nuestra lámpara
hasta la aurora de tu vuelta.



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Te damos gracias, Dios y Padre nuestro,
Padre de todos los hombres.
Bendito seas tú, a quien buscamos,
oh Dios, a quien los hombres no buscarían
si no te hubieran ya presentido misteriosamente.

Caminamos para alcanzarte;
te escuchamos para descubrirte;
y tu Espíritu anima ya nuestras vidas;
el calor de su amor prende en nuestro corazón.

Bendito seas por la inmensa multitud
de los hombres que peregrinan en la noche
acechando incansablemente tu aurora.

Quédate con nosotros, Señor Jesús,
en el camino que recorren nuestros pies.
Caldea nuestro corazón con tu palabra,
abre nuestros ojos para que descubran
la vida, más fuerte que la muerte.
Pues tú lo transfiguras todo,
ahora y por toda la eternidad.



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Te damos gracias, Señor,
por todos los minutos de nuestra vida;
por todos los momentos
en que nuestro corazón
rebosa de felicidad.

Te damos gracias por todo aquello
de lo que sabemos prescindir
para compartir con los demás.
Te damos gracias por todo lo que nos das:
por tu palabra en el silencio,
por la capacidad de amar,
por las dificultades y las tristezas;
también por las alegrías,
que son como un rayo de esperanza.

Despierta en nosotros las ganas de vivir:
la alegría de las cosas pequeñas y grandes,
de todo aquello que es signo de tu amor.

Mantén en nosotros un constante agradecimiento,
en especial por tu Hijo
que nos ha hecho conocerte,
saber tu presencia y llamarte Padre.


10
Haces del
amor tu propia
casa.


¡Qué bien trabas, Señor,
en el corazón de algunas personas!
¡Cuánto bien nos haces
a través de ellas!

Me dicen que este mundo es malo,
que abunda el pecado
y que el hombre de hoy está perdido
sin más futuro que el fracaso.

Sin embargo,
yo veo éstas y otras muchas cosas.

Veo gente estupenda:
niños que ríen y saludan con simpatía;
jóvenes dispuestos a trabajar por los pobres;
padres entregados a sus hijos
con una profunda ilusión;
ancianos que reparten por la calle
serenidad y ganas de vivir;
trabajadores que exigen
lo que en justicia se les debe;
médicos que, a través de su amabilidad,
transmiten esperanza a tantos pacientes;
conductores que tratan a la gente con respeto;
enfermeras que colman de atenciones a tantos desanimados;
estudiantes que ya han hecho planes para ir al Tercer Mundo;
y gente sencilla
que siempre está dispuesta a ayudar a un vecino
y a hacer el favor que sea…

Y junto a todo esto, veo también el pecado,
el que hay en el mundo y el mío.

Deseo partir de tu bondad, Señor,
para ser capaz de ver mis debilidades
y las del mundo, para verlo todo
desde la sorprendente ventana de tu misericordia.

Sigue trabajando, Señor,
en el corazón del ser humano
y, aunque no nos demos cuenta,
rodéanos con tu bondad.



11
EL RINCÓN DE LA PLEGARIA
PASCUA: QUÉDATE CON NOSOTROS
PLEGARIAS
QUÉDATE
ENSÉÑANOS A DESVIVIRNOS
EL SEÑOR ES NUESTRO PASTOR
TESTIMONIO
SEÑOR, JESÚS
QUÉDATE CON NOSOTROS
LUZ
GRACIAS
SIEMPRE ERES EL PRIMERO
TE DAMOS GRACIAS
RODEADOS DE TU BONDAD
12
CONTIGO
No es lo importante que yo te busque,
sino que Tú me buscas en todos los caminos.

Que yo te llame por tu nombre,
sino que Tú tienes el mío tatuado
en la palma de tu mano.

Que yo te ame con todo mi corazón
y con todas mis fuerzas,
sino que Tú me amas con todo tu corazón
y con todas tus fuerzas.

Porque... ¿cómo podría yo buscarte,
llamarte, amarte…
si Tú no me buscas, me llamas
y me amas primero?



13
LO IMPORTANTE
Goyo