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Benditos son los pies de los que llegan
para anunciar la paz, que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de su voz, grito del Verbo.
De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.
Abrid, pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.
Gracias, Señor,
que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero;
gracias, Señor,
que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno.
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Aplaudid al Señor
desde la aurora de los tiempos.
Refrescad vuestra memoria
y componed canciones de alabanza.
Reconoced la suerte que tiene
quien conoce a Jesús,
al Cristo vivo y resucitado.
Quien presenta a los ricos
como los bienaventurados de la tierra
coloca la religión
al servicio de los poderosos.
Sólo tuvo una corona,
y fue de espinas.
Su manto lo repartieron los soldados.
Llora con el que sufre,
ama al enemigo,
perdona al que hace daño
y anima al pacífico.
El Señor es la vida,
la luz y la sal,
la semilla y el tesoro escondido.
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Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo.
Hombres, mujeres, todos,
ciudadanos del mundo, ¿para cuándo
guardáis vuestro clamor de masas exultantes?
No permitáis que vuestro aplauso muera
ni se apague el fervor de vuestras manos.
Rompa sonora la ovación cerrada.
Entone ya sus salmos de alegría
toda la tierra en pie, poderosa y unánime.
Alcen todos los seres su gran coro,
en el amor y el entusiasmo unidos.
Estalle y llene el cielo con sus sones
la universal orquesta de los hombres hermanos.
Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
Tocad para Dios, tocad.
Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Porque Él es Padre todopoderoso
de este pueblo de reyes desvalido y alzado.
Dios vive, crea, ama, dona,
se desvive en los hombres y mujeres.
Dios es Rey y es amor. Pone un trono sagrado
dentro del corazón de cada ser humano.
Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo.
Pues grande es el Señor.
Poderoso y excelso es su amor
poderoso su brazo.
Él es excelso.
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Éste es el tiempo del Dios de la vida.
De la vida dada y de la vida realizada.
De la gloria de Dios y de nuestra dignidad perdida.
Es tiempo de presencias y encuentros,
de paz, comidas y abrazos,
de corazones encendidos y trajes blancos,
de envío a rincones lejanos…
Es el tiempo de la experiencia,
del paso del Señor por todas las tierras,
por todos los rincones,
por todas las personas.
Tiempo de flores, sueños y utopías,
de gritos, cantos y aleluyas.
¡Tiempo divino para el ser humano en camino!
Es tiempo de primavera florecida,
de liberación profunda y definitiva
de cadenas, amuletos y miedos,
de señores antiguos y nuevos,
para sentir y vivir la vida.
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Quédate, Señor, con nosotros
porque se hace tarde
y el día ya declina.
Quédate con nosotros
con tu bondad y tu gracia,
con tu palabra y tus sacramentos,
con tu consuelo y bendición.
Quédate con nosotros
si sobre nosotros viene
la noche de la aflicción y del miedo,
la noche de la duda y la tentación,
la noche de la dura muerte.
Quédate con nosotros
y con todos los creyentes.
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Gracias, Señor, por quedarte
hecho Pan y Sangre nueva.
Gracias, Señor, por tu vida
y por tu grandiosa entrega,
porque en esta Eucaristía
a todos tu amor nos llega,
y nos das tanta energía
para entrar en Galilea.
Juntos vamos caminando,
descubriendo tu Evangelio,
que es fuente de Vida Nueva
para quienquiera beberlo.
Por eso, gracias, Señor,
te damos en este día
por tanto como nos amas
y por estar en nuestras vidas.
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Quédate, Señor, que se hace ya tarde,
que el camino es largo y el cansancio, grande.
Quédate a decirnos tus vivas palabras
que aquietan la mente y encienden el alma.
Mantén en ascuas nuestro corazón torpe,
disipa nuestras dudas y temores.
Míranos con tus ojos de luz y vida,
devuélvenos la ilusión perdida.
Lava las heridas de estos pies cansados;
despiértanos vida con gestos humanos.
Quédate y límpianos rostro y entrañas;
quema esta tristeza, danos esperanza.
Quédate, Señor, comparte nuestras viandas
y muéstranos, paciente, tus enseñanzas.
Pártenos el pan de tu compañía;
ábrenos los ojos de la fe dormida.
De tus palabras cuelga lo que buscamos,
lo hemos visto caminando a tu lado.
Quédate y renueva valores y sueños;
danos tu alegría y tu paz de nuevo.
Condúcenos siempre al mundo, a la vida,
para ver tu rostro en rostros cada día.
Quédate Señor, que se hace ya tarde,
que el camino es largo y el cansancio, grande.
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Señor, Tú eres el Pan de Vida.
El que se llega a Ti, no tendrá más hambre;
el que cree en Ti no tendrá más sed.
Quien acude a Ti, no teme ser echado fuera.
Señor, te hiciste carne para la voluntad del Padre,
y ésta es su voluntad:
que quien cree en Él, tenga Vida Eterna.
Señor, Tú eres el Pan que nos llegó del Cielo.
Eres el verdadero pan que da vida al mundo.
Señor, danos siempre ese Pan.
Jesús, son duras tus palabras
pero son Espíritu y son Vida.
Y tu pregunta es comprometedora:
¿También vosotros me queréis dejar?
Señor, como Pedro, te decimos:
¿A quién iremos?
Tú tienes palabras de vida eterna.
Nosotros hemos creído y estamos convencidos
de que Tú eres el Santo de Dios.
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Su nombre es Jesús y sabe a fiesta.
Su nombre es Jesús y mana vida.
Su nombre es Jesús y anuncia la paz.
Y es paso y es guía.
Es libertad del hombre libre;
liberación de quien confía
el barro pobre, hecho pecado,
en su canción de mediodía.
La cruz en lo alto
y en el sepulcro la audaz partida,
hacia la luz de nuevos mundos
que al hombre inundan de alegría.
Yo creo en ti.
Eres Señor de pan en cesto y en compañía,
de quien te busca en el desierto
y olvida el saco de la comida.
Yo creo en ti.
Eres Señor del pez en brasa y de la acogida,
de quien de noche la pesca ha huido
y en redes llenas vuelve a la orilla.
Yo creo en ti.
Libertador de mil fantasmas entre nieblilla.
Yo creo en ti, Señor del hombre,
de cada hombre que empieza el día.
Señor Jesús, resucitado,
vive en nosotros con tu noticia.
Tú libertad nos hace libres.
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Venid todos y plantad la alegría
en el seno de la tierra.
El Señor acaricia a todo ser vivo.
Vestíos de ternura y amistad.
El Señor alimenta nuestras decisiones.
Él crea el mar y la espuma,
la luz y toda la naturaleza.
Él es nuestro guía y nosotros su pueblo.
Si oímos la voz del Evangelio
no se endurecerá nuestro corazón
como en Auswitz o Nagasaky
y en tantos pueblos y hogares,
donde la vida se encoge
de soledad y muerte
y quedan desvirtuados
los caminos de Dios.
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Abre mi vida a
la ternura entrañable, a la solidaridad compasiva. |
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Puesto que Cristo ha resucitado,
creemos que Dios ama al ser humano
y que esto es lo más importante,
mucho más que el hecho de que
nosotros le amemos a Él.
Puesto que Cristo ha resucitado,
creemos en la vida
de cada ser humano
¡para siempre!
Puesto que Cristo ha resucitado,
no nos quedamos en la muerte,
de nadie
nunca.
Puesto que Cristo ha resucitado,
creemos que el ser humano es ilimitado,
y que nada de cuanto podamos imaginar
es demasiado grande para él.
Puesto que Cristo ha resucitado,
podemos empezar una vida nueva
de mujeres y hombres resucitados y hermanos
ahora mismo.
Puesto que Cristo ha resucitado,
el mundo está en marcha
y no lo detendrán las conquistas logradas
ni los intereses de los vencedores.
Puesto que Cristo ha resucitado,
estamos en la renovación permanente,
y es preciso transformar el mundo
desde sus cimientos.
Puesto que Cristo ha resucitado,
hay que construir una ciudad solidaria,
donde el hombre no sea lobo para el hombre,
sino compañero y hermano.
Puesto que Cristo ha resucitado,
tenemos su Espíritu entusiasta
y queremos llevarlo bien visible
para contagiar a muchos.
Puesto que Cristo ha resucitado,
creemos en una Tierra Nueva,
donde habrá un amor y una casa
para todos.
Y porque así lo creemos y esperamos,
confesamos
que no tenemos nada que conservar;
y afirmamos
que el mejor modo de conseguirlo todo
es perderlo todo
por esta sola causa.
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PASCUA: LIBERTAD DEL HOMBRE LIBRE
PLEGARIAS
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Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.
Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida.
El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.
Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.
Casaldaliga, P.
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