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Espíritu Santo,
¡ven!
Tengo necesidad de que me pongas en pie
y me lances
como lanzabas a los Apóstoles;
tengo necesidad de Fuerza,
tengo necesidad de ti.
Espíritu Santo,
¡ven!
Tengo necesidad de discernir
lo que es deber y lo que es antojo,
lo que sana y lo que daña;
tengo necesidad de Luz,
tengo necesidad de ti.
Espíritu Santo,
¡ven!
Tengo necesidad de Fuego
que incendie mi corazón y dé calor;
tengo necesidad de Amor,
tengo necesidad de ti.
Espíritu Santo,
¡ven!
Tengo necesidad de dilatar las fronteras de mi ser
y ampliar mi espacio interior;
tengo necesidad espiritual,
tengo necesidad de Espíritu.
Espíritu Santo,
¡ven!
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Señor Jesucristo,
tú nos prometiste el envío
del Espíritu Santo consolador.
Que tu Espíritu nos dé
seguridad y audacia
para proclamar tu nombre por siempre.
Que tu Espíritu nos dé
la fuerza de ser anunciadores del reino.
Que tu Espíritu nos dé
inteligencia para vivir nuestra realidad
amándola y sirviéndola,
anunciando y denunciando.
Que tu Espíritu nos dé
las palabras justas que la persona comprende
y sabe guardar en el corazón
para que la semilla germine. Amén.
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¡Oh, tú, Espíritu de la fuerza,
que mandas la fuerza!
Tú , que todo lo puedes,
sin ti yo nada puedo.
Yo que estoy consagrado a ti, Espíritu,
recibo de ti fuerza y poder,
porque tú me los das.
Yo te llamo, Espíritu de la fuerza.
Escucha mi canto:
¡Ven, ven, ven!
¡Ven, porque yo soy tuyo!
Espíritu, yo soy tuyo y tú eres mío. ¡Ven!
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Por fin llegó.
Me puse muy contento.
¡Ya no tengo que trabajar!
He recibido el Espíritu.
Soy hombre nuevo.
¡Hombre nuevo!
Y me eché a dormir.
Y dormí un día entero,
y una semana,
y un año.
En mi domicilio ponía:
Casa del Hombre Nuevo,
no molesten.
Y se llenó el suelo de polvo
y los techos de telarañas.
Se quemó el tocadiscos.
No había canciones.
Me miré al espejo
y estaba serio
El Espíritu debajo del lavabo
esperando a que me lavara.
Y me puse de nuevo
a barrer mi casa cada día.
Quité el letrero.
Puse:
molésteme, por favor.
Y se levantó el Espíritu
y me dijo:
Militia est vita hominis super terram.
Y me lo tradujo.
Bajé la cabeza.
Le dije: Lo había olvidado.
Nos dimos la mano otra vez.
Me arregló el tocadiscos
y me puso esta canción:
¡hoy no se puede estar mirando al cielo!
¡hoy no se puede estar mirando al cielo!
¡hoy no se puede estar mirando al cielo!
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Te bendecimos, Padre,
por el don del Espíritu que,
por tu Hijo, haces al mundo.
Lo hiciste al principio
cuando incubabas el universo al calor del Espíritu,
para que naciera un mundo de luz y de vida,
que pudiera albergar al hombre.
Te damos gracias porque, mediante tu Espíritu,
lo sigues creando, conservando y embelleciendo.
Te bendecimos por haber puesto tu Espíritu en el hombre,
y por el don continuo
que de Él has hecho en la historia humana:
Espíritu de fuerza en los jueces y gobernantes,
Espíritu rector en sus reyes fieles...
Te alabamos por la acción de tu Espíritu en los profetas...
Te bendecimos sobre todo por Jesucristo,
lo mejor de nuestro mundo,
el hombre "espiritual" por excelencia:
vivió guiado por el Espíritu,
evangelizando a los pobres,
ayudando y fortaleciendo a todos...
hasta que resucitado, comunicó a su Iglesia
y a los que buscan con corazón sincero,
ese mismo Espíritu...
Que el Espíritu nos dé fuerza
para luchar por la verdad, la justicia y el amor;
luz para comprender a todos, ayuda para servir,
generosidad para amar, paciencia para esperar.
Padre, que tu Espíritu de amor
traiga la unidad a tu Iglesia.
Y finalmente, haznos sensibles a la acción de tu Espíritu
en el mundo y en la historia de los hombres.
Ayúdanos a descubrir en la ciencia,
en la cultura, en el trabajo, en la técnica,
en todo aquello en que el hombre y el Espíritu
preparan conjuntamente
el alumbramiento de los nuevos cielos y la nueva tierra.
Por Jesucristo, tu Hijo Resucitado y Hermano nuestro.
Amén
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Ven, Espíritu Santo Creador,
a visitar nuestro corazón,
repleta con tu gracia viva y celestial,
nuestras almas que Tú creaste con amor.
Tú que eres llamado Consolador,
don del Dios Altísimo y Señor,
vertiente viva, fuego, que es la caridad,
y también espiritual y divina unción.
En cada sacramento te nos das,
dedo de la diestra paternal.
Eres Tú la promesa que el Padre nos dio,
con tu palabra enriqueces nuestro cantar.
Nuestros sentidos has de iluminar,
los corazones enamorar,
y nuestro cuerpo, presa de la tentación,
con tu fuerza continua has de afirmar.
Lejos al enemigo rechazad,
tu paz danos pronto sin tardar,
y siendo Tú nuestro buen guía y conductor,
evitemos así toda sombra de mal.
Concédenos al Padre conocer,
a Jesús, su Hijo comprender,
y a ti, Espíritu de ambas por amor,
te creamos con ardiente y sólida fe.
Al Padre demos gloria, pues es Dios,
a su Hijo que resucitó,
y también al Espíritu Consolador
por todos los siglos de los siglos, honor.
Amén
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En la escuela
del Espíritu
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PENTECOSTÉS:
ESPÍRITU Y ENVÍO
PLEGARIAS
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Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetras las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa, en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén
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¿No oíste sus pasos silenciosos?
Él viene, viene, viene siempre.
En cada instante y en cada edad,
todos los días y todas las noches,
Él viene, viene, viene siempre.
He cantado muchas canciones
y de mil maneras;
pero siempre decían sus notas:
Él viene, viene, viene siempre.
En los días fragantes del soleado abril,
por la vereda del bosque,
Él viene, viene, viene siempre.
En la oscura angustia lluviosa
de las noches de julio,
sobre el carro atronador de las nubes,
Él viene, viene, viene siempre.
De pena en pena mía,
son sus pasos los que oprimen mi corazón,
y el dorado roce de sus pies
es lo que hace brillar mi alegría,
porque Él viene, viene, viene siempre.
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Envía tu Espíritu
sobre joven y viejo,
sobre hombre y mujer,
sobre alto y bajo,
sobre este y oeste.
Derrama tu fuego
en el corazón del hombre,
en la boca del hombre,
en los ojos del hombre,
en las manos del hombre.
Envía tu Espíritu
sobre los que creen,
sobre los que dudan,
sobre los que aman,
sobre los que están solos.
Derrama tu fuego
en las palabras de los hombres,
en el silencio de los hombres,
en el hablar de los hombres,
en las canciones de los hombres.
Envía tu aliento
sobre los que construyen el futuro,
sobre los que conservan los valores,
sobre los que protegen la vida,
sobre los que crean belleza.
Envía tu Espíritu
sobre las casas de los hombres,
sobre las ciudades de los hombres,
sobre el mundo de los hombres,
sobre todos los hombres
de buena voluntad.
Aquí y ahora
sobre nosotros
derrama tu Espíritu
y que esté con nosotros para siempre.
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Ven, Espíritu Santo:
despierta nuestra capacidad de ver
y sentir la verdad interior
que trae todo acontecimiento.
Ven, Espíritu Santo,
cambia nuestros sentimientos negativos,
rompe la cáscara dura, triste y amarga
que nos rodea el ánimo.
Ven, Espíritu Santo,
activa en nuestro interior
las entrañas fecundas de vida
para que derramen amor sin condiciones.
Ven, Espíritu santo,
para que el amor y la vida
sean una oferta permanente,
abierta a quien lo quiera recibir. Amén
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Espíritu de Jesús,
enséñanos a comprender
que en Jesús nosotros somos
raza y familia de Dios.
Espíritu de Dios,
muéstranos el Camino.
Espíritu de Dios,
muéstranos la Verdad.
Espíritu de Dios,
muéstranos la Vida.
Espíritu de Dios,
muéstranos la Alegría
del reino nuevo
y de la tierra nueva. Amén.
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