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Ven, Espíritu de Dios,
haz de nuestro corazón tu casa
y haznos portadores de Espíritu
transparentes a la luz y la verdad.
Ven, Espíritu de Dios,
y conduce todo lo que hay en nosotros de don
para que seamos don para los demás.
Ven, Espíritu de Dios,
y realiza en nosotros tu obra de santificación.
Sin ti no podemos percibir
los signos de los tiempos,
ni recordar las palabras del Maestro,
ni alimentar los sentimientos de ternura
del Padre de la parábola.
Ven, Espíritu de Dios,
entra en lo más íntimo de nosotros
para que podamos reconocer
la huella del Dios que nos habita,
la presencia que nos desvela el misterio,
la alegría que colma nuestro corazón.
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Envía tu Espíritu, Señor,
ese aliento que da vida;
si tú no alientas, todo es muerte.
Sopla sobre el mundo,
para que crezca en armonía y perfección.
Sopla sobre esta tierra,
para que se llene de primavera.
Exhala tu aliento sobre nosotros,
para que el corazón se encienda,
y cantemos poemas inspirados,
los pulmones hinchados de tu Espíritu.
Cantaremos la grandeza de tu amor,
que derrama tu Espíritu sin medida.
¡Dios mío, vístenos también a nosotros!
Echaremos en tu fuego los vestidos viejos,
los que modeló Adán,
y tú vístenos de Jesucristo.
Recréanos con tu Espíritu de vida.
Haz de nosotros hombres nuevos,
constructores del mundo nuevo,
anticipo de ese Reino que esperamos.
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Ven, Espíritu santo, conductor
pongo en tus diestras manos el volante
de mi vida agitada, trepidante,
que se mueve sin rumbo y con temor.
Sé tu mismo el volante y motor
de mi coche cansino y renqueante,
vayamos en carretera fascinante
por la hermosa autopista del amor.
Nuestro viaje florece en esperanza
y estimula a muchos conductores
se intercambian servicios y favores
y la marcha es un himno de alabanza.
Y una voz interior me está diciendo:
¿Ves? Tú y yo somos uno conduciendo.
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Te bendecimos, Padre, por el don del Espíritu
que, por tu Hijo, haces al mundo.
Lo hiciste al principio, en los orígenes de todo,
cuando incubabas el universo al calor del Espíritu
para que naciera un mundo de luz y de vida
que pudiera albergar al género humano.
Te damos gracias porque, mediante tu Espíritu,
lo sigues creando, conservando y embelleciendo,
para que nuestro caminar no sea triste y agorero
y podamos disfrutar de las primicias del Reino.
Te bendecimos por haber puesto tu Espíritu
en hombres y mujeres, niños y adultos;
y por el don continuo que de él has hecho
siempre en la historia humana:
Espíritu de fuerza en sus jueces y gobernantes;
Espíritu rector en sus líderes fieles;
Espíritu creador en sus sabios investigadores;
Espíritu soñador en sus artistas y poetas;
Espíritu solidario en sus pobres enviados;
Espíritu de vida en el pueblo siempre.
Te bendecimos, sobre todo, por Jesucristo,
lo mejor de nuestro mundo,
el hombre «espiritual» por excelencia.
Vivió guiado por el Espíritu,
evangelizando a los pobres,
ayudando y fortaleciendo a todos...
hasta que, resucitado,
comunicó a su Iglesia,
y a los que buscan con corazón sincero,
ese mismo Espíritu.
Te alabamos por la acción de tu Espíritu
en los profetas,
en los reformadores,
en los educadores,
en los revolucionarios,
en los mártires,
en los santos,
en todas las personas buenas...
Que el Espíritu nos dé fuerza para luchar
por la verdad, la justicia y el amor,
luz para comprender a todos,
ayuda para servir,
generosidad para amar,
solidaridad para vivir,
paciencia para esperar...
Padre, que tu Espíritu sople sobre la Iglesia,
dándole unidad y nueva savia evangélica;
que traiga la libertad, la igualdad y la fraternidad
a todos los pueblos, razas y naciones.
Y, finalmente, haznos sensibles
a la acción de tu Espíritu en el mundo y en la historia.
Ayúdanos a descubrirla en la ciencia,
en la cultura, en el trabajo, en la técnica,
en todo aquello en que el ser humano y el Espíritu
preparan conjuntamente el alumbramiento
de los nuevos cielos y la nueva tierra.
Por Jesucristo, tu Hijo resucitado y hermano nuestro.
Amén.
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Ven, Espíritu de Dios,
ven a darnos alegría
para poder invitar a la fiesta
a los que han perdido la esperanza.
Ven, espíritu de Dios,
ven a darnos la paz
y podremos tender puentes
donde los hombres puedan encontrarse.
Ven, Espíritu Santo,
ven a infundirnos valor
para poder realizar acciones
y gestos a la manera de Jesús.
Ven, Espíritu de libertad,
ayúdanos a que la fidelidad
no se quede en involución o inmovilismo.
Ven, Señor y dador de Vida.
Ven, risa de Dios,
alegra nuestro mundo tan sombrío.
Ven, Espíritu Creador,
para que vayamos haciendo
el Reino de Dios
con los hombres y mujeres de esta tierra.
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Ven, Espíritu del Padre y del Hijo.
Ven, Espíritu de amor.
Ven, Espíritu de infancia y de paz,
de confianza y de alegría.
Ven, secreta alegría
que brillas a través de las lágrimas
del mundo.
Ven, vida mucho más fuerte
que nuestra muerte.
Ven, Padre de los pobres
y abogado de los oprimidos.
Ven, luz de eterna verdad
y amor extendido en nuestros corazones.
Nada tenemos que te pueda forzar;
pero aquí radica precisamente
nuestra confianza.
Nuestro corazón, en el fondo,
teme tu llegada;
tan poco te pareces
a este corazón tan tosco,
siempre en busca de sí mismo;
más, pese a todo, ésta es justamente
la más sólida garantía de tu venida.
Ven, pues.
Renueva e incrementa
tu presencia en nuestro mundo interior.
En ti ponemos toda nuestra confianza.
En ti nos amamos ya que tú eres,
el mismísimo Amor.
Gracias a ti podemos llamar Padre al mismo Dios,
ya que, desde cada uno de nosotros,
eres tú quien grita:
¡Abba! ¡Padre queridísimo!
Permanece en nosotros.
No nos abandones nunca.
Ni a lo largo del combate de la vida,
ni cuando ésta toque a su fin
y nos hallemos tan solos.
¡Ven Espíritu Santo!
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En la escuela
del Espíritu
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PENTECOSTÉS:
CONFIANZA Y ALEGRÍA
PLEGARIAS
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Espíritu Santo
dispensador de vida;
abre nuestra inteligencia
y aviva en nuestro ser
el deseo del Dios vivo.
Modela nuestro corazón
al ritmo del canto nuevo.
Un canto que nos llene
de alegría y de fuerza;
porque tú eres, Espíritu Santo,
el enviado de Dios,
la fuerza de Dios,
la verdad de Dios.
Que por ti conozcamos al Padre,
que por ti conozcamos al Hijo.
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Oh Santo Espíritu, Padre y Señor mío,
Tú, que eres el Don de Dios,
Tú, que estás hecho para dar,
que te lanzas cuando ves un vacío
para llenarlo,
Tú, que eres pura generosidad,
mira mi pobreza,
Tú que eres Padre de los pobres.
Te abro de par en par las puertas de mi casa,
que está tan vacía;
sólo encontrarás abundancia de deseos
-¿son sólo sueños los deseos,
son adornos ficticios?-
y tinajas vacías,
hambrientas de plenitud.
Dicen que tienes siete dones
y multitud de gracias y carismas.
Pongo mis zapatos en la ventana,
por si quieres hacerme algún regalo.
Podría ser la Sabiduría,
porque soy torpe e ignorante;
o algo de tu luz,
de tu ciencia y tu consejo.
Podría ser la fortaleza,
porque soy cobarde y tímido para todo.
Podría ser la piedad y el santo temor,
para que sepa decir “Padre”.
Pasa por mi casa, por favor,
oh Padre de los pobres.
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Espíritu Santo, ven;
Sáname esta carne enferma.
Purifica los deseos.
Ilumina mi ceguera.
Rectifica mis desvíos.
Infunde amor en mis venas.
Toma mi vida cansada.
Úneme a tu santa Iglesia.
Sopla tu aliento en mi noche.
Aléjame las tinieblas.
Nunca mis manos se cansen.
Toda mi vida sea ofrenda.
Oh Dios, consuelo del hombre.
Ven a mi casa desierta.
Espíritu, no te quedes.
No alargues la dura espera.
Alienta esta fe dormida.
Levanta mi pobre tienda.
Envía tus siete dones.
Llueva tu amor en mi tierra.
Unge de nuevo mi frente.
Y te prometo llegar
A donde tu soplo quiera.
Amor de Dios derramado,
Me sumerjo en tu presencia.
En tus alas me cobijo,
Noche y día hasta que Él vuelva.
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Fuerza de Dios, humilde y creadora.
Energía de Dios, tan delicada.
Torbellino de Dios, que conmociona.
Terremoto de Dios, que desarraiga.
Soplo intenso de Dios, que corta apegos.
Viento recio de Dios, que abre murallas.
Dedo hermoso de Dios, que ahuyenta diablos.
Brazo fuerte de Dios, que al pobre salva.
Espíritu de Dios, que vivifica.
Rayo de Dios, que se reparte en llamas.
Amor de Dios, que a todos enamora.
Gloria de Dios, que da brillo a las almas.
Vino de Dios que embriaga sobriamente.
Fuego de Dios, que enciende vivas lámparas.
¡Espíritu de Dios, ven con tu fuerza,
y clava tu bandera en nuestra casa!
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Espíritu Santo, eres viento:
llévame donde quieras;
eres brisa:
déjame respirar lo nuevo;
eres fuerza:
levántame del suelo;
eres vida:
dame pasión por la vida;
eres alimento:
nútreme de tu savia;
eres luz:
ilumíname con tus rayos;
eres calor:
calienta mi existencia;
eres libertad:
hazme libre;
eres fecundidad:
cúbreme con tu sombra;
eres agua viva:
dame de beber;
eres respuesta:
dame fuerza para decir sí
al Padre, al Hijo y a ti,
Espíritu Santo.
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Espíritu de Dios
que reúnes sin confundir,
que hablas sin aturdir,
que susurras sin imponer,
realiza tu obra en nosotros
que caminamos hacia el Padre
en comunión con el Hijo,
Nuestro Señor Jesucristo.
Perdona nuestro pecado,
danos capacidad
para asumir nuestras heridas,
haznos personas de amor concreto
hacia nuestros semejantes.
Aparta de nosotros la mentira,
la apariencia, la superficialidad,
el rencor, el pesimismo, la cobardía.
Danos la fuerza nueva
que hace posible trabajar
por un mundo justo,
reconciliado y reconciliador,
donde sea posible
tratar al otro como hermano
sin mirar raza, lengua o color.
Espíritu de Dios
vivifica nuestra esperanza,
robustece nuestra fe,
enciende nuestro amor
para proclamar,
ahora y por siempre,
la gloria del Padre y del Hijo. Amén
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